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TESTAMENTO

Fernando trascribía sus poemas, quizá lo último que haría, cada uno guardaba emociones que desbordaron lágrimas, algunos éxtasis por el amor que le había inspirado, y otros por el desamor que le derrotó varias veces, también escribió de virtudes y defectos, de nostalgia y de alegría, lo que llegaba pasaba de la pluma al papel, tras cruzar su corazón y su mente. Se había encontrado en la escritura y quería apurarse a resumir su “gran obra”. Tengo poco tiempo, pensó, debo apresurarme aunque quizá no termine pero haré lo posible, seguía hablando consigo mismo dándose una palmadita imaginaria en la espalda.

Empezó a dedicar una hora diaria en la computadora, llegaba de trabajar con el estrés encima, pero no le importó el cansancio ni la merma de su salud, quería concluir su “libro” porque sería su legado, quizá lo único que su amada y seres queridos recordaran con los años.

En el último mes, cada noche, tras llegar de trabajar cargando aun el estrés agobiante, religiosamente repetía el ritual, preparar la cafetera para la noche que sería larga, con ese  litro de líquido exquisito que le acompañó durante tantos años, en el trabajo, como en las noches de lectura. La temporada de frío arreciaba en la ciudad y se le helaban los pies y manos, pero no el espíritu ni el entusiasmo que le permitían seguir de pie. Recopiló y revisó minuciosamente cada palabra, hasta concluir su compilación que le enorgullecía como si fuera el ganador de un concurso, para él escribir algo que naciera del alma, era su triunfo y compartirlo, su misión.

¿Cómo le daré a mi amada esta noticia? Se dijo mientras tocaba la helada almohada que lo recibía. Era impensable para él despedirse y entrar en la espiral del sufrimiento por una enfermedad que le quitaría el aliento en pocos meses, los males llegan sin ser llamados, y aunque siempre se cuidó, no reparó en el daño que le hicieron el exceso de suplementos alimenticios, la automedicación y los desvelos continuos en una vida sedentaria que lo consumió.

¿Cómo diría a sus hijos que ya no le verían? No tenía valor para despedirse, pero debía afrontarlo, siempre hizo lo correcto, aunque también fue humano y sus yerros fueron su sombra en el transcurso de los últimos años.

A la mañana siguiente la llamó, Angélica se asombró por recibir una llamada a las 07:00 am:

—Amor, necesito hablar contigo, pero te quiero invitar al campo este fin de semana, dime si puedes por favor.

—Mi vida, sabes que siempre que puedo estoy contigo y que este año que llevamos juntos cambió mi existencia para bien, ¿a dónde quieres ir?

—Vamos al bosque, la naturaleza me llama y quiero compartirte algo.

—Tesoro, me dejas inquieta, pero esperaré al fin de semana para que me cuentes qué traes entre cejas.

Salieron a Tolantongo, Hidalgo, esa noche, el frío de la montaña se mezcló con la erupción de la pasión de sus cuerpos, como si fuera su primera vez, se amaron a plenitud por horas, el cansancio no llegó, el éxtasis sí, toda la noche. Al conocerse, desde el comienzo se habían atraído, formalizar su relación fue mero trámite, ya que sus cuerpos se habían adelantado a sus bocas.

Recostados en la cama y aun despiertos, reconocieron amarse a morir y que la vida los había premiado con su encuentro:

—Angie, llegaste para iluminar mi vida, ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Mi hermosa amada, estábamos ávidos de cariño, extraviados en el mundo, parecía sin sentido nuestra existencia, pero el amor nos conquistó, su guiño fue seductor y nuestros corazones se abrazaron y el calor nos fundió para hacernos ver que la vida nos daba una nueva y valiosa oportunidad de ser felices —las lágrimas le brotaron sin control y escurrieron por sus mejillas—. El deleite de tu tacto en mi piel hizo volcar mi emoción derretida, tus ojos me doblegaron, fui tuyo y fuiste mía, nos hicimos uno y el mundo nos pareció pequeño, cada día a partir de entonces fue una dicha en tu alegría y bella presencia.

—¿Cómo olvidarlo? Yo estaba sola, recién terminada mi última relación que no fue nada satisfactoria y ya no tenía casi fe, te hui en la primera invitación, ya no quería sufrir —empezó a llorar también sin cesar, se abrazaron fundiéndose hasta parecer un solo cuerpo—.

—El tiempo no pasaba en nuestros días y seguíamos rebozando de amor, cada latido nos hizo  vibrar de ternura y afecto. Logramos una bella relación que nos nutrió y mantuvo de pie, nuestra vida se complementó, alcanzando la plenitud.

—Así fue mi vida, llegaste también para colmarme de dicha y bienestar, el desierto acabó junto a ti.

—No sé cómo decirte esto, no estoy preparado, no temo a la verdad pero sí a hacerte sufrir, no mereces estar sola, y no quiero que lo estés, —tragó saliva— pero es menester informarte de esto que trascenderá en nosotros muy pronto. El destino tiene altibajos, me tocó enterarme por unos estudios recientes ya confirmados con varios médicos de la triste situación de mi salud, que explica las molestias que he tenido en las últimas semanas, la merma en mi peso y los extraños dolores confirman el diagnóstico, mi hígado está mal y me queda poco tiempo, dos meses, quizá tres… —el rostro de ella se congeló, parecía hipnotizada— mi futuro caducará pronto, los médicos no me dan esperanzas más que para ese breve tiempo, a partir del cual te dejaré a ti y a mi familia para siempre.

—Pe, pe, pero —ella balbuceo sin poder emitir palabras coherentes—.

—No sabes cómo he llorado, blasfemado, de lo cual me arrepiento, ya que la vida que Dios me prestó, sabía que acabaría algún día, pero no pensé que tan pronto, no soy tan joven, pero tengo mucho por hacer todavía, contigo planeé un hogar, un futuro, fuiste mi última oportunidad de ser feliz. De mi familia, me da miedo despedirme, nunca estamos preparados para la muerte a pesar de que nos ronde a diario, no somos totalmente conscientes de ella cuando estamos bien, pero tal vez esto es una lección más, necesaria para mi evolución como ser humano, a pesar de claudicar, espero poder descifrar este mensaje. Sé que la enfermedad tiene una causa y la encontré tarde, el plazo está dictado y no me resta más que aprovechar estos pocos días que faltan para la partida y luchar por lo que pueda hacer en este último suspiro.

—No sé qué decirte, tampoco estoy preparada para saber de esta noticia, me quitas media vida al enterarme de esto. ¡No quiero que mueras! ¡No! ¡Por favor! —la tristeza la invadió y lloró inconsolablemente—.

—Lo siento mucho mi amor, pero la vida para ti debe seguir. Quiero agradecerte tanto que me has dado, tu amor, tu cariño y comprensión, tu valioso tiempo, nunca podré pagarte tanta felicidad y entusiasmo compartidos. No sufras por favor, no me gusta verte triste, tú vivirás y debes ser feliz, prométeme por favor que continuarás adelante y lucharás por una gran vida.

—No puedo decir más, las palabras me duelen al decirlas, quisiera morir contigo.

—No digas eso, tú estás sana y tu responsabilidad es vivir y cumplir el compromiso que tu misión te ha dictado. Toma, este es un compendio de mis pensamientos de las horas más negras que tuve y también de las que llegó luz a mi alma, cien breves poemas que escribí en los últimos años, en ellos me encontrarás y al leerlos estaré contigo.

Qué triste —pensó—despedirme o no, qué dilema decir o no la verdad, pero no era de los que podía ocultar las cosas importantes.

Al siguiente fin de semana habló con su familia, los puso al tanto de su situación y sintió morir antes de tiempo, el sufrimiento que estaba provocando en los seres que le amaban y amaba, multiplicó el dolor de la enfermedad que avanzaba velozmente.

Tres meses después, tras el sepelio, Angélica y su familia abrieron el tomo que recibieron de Fernando, él les pidió que lo leyeran solo tras su partida, el primer escrito era hielo ardiente, fue demasiado duro imaginar en lo que él estaba pensando al escribirlo:

 

En el último suspiro

 

En el último suspiro

Recordarás tantas cosas

El talento con su brillo

Y la espina de la rosa

 

En la última mirada

Tu corazón vibrará

Con la fuerza de mil almas

Y todo comprenderás

 

En el último segundo

El amor podrás ver claro

Reconocerás al mundo

Como un lugar tan sagrado

 

Ese dolor en tu pecho

Ya no podrá lastimarte

Habrás ganado el derecho

De caminar sin cansarte

 

Aquellos que te quisieron

Llorarán por tu partida

En cambio quienes te hirieron

Quizá sientan alegría

 

La paz que te llevarás

Nadie podrá traicionarla

Ni una ofensa ya será

Motivo de lastimarla

 

Has cumplido ya tu sino

Aquel que un día te fijaste

En este breve suspiro

De la vida que dejaste

 

Si creíste en religión

El cielo te abrigará

Y si tu dios no fue Dios

No podrás llevarte más

 

Siguieron leyendo el libro, descubrieron en cada línea, la emoción de su difunto, que les seguía hablando tras los versos que fueron su legado y que les acompañaría mientras pudieran leerle y tenerlo presente en su memoria y en su corazón, eso era lo que Fernando siempre quiso para él y para sus seres queridos, algo que les uniera al trascender.

Angélica luchó por ser feliz, tenía que cumplir su promesa de tener una vida digna y alcanzar la felicidad, no pudo olvidarle jamás, la vida se llevó sus ilusiones con él, pero de alguna manera sentía una paz bendita que le acompañó por siempre, porque conoció un gran amor y más que vivir de recuerdos, descubrió la felicidad y cómo encontrarla.

Los hijos de Fernando con el tiempo valoraron la poesía, el ejemplo que su padre les dio fue la semilla que incrustaron en su corazón, salieron a conquistar la vida con gallardía, tristes, pero fuertes lograron ser personas de bien y felices.

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