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Un sueño de alegría y felicidad

24 de diciembre, 2007

«La navidad es magia, unión, amor y paz en un familia».

Tengo diecisiete años, jamás he celebrado la navidad con mi familia, Santa Claus nunca llegó a dejar regalos bajo el árbol de navidad (que se supone que tuvo que estar en una sala invisible), ninguna luz navideña iluminó mi hogar… mis padres me arrojaron la verdad a quemarropa en la cara; tenía seís años, una tarde me recoste en la cama a escribirle a Santa, me había portado muy bien, merecía un gran regalo… llegó ella, la mujer que me dio la vida, la que me cargo consigo nueve meses en su vientre… la que me arranco la ilusión de ser la primera en despertar todos los veinticinco del mes de diciembre y correr a abrir mis regalos.
— ¿Qué haces? —me preguntó.
—Le escribo a Santa, quiero todos los ositos cariñositos.
—Ay, hija no pierdas tu tiempo, Santa no existe. Los papás son los Santas pero…
—No es cierto, ¡mentirosa! A ti no te va a traer nada, porque eres muy mala.

La ignore, ignore la verdad. Me levante y puse la carta en mi zapato, salí y mire hacia el cielo e imagine a Santa y a sus tantos renos, cantando «navidad, hoy es navidad, es un día de alegría y felicidad», esas palabras se grabaron en mi mente como una grabadora vieja que reproduce el mismo disco, el mismo dolor y las mismas lágrimas saladas y podridas. Esperaba ver una gran cena en la mesa alusión a noche buena, tal vez pastel y chocolate caliente o pavo y ensalada de manzana, me equivoque de nuevo, la casa solo olía a marihuana, cigarro y alcohol… mi papá estaba borracho ¿y mi mamá? Sumisa, aceptando sus insultos, aferrandóse a la mordida letal de una serpiente que amenaza con acabar su vida. Lloré, no sé cuántas lagrimas recorrieron mis mejillas pero fueron suficientes para dejar de creer «en la magia de la navidad». Solo quedaba dormir y esperar más de diez horas para comprobar que mi madre mentía, comencé a tararear en mi mente; «alegría y felicidad, alegría y felicidad, alegría y felicidad» hasta quedarme dormida.

Al día siguiente corrí hacia debajo de la cama, (puesto que no había ningún árbol de navidad y deje la carta debajo de la cama en un zapato). Sentí mucha tristeza, mis papás no estaban, a lo lejos escuche una voz, alegre y cansada; era mi tía Yolanda cargaba consigo dos bolsas, cada una llena de juguetes y dulces… una era para mi y otra para mi hermana. Mi cara se ilumino y mi corazón comenzó a palpitar muy rápido, estaba muy feliz, había rebasado las barreras de la felicidad y no por el hecho de «los regalos» sino porque quise imaginar que Santa se equivoco de casa y dejó mis regalos en la casa de mi tía. Ella me miraba con una expresión de ternura y le conte todo lo que me dijo mi mamá. Yo estaba en lo correcto, mi tía me dijo que Santa le dio los regalos porque tuvo un problema y no pudo llegar hasta mi casa y también le dijo que nunca dejará de creer en él, que era una buena niña y merecía estar contenta…

Que triste fue darme cuenta que mi carta siempre estaba en el mismo lugar año tras año, que mis padres no movieron ni un dedo por darle a su pequeña una gran navidad… jamás hubo regalos, ni siquiera dulces, ni abrazos… pero tan grandioso era Santa que dejaba los regalos en casa de mi tía. Definitivamente esa fue la mejor navidad porque no quise aceptar la realidad, no deje que mataran mi sueño de infancia, nunca deje de soñar esas noches de alegrías, esas noches donde dibuje en mi mente la noche perfecta; un gran árbol, regalos, comida deliciosa, mis padres felices y enamorados, mi hermana y yo vestidas de venaditas con unas hermosas y ridículas medias de Santa. Todos con una gran sonrisa enigmática, ¡oh, pero qué bello es soñar! Porque los sueños se hacen realidad.

Andy

Amo leer y escribir, son mis pasiones infinitas.
Vivo cada día con valentía y osadía. Sueño despierta y camino hacia mi objetivo.

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