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VIDA

Su sonrisa era plena. Aún más la mía. La veía ir y venir de un extremo a otro de la casa. Fascinada de ver tal belleza. Iba detrás de ella. No quería perderme sus expresiones ni un solo momento.

—¿Estás segura de que quieres regalarme esta mansión?— preguntó todavía incrédula.

—Bueno, madre, esto no es una mansión, pero ¡es una casa lista para que la conviertas en un tu hogar!

Su semblante cambió. Los recuerdos aparecieron.

—Y pensar que a veces no tuvimos para comer y…

La interrumpí.

—Eso es pasado madre— dije secándole las lágrimas.

—Soportamos muchos tiempos difíciles. Tú, el niño y yo. Nos cuidaste. ¡Ahora dejemos que la vida nos consienta!

Volvió a alegrarse. La dejé para que acomodara sus cosas.

Mi casa no estaba lejos. Apenas la distancia suficiente para recordar penas de la vida, que a veces la gente rememora mientras conduce. Carencias. Desprecios. Martirios. Enfrentar un mundo sin preparación. Sin dinero. Sin apoyo. Sin querer.

Después su imagen se apareció en mi pensamiento. Noé. Cuando nos conocimos. Cómo nos conocimos. Como buen Noé de Biblia, me había salvado de ahogarme en la tristeza del mundo. De hundimirme en la corriente del desaliento. ¿Dios habría intervenido como lo hizo en aquella ocasión? Debía ser. Sino, ¿cómo un hombre millonario podía haberse fijado en una pobre mesera?

Se había hecho cliente frecuente del restaurante. Era amable. Joven. Le hacía gracia todo lo que decía. Como solía hacerlo, me acerqué a preguntar qué deseaba comer. Pero su respuesta aquel día, fue especial.

—Lo que deseo es comer contigo— dijo, sorprendiéndome con sus palabras.

—Gracias, pero no me lo permiten— agregué con algo pena.

En ese momento Verónica, mi compañera, me quitó la gorra y el delantal que debemos usar en el restaurante. Hizo que me sentara y tomó mi libreta.

—¡Estoy lista para tomar su orden!— dijo mientras yo pensaba que estaba fuera de sus cabales. Ella sabía que no podíamos sentarnos con los clientes.

—¿Es que has enloquecido? ¡Don Toño nos va a “ma-tar”— le dije así, separando las sílabas.

Noé parecía divertido con la stituación. Verónica señaló al bar. Volteé. Don Toño me sonreía. Complacido. Pícaro. Pero con una mirada sin enojo. Lo comprendí… era cómplice. Seguramente Noé lo había planeado todo y obtenido los permisos necesarios. Fue su primera muestra de originalidad.

Ahí supe que además de atractivo era sabio. Dijo que siempre había comprendido que el valor de una persona estaba en su interior. Que no buscaba a nadie por su dinero, porque sin afán de presumir, tenía de sobra.

Nos casamos dos meses después. En Las Vegas. En el más divertido de los viajes con los que puede soñar una mujer enamorada.

Había llegado a casa. Volví al presente. Estacioné el auto. Entré. Lupita me recibió con una amable sonrisa.

—¿Quiere comer ya, señora?

—Gracias, no por ahora.

Mi única urgencia era ir a la alcohoba. A punto de avanzar por las escaleras, me detuvo.

—No suba sin llevarse esto— y señaló un arreglo floral sobre la mesa. Con aves de paraíso y más flores exóticas. Mis favoritas.

—¿De Noé?— pregunté.

—¡Claro!— dijo mientras se dirigía a ponerlo en mis manos—. Ese hombre la adora. No se cansa de agradarla.

Luego hizo una mueca. O más bien, varias.

—Lo más detallista que hace mi Alfonso es llevarme a comer tacos, ¡y con eso se siente el más romántico de los maridos!

Ambas nos echamos a reír. Yo agradecí tenerla en casa.

Subí hasta la recámara y coloqué en la mesa las flores que parecían sonreírme. Contentas. Ajenas a mi verdad. Desconociendo lo que me pasaba. Las olí. Las acaricié. Las admiré. Luego las compadecí. Brillaban hermosas. Representaban la belleza de la vida, pero tenían los días contados. Nos parecíamos. Eran como yo… que estaba ante la pronta espera de la muerte.

Me refugié en la cama.

Mi llanto comenzó a brotar. Primero discreto, después copioso. Mostrando mi tristeza. Mi impotencia. Mi incomprensión. El miedo atroz de los seres humanos. La prueba fehaciente de nuestra fragilidad ante un trágico e inevitable destino.

