Saltear al contenido principal

¡SORPRESA!

El rechinar de las viejas visagras anuncia mi llegada como cada noche. Hay un silencio
sepulcral al ingresar a casa. Me parece extraño, porque normalmente hay mucho ruido.
Trato de mirar alrededor sólo moviendo los ojos a ambos lados; pero no logro ver nada,
debo encender la luz primero. Se me dificulta más que otras veces encontrar el interruptor
de energía. Cuando por fin lo encuentro, me doy cuenta del por qué de tanto silencio.
Alguien ha estado haciendo travesuras en mi ausencia.

Hay tanto desorden que por un momento imagino que Godzila nos visitó y agitó nuestra
casa haciendo que todo se mueva de su lugar o tal vez haya estado tan involucrada en mi
trabajo que no me di cuenta del paso de un huracán. Cuando decido avanzar tropiezo con unas pequeñas y coloridas tijeras con formas onduladas, una regla metálica y un frasco de pegamento que delata haber sido usado y dejado por descuido sin tapa, dando paso a una considerable cantidad ya casi seca sobre el piso de porcelana blanca. Procuro no imaginar lo difícil que será limpiar ese descuido.

Camino levantando exageradamente las rodillas, como si se tratara de obstáculos que tengo
que atravesar antes de llegar a la habitación de César, mi pequeño hijo.
La puerta de su recámara está semiabierta, no ha notado mi presencia. Apoyada en el
umbral observo con mucha ternura lo que seguramente orgulloso me presentará como su
obra de arte. El cajón de envoltura del equipo de sonido ha sido dibujado, pintado, cortado
y convertido en una pequeña casa de juguete con puertas, ventanas, muebles y un pequeño
televisor incluido. Todo hecho con cartón.

Cuando por fin voltea a verme, dibuja una hermosa sonrisa en su rostro, tal como lo pensé,
sin palabras me señala con el dedo su obra maestra. No quiero regañarle por haber dado
otra utilidad a aquél cajón viejo, ni por haber hecho tanto desorden, eso lo desmotivaría
mucho, ya que seguramente ha pasado unas buenas horas trabajando en su creativo
proyecto; en lugar de ello me acerco a él y lo abrazo muy fuerte cerrando los ojos, feliz de
estar en casa a su lado. Él sonríe nuevamente y me explica las funcionalidades de su construcción. No para de hablar, como un muñequito a quien se le ha dado demasiada cuerda. Lleva las mejillas ruborizadas por tanta actividad creativa. Abandono la habitación luego de una exposición bien ilustrada de lo que otros considerarían un verdadero desastre.

En el cuarto contiguo, mi esposo duerme a pesar de la temprana hora. El hedor a alcohol que emana
el ambiente tras abrir la puerta me advierte el por qué de la escena. Seguramente ha estado bebiendo nuevamente. Lleva puestos unos harapos viejos que a penas cubren lo necesario. Tumbado en posición fetal sobre la cama, yace inmóvil, con la respiración lenta y ruidosa.

Volver arriba