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Te invito a mi desastre.

La soledad me abraza, pesada se carga sobre mi espalda haciendo más difícil cada paso. Se adhiere como sanguijuela a mi corazón y sorbe los pocos ánimos que resguardo. Soledad, mi némesis diario, me acompaña en las citas con mis amigos y familia, en todas las comidas del día e incluso va conmigo a la cama. Me arrulla con lágrimas hasta que me desplomo en los brazos de Morfeo. Hay días en los que invita a su amigo el insomnio. Cuando esto sucede distintos pensamientos culposos desfilan por mi mente una y otra vez mientras intento conciliar el sueño. Analizo los errores cometidos en el día, la mediocre vida, lo que habría pasado si hubiera hecho tal cosa en el momento aquel.

He descubierto que una solución para disipar la nube negativa que absorbe mi descanso es pensar en ti, musa eterna. ¡Já! “Musa eterna” ni siquiera sé cómo bautizar a esa idílica imagen que mi esperanza en el amor inventó. Mientras, ese nombre funciona: inspiración e inmortalidad tatuada en letras, eso eres musa eterna.

Te imagino y con fantasías consuelas mi agrio presente hasta que caigo dormida esperando encontrarte también en mis sueños. Imagino las risas que compartiremos, los llantos, los altibajos, las celebraciones, los dolores, los éxitos, los alimentos, las amistades, la familia, el amor y la vida.

En ocasiones embelesarme con tu imagen causa el efecto contrario a arrullarme, me inspira de tal manera que me veo motivada a dejar la cama y levantarme a escribir porque los versos que dejas prendidos a mis dedos merecen ser plasmados.

En este preciso momento me enfrento a una de esas ocasiones. Así que con mi pijama puesta (que no es más que un conjunto de harapos viejos y cómodos) y calzando sandalias con calcetines dispares dejo mi habitación para dirigirme al estudio.

Llego a mi destino y paso con dificultad el tiradero que he dejado acumular a lo largo de semanas, pensándolo bien, meses.

Tomo asiento en una silla incómoda en medio del caos y me dispongo a escribir, aunque aún no sé muy bien de qué.

Observo a mi alrededor en busca de la inspiración que hace segundos tenía y que ahora se ha escapado asustada ante tanto desorden.

La pared blanca me mira de frente. Salitre brota por sus poros y se extiende sobre la superficie del resto del cuarto. Me produce ganas de tocarlo, pero no lo hago por miedo a que la sensación terrosa sobre mis dedos me desagrade.

A mis espaldas hay dos grandes ventanas formando una de las cuatro esquinas de la habitación. Ambas ventanas han sido cubiertas por cortinas, algo gracioso es que una de esas cortinas es de baño, pero de igual manera cumple su función: evitar exhibir el desastre dentro de mi estudio.

Hay papeles, libros, pedacería de foami, cartulinas, dibujos y pedazos de vida universitaria por donde quiera que piso.

Incluso la mesa está infestada de libros excepto en el medio, espacio justo para acomodar mi laptop, el libro de Conflictos, creencias y sueños, un cuadernillo y un vaso con agua con la imagen de la princesa Mulán.

Una sensación de hormigueo escala mi pierna izquierda, sube por cada vaso sanguíneo y lo duerme. Estoy sentada en una mala posición. Circulación sanguínea deficiente y escasez de creatividad, excelente combinación.

Para solucionar esto podría tirarme al suelo empapelado y contemplar el techo blanco con su foco cegador mientras permito que la mediocridad me absorba. También podría pensar en ti, Musa eterna.

Si estuvieras aquí, me daría pena que me vieses así, tan rota e inútil. Y claro, que vergüenza que notaras que el desastre va más allá de mi mente y decidió extenderse hasta mi estudio.

Aun así te invitaría a pasar.

Sé que suena muy absurdo, pero es mi lugar favorito (qué contradictorio que siendo un habitación tan especial para mí la tenga patas arriba) y quiero que lo conozcas, que me conozcas, que formes parte de mi desastre.

Por eso quiero que me leas, que descubras en cada palabra escrita una parte de mí.

Te imagino empapado en letras, el olor de la tinta impregnándose en tu cerebro, tus ojos bailando al compás de la lectura, tus emociones vibrando ante el roce de tus dedos con el papel…

Qué manera tan más pura y auténtica de conocerme: a través de un diálogo implícito en textos que relatan mis tristes pasiones, mis extrañas aficiones, mis delirios más profundos; textos que gritan todo lo que soy.

Vamos musa mía, te invito a conocerme, así que te pregunto ¿me leerías?

La emoción que me produce la idea que algún día me leas trae a la inspiración de vuelta. Pero esta inspiración es diferente, no solo abarca el ámbito literario, me motiva a ser más persona que desastre. Empiezo con mi estudio.

Me siento con dificultad en el suelo empapelado, mi pierna aún está adormilada y me punza pero no me distrae de mi objetivo. Recojo uno de los cientos de papeles y lo observo, y luego tomo otro y otro y otro. Organizo los que me son útiles, por el contrario desecho los que ya no sirven ni son importantes en una bolsa de basura. Cuando menos lo espero, ya no hay tanto desorden a mi alrededor. Es como una limpieza de vida, descartando lo que ya no me es útil y resguardando lo que aún necesito. Y lo mejor de todo esto es que de alguna manera tú estás aquí musa, ayudándome a darle forma al caos de mi vida.

El tiempo pasa, la madrugada me alcanza pero no me importa porque el cuarto ya está más limpio. La carga invisible sobre mi espalda se vuelve menos pesada.

Ahora, con la habitación despejada, la pierna izquierda con su movilidad recuperada y la creatividad vibrante me dispongo a escribir. Escribiré sobre ti, musa eterna.

Ilse_Talamantes

Mexicana|18 otoños| Rockabilly, engranajes de reloj y chistes malos| Amante de hipérboles y epopeyas. Soñadora por defecto, poeta en proceso por excelencia. Transformar mi detonada soledad en letras, eso hago|

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