¿Cómo decírselo a Noé? ¿Cómo decírselo a mi hijo? ¿A mamá? ¿Debía decírselos? ¿Debía?

Mi molestia en el pecho no resultó ser cualquier cosa. Una extraña falla cardíaca. Poco frecuente. Haría que mi corazón, en cualquier instante, dejara de funcionar. Me causaría una muerte fulminante. Sin síntomas reales. Sin dolor. Así lo dijo el primer doctor. Y el otro especialista que había visitado esa mañana.

Ya no lloraba sobre la cama.

Sentada en el piso alfombrado, abrí el cajón del buró. Saqué las cartas. Eran para el único hijo que la vida me había regalado. Que estaba haciéndose hombre. Una carta para abrir en su graduación. En su boda. Cuando naciera mi primer nieto. Había escrito incluso una para los momentos difíciles. Otra más para cuando sintiera no comprender a las mujeres. No tendría mi presencia, pero nadie me arrancaría la dicha de hablarle con mis palabras, plasmarlas en papel. Si eso era en vida lo que más me gustaba hacer.

Lo dejaba todo en orden. A mi mamá una bella casa. Al niño todos los regalos, autos y propiedades que Noé me había regalado como obsequio de bodas.

No había reclamos para Dios. Para nadie. Porque la muerte no existe. Es solo una separación temporal de lo seres amados. Podía envolverlos eternamente en mi amor. Pero no verlos. Eso era lo que dolía. El hábito de ver solo con los ojos físicos. La falta de costumbre de ver a los otros con el alma, para que cuando no haya más ojos, recordemos que seguimos juntos en espíritu. Que en espíritu no nos hemos separado. Si lo hiciéramos, la idea de la muerte no nos robaría la paz.

Me incorporé. Fui al cuarto de baño.

El espejo mostraba un maquillaje desaliñado. La nariz hinchada y rojiza. Reinaba el silencio. La calma. Podía escuchar los latidos de mi corazón. ¿Por cuánto tiempo? Me pregunté.

Encendí una vela.

Percibí su fragancia caliente, dulzona, de suave canela. Mientras pensaba, ¿cómo angustiar con la más triste noticia, la de mi partida sin retorno, a un hombre que me había dado tanto?

Me desnudé. Entré a la ducha.

Abrí la llave. Cerré los ojos. Mi cuerpo comenzó a sentir el líquido cristalino. Tibio. Agradable. Que junto al aroma que impregnaba el ambiente, me relajaba. Respiraba profundo. Hasta que me fui una con el espacio.

Comencé a sentir unas manos enredarse en mi cintura. Unos labios sobre mi espalda mojada. Ahí estaba Noé con el café de sus ojos. Sus seductoras pestañas. Desvestido. Atrevido. Listo. Así me miraba.

Bajo la magia del agua, suave y lentamente besó mis labios mientras sus tersas manos acariciaban mi espalda, bajaban a mis caderas, las apretaban. Yo con las mías el rostro le acariciaba. Era su pasión y el agua. Mi frenesí y sus ganas. Entre más sus brazos me aprisionaban, mi interior sentía que se liberaba.

De pronto, no estaba su cuerpo caliente, varonil, que vibraba. Que mis sentidos reclamaban. Abrí los ojos. Lo busqué con la mirada. Él desde una esquina me contemplaba. Se acercó de nuevo. Quitó el cabello de mi cara. Me envolvió con sus brazos, y mientras besaba mi cuello, susurró que me amaba.

Jadeos. La presión del agua. La forma en que me exploraba. Un placer eléctrico me recorría. Me incendiaba. Espasmos llegaban. El clímax de la pasión, la culminación cuando no se puede más de gozo, estallaba. Fuimos uno. De cuerpo. De placer. De alma.

Sonreí. Me envolvió cariñosamente en una toalla. Y me llevó hasta el lecho para que descansara.

¿Qué podía morir en cualquier momento? No. No se lo dije. ¿Para qué? ¿Con eso que se ganaba? Sí ambos vivíamos la vida como si no hubiera manaña.

Acerca del autor: ANGELICA MARTINEZ RIOS

Demos amor

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Comentarios

Romina Bayo Angélica: recuerda los "colores" desde el inicio. Utiliza todas las cámaras. La historia de amor se siente fría, no logras que los personajes conecten con el lector. No basta decir, hay que hacer sentir lo que el personaje vive. Cuida las acotaciones, son para dar matices, no necesitas el "dijo", "le dije". EL texto realmente cobra vida cuando te encierras en tu recámara. Y la consigna era generar la situación de despedida.
Hace 5 meses
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