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Vale la pena vivir.

Debo decirte que yo soy muy fuerte, no hay algo que pueda derrumbarme tan fácilmente.
Sin embargo, esto no fue solo una cosa, fueron varias al mismo tiempo; y no pude evitar la
destrucción que me causó.

Después de años en la ciudad, poco a poco, me fui haciendo de amistades y enemistades, de
gente que me apoyó mucho y que llegaron a convertirse en mi segunda familia. Para finales
de mi tiempo allí, una persona muy especial y querida para mí falleció; era algo que yo
lamentaba y no podía reprimir las lágrimas que amenazaban con salir ante la más mínima
mención. Me enojaba porque se había ido y al mismo tiempo sentía alivio porque ya no
sufría.
Entonces tuve que dejar aquella ciudad que se había convertido en mi hogar. Eso fue aún más
difícil.

Cuando llegué a esta nueva ciudad, naturalmente, no conocía a nadie. Me sentía sola,
necesitaba apoyo y atención de personas ajenas a mi familia que quizá nadie estaba dispuesto
a dármelo. Me sentía cayendo a un pozo sin fondo.
Sin embargo, a lo largo de un año, me hice de dos grupos de amigos que me apoyaron (y me siguen apoyando) y me ayudaron a superar esa gran perdida. Después de un año, el grupo con el que más me juntaba, dejo de hablarme y eso me afecto más de lo pensé. Entonces mi nueva mudanza fue una experiencia no tan agradable.

En ese tiempo reflexioné mucho, y una de las preguntas que siempre estaba presente era: ¿Por
qué vale la pena vivir?
No tuve una buena respuesta hasta que me alejé de ellos. Vale la pena vivir por aquellas
personas que están dispuestas a darte apoyo y a las que estás dispuesto a darles apoyo, por las
situaciones difíciles que hay que pasar para descubrir a esas hermosas personas escondidas
dispuestas a hacerte reír o lo que sea necesario para olvidar tu tristeza y angustia; y hacer lo
mismo con las personas que quieres por el mero hecho de no verlos sufrir.
Vale la pena vivir esos momentos para superarlos y enorgullecerte de haberte superado, de
ser cada día más fuerte.

Acerca del autor: Constanza Rocha
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