Reto Seis – Pau Treviño

Amable Bryan;

 

Hace algunos meses me enteré de que un amigo intentó suicidarse.

 

Mi padre soltó la información por accidente. En realidad no quería que me enterara de la situación, porque además de ser un amigo, se trata de un chico que me gustaba. Yo también le gustaba a él, aunque nunca llegamos a nada.

 

Nuestra amistad se complicó cuando él decidió confesarme la secuencia de mentiras que se había inventado para ganarse mi admiración. Por teléfono, me aclaró tantas cosas que ni siquiera pude molestarme al descubrirme tan engañada, tan crédula. 

 

En esencia, entendí que su vida era complicada, que yo no le conocía lo suficiente, y que preocuparme por mis propios sentimientos no venía a cuento estando él tan inestable. 

 

Intenté hacerle entender que no pretendía colocarle una etiqueta de mitómano, ni alejarlo de mi vida. Sin embargo, temí llegar a convertirme en una especie de Atlante, condenada a cargar con la estabilidad emocional de esa persona que había tenido la valentía suficiente de confesarme, recién, sus mentiras y pensamientos suicidas. 

 

Nunca lo había escuchado llorar. Intenté tranquilizarle, con el alma contristada. Me gritó que dejara de preocuparme tanto por los demás, que pensara en mí misma. Gritó que habría preferido que me enojara, que le colgara la llamada o le reclamara sus actitudes… en fin, nada volvió a ser lo mismo. Supe que estaba tomando antidepresivos, luego perdimos contacto. 

 

Justo un día después de la accidental confesión de mi padre, falleció una compañera de la Universidad. Aunque padecía fibrosis quística, la cuestión nos tomó a todos desprevenidos. Recordé con pesar las veces en que la había escuchado mencionar su mayor anhelo: graduarse, convertirse en psicóloga, portar el anillo de generación. 

 

De camino al velorio —el primero y único al que he asistido en mi vida— comenzaron a sudarme las manos. Tenía la mente en blanco, pero presentía venir un repentino asalto emocional. Mis compañeros callaban. Yo callaba. Las miradas de todos eran vidriosas, apenadas. 

 

Llegando a la funeraria nos dirigimos a la habitación que le tenían reservada. Olía a pétalos, a frescura y tristeza. Dimos el pésame a los familiares. La mayoría se encaminó a la parte trasera, donde tenían colocado el féretro.

 

Dirigí la vista en aquella dirección, me quedé helada. 

 

Me visualicé acercándome a la caja, a paso pesado. Me figuré que reunía el valor necesario para contemplar el rostro pálido de mi amiga… sin embargo, había dos personas allí dentro. 

 

Ahogué un sollozo, paralizada a mitad de la habitación. Al retroceder, experimenté una nueva clase de temor… ¿Era mi culpa que él intentara suicidarse?, me había insinuado que lo intentaría, y yo no lo había tomado con la debida seriedad. No quería traicionar su confianza pero, ¿Habría sido distinto de atreverme a discutir el tema con un profesional? 

 

Aunque habían pasado años del dicho al hecho, ¿Era mía una pequeña porción de culpa?

 

Se acercaron a preguntarme qué ocurría —porque se me notaba en la cara que algo estaba en terrible desorden—, rompí a llorar. Un llanto silencioso, de esos que nos impiden articular palabra y desembocan en una auténtica migraña. 

 

Los días próximos no fueron llevaderos. Mis pensamientos, aunque tenían diversos orígenes, desembocaban siempre en los rostros de la caja fúnebre. Me invadió la urgencia de contactar a mi viejo amigo. Quería escuchar su voz. Necesitaba saber qué había sido de él en los últimos años, después de que nos graduáramos de la Preparatoria. Necesitaba verle… 

 

Pero no de inmediato. Yo estaba demasiado inestable. Era necesario digerir el primer golpe antes de disponerme a recibir uno nuevo, así que lo puse en oración —si puede llamarse de tal modo al monólogo bizarro que declamé en mi habitación, tras la migraña que siguió a las sesiones de terapia grupal impartidas a mi semestre—. 

 

En soledad, descargué toda la impotencia. Todo el enojo. Toda la ansiedad. Todo el cansancio. Hablé hasta quedarme sin argumentos, sin ideas, sin ganas. 

 

Entonces comencé a pensar en la cantidad de personas que en ese preciso instante debían estar sufriendo. Ya fuera que se sintieran aisladas, inestables, o que estuviesen tratando de comprender cómo ayudar a quienes aman, sin poseer los conocimientos, recursos  o habilidades adecuadas. Me sentí inútil. Me sentí egoísta. Imaginé toda suerte de escenarios en los que habría podido intervenir en favor de la salud mental de alguna persona…

 

Por eso estoy estudiando psicología,  pensé a modo de consuelo. Algún día podré ayudar de verdad a esas personas. para eso voy a la universidad. Para eso me preparo con vehemencia en cada prueba. Por ellos vale la pena aprender, preguntar, vivir mis propios duelos y nunca ceder ante las dudas. 

 

Entendí que no era inútil ni egoísta. Entendí que estaba adquiriendo las herramientas necesarias para aportar al bienestar de quienes me rodean, de quienes han depositado su fe en mí, o de quienes han perdido la fe y acuden al psicólogo como último recurso. 

 

Pensé en el amor de una nueva forma, después de quebrantarme. 

 

Comprