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TE AMARÉ, HASTA DESPUÉS DE LA MUERTE

TE AMARÉ, HASTA DESPUÉS DE LA MUERTE

Nos sentamos sobre una roca, para desde ahí contemplar un hermoso atardecer. Nuestros oídos se deleitaban con el canto de las aves y el sonido que producía el agua, al caer por una pendiente. Todo era mágico, nuestro amor, el lugar, su presencia, su sonrisa y las promesas eternas que nos hicimos.

—Estarás a mi lado para ver jugar a nuestros nietos —me preguntó mi amada.

—Hasta el fin de mis días, te lo prometo, eres el amor de mi vida y quiero envejecer a tu lado — contesté, sin saber lo que la vida me tenía preparado. Nos dimos un cálido beso para sellar nuestro pacto. Y dejamos que nuestros corazones se rebozaran de la felicidad.

Una vez en casa, me sentí mareado, no me pareció importante. Creí que era por el ajetreo de ese día maravilloso que habíamos vivido. A la mañana siguiente despertamos enlazados en las sábanas, sin intenciones de separarnos uno del otro, nos abrazamos fuertemente.

—Te amo —me dijo.

—Yo más —mencione.

Todo era felicidad. De repente me vino un fuerte dolor en la cabeza, era tan intenso que mi visión se nublo.

—¿Qué te pasa? — preguntó ella.

—Tengo un fuerte dolor de cabeza —contesté, casi sin poder respirar.

—Tienes que ver un doctor.

—Esta bien, no debe ser nada grave.

Fui hasta el hospital para atenderme, ya en el consultorio del doctor, le expuse lo que me había ocurrido.

—Tenemos que hacerle unos exámenes —indicó con seguridad el galeno.

—No hay problema, haga lo que crea conveniente.

Me realizaron diferentes análisis, entre ellos una tomografía computarizada, al final mencionaron que regresara dentro de tres días por los resultados. Salí de la casa de salud hasta mi trabajo, en la noche mi esposa trato de averiguar que me sucedía, le explique lo que me hicieron en el hospital.

Dijo que me acompañaría a ver los resultados, pero me negué, así que me marche solo.

Llegué hasta el consultorio del profesional de salud, toqué la puerta e ingresé saludando muy atento al doctor.

—Siéntese —menciono preocupado.

—¿Qué le pasa? Lo veo asustado doctor —se vino un corto silencio.

—No le tengo buenas noticias.

—Sin rodeos por favor, dígame lo que tengo.

Se arregló sus lentes como para leer el resultado de mis exámenes y mirándome fijamente me dijo.

—Usted está muy enfermo. Tiene un tumor en el cerebro.

—¿Qué?  No puede ser.

—Los dolores de cabeza que sufrió, son producto de ese tumor.

—¿Qué tan grave es? —pregunte con voz suave.

—Muy grave, señor José, le queda poco tiempo de vida.

—No es posible, justo ahora que soy tan feliz con mi familia.

Me encogí de hombros por la desagradable noticia, y me hundí en mi asiento.

—Lo lamento. Pero hay esperanza, podemos aplicar un tratamiento que se denomina, radiocirugía y de esa forma alargar su tiempo de vida.

—No —contesté enfadado—, para que engañarnos, de todos modos, me voy a morir. ¿Cuánto me queda de vida doctor?

—Seis meses.

—Gracias, era todo lo que quería escuchar. Con permiso —me levante para salir del sitio.

—Espere, no se vaya — el galeno salió tras de mí.

Caminé de forma apresurada, haciendo oídos sordos a los ruegos del médico, secándome a su vez las lágrimas de mis ojos. Decidí ir aquel lugar, donde una tarde fui tan feliz con mi esposa. Necesitaba estar solo para asimilar lo que me acontecía.

Llegué después de media hora, todo se me hizo diferente. Nada aliviaba el dolor de sentirme moribundo. Las aves ya no cantaban y el cielo estaba cubierto de nubes negras.

—¿Por qué? Dios mío. En este preciso momento que soy tan dichoso —grite mirando al cielo, mientras las lágrimas caían sobre las rocas.

—¿Cómo voy a decirle   esto a mi familia? —reclame—. Mis pequeños hijos, jamás entenderán. Sólo los haré sufrir.

Seguí llorando desconsolado por un largo rato, hasta que empezó a caer una torrencial lluvia.

Ingrese a casa empapado.

—Amor ¿qué te pasó? —me recibió Esperanza con un beso—, que te dijo el doctor, ¿cómo estás?

No supe que responderle.

—Todo está bien —mentí—, al parecer los dolores de cabeza se debían al estrés y a la falta de sueño, no te preocupes.

—Qué bueno, no sé qué haría sin ti, no concibo la idea de perderte algún día.

La acerque con fuerza hacia mi pecho, estaba a punto de llorar, en ese instante decidí que no diría nada, el tiempo transcurrirá y quizá cuando ya no esté, sabrán todo. Mientras tanto me concentraré en hacerlos felices. Pensé.

Al siguiente día por la mañana, me desperté abatido, con un fuerte dolor de cabeza, esta vez las náuseas acompañaban ese insoportable dolor. Fui corriendo al baño. Esperanza me seguía para averiguar cómo estaba.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí, parece que algo me cayó mal.

—¿Estás seguro?

—Por supuesto.

Me vestí y me dirigí a mi trabajo, todo el tiempo pase pensando si haría participes de la noticia a las personas que más amaba en ese momento, finalmente resolví que si debía hacerlo. Le confesaría a mi esposa, padres y hermanos, no era justo que les mintiera.

Llamé por teléfono a mi amada y la cité en nuestro sitio de costumbre, junto a la naturaleza. Le mencioné que quería entregarle un regalo y debía ser en ese lugar.

Aceptó, muy ansiosa contestó que ya quería ver mi presente.

En el camino hacia la cita, compre unas rosas rojas, y llegue antes que ella.

De lejos pude verla caminar sonriéndome y dirigiéndose hacia mí, me parecía absurdo que dentro de seis meses ya no podría disfrutarla, besarla, abrazarla y decirle que la amo.

Nos saludamos con un largo beso, quería grabarme para la eternidad el sabor de su boca. Le entregué las rosas y me agradeció con un tierno abrazo, la sostuve con fuerza y no la solté hasta después de un largo rato. Esos momentos a su lado eran especiales, y tal vez ya no los volvería a vivir.

—¿Qué pasó? ¿Por qué me citaste aquí?

—Quería pasar un rato a solas contigo, en este bello paisaje. Te amo.

—Yo también, y lo sabes. ¿Qué te sucede José? —agaché la mirada—, te vez triste, dije o hice algo que te molestó.

—Mi amor, todo lo que tú haz hecho, es hacerme feliz —conteste con los ojos aguados—el problema soy yo.

—Me asustas, habla ya.

—Corazón —trague saliva—me estoy muriendo.

—¿Qué? Es una broma verdad —sonrió mientras me miraba a los ojos.

—No lo es, te he mentido con respecto a mi salud. Los dolores de cabeza no son producto del estrés —mis lágrimas empezaron a caer—, tengo un tumor en el cerebro, me queda poco tiempo de vida.

Sus bellos ojos se llenaron de tristeza, me maldije por causarle ese dolor.

—No puede ser, tiene que ser un error.

—No hay tal error, solo me quedan seis meses de vida.

Su llanto se torno resonante, la abrace furioso con la vida por hacernos esto. Éramos tan felices y ahora la muerte se daría el gusto de separarnos. Reflexioné.

—Te amo José, no quiero perderte, no acepto esto, no es justo —mencionó ella llorando. ¿Qué vamos hacer? Debe haber un tratamiento, estoy segura que lo hay.

—Nada puede salvarme. Tal vez solo Dios con un milagro. Moriré irremediablemente, mientras tanto seremos muy felices, hasta el día de mi partida.

—No podré vivir sin ti, mi amor.

—Tendrás que hacerlo, seguir luchando por nuestros hijos.

—Y a ellos, cómo les daremos la noticia, cómo les explicaremos que su padre se va, que no los verá crecer.

—Dejémoslos fuera de esto, no entenderán, son muy pequeños para hacerlo, algún día tú les dirás la verdad.

—José, no voy a resistirlo, tú eres el amor de mi vida. Me prometiste que estaríamos juntos para ver jugar a nuestros nietos.

—Lamento no poder cumplir esa promesa, quizá desde el cielo te acompañaré y te daré fuerzas para seguir adelante.

Nos quedamos en el sitio cerca de tres horas, llorando y brindándonos amor, ese amor que ya no podría seguir expresándose.

En casa, por la mañana, le entregue en sus manos unas hojas, en las que narraba todo lo que esta tragedia nos había hecho vivir. Le pedí que las guardara y que me prometiera entregarlas a mis hijos cuando ella crea necesario, para que las leyeran.

—Te amo—me dijo—te amaré siempre.

—Yo también te amo. Ni la muerte acabará el gran amor que siento por ti.

 

FIN

 

 

 

 

 

JOSE HUMBERTO TILLAGUANGO

ME GUSTA TOCAR GUITARRA Y CANTAR.

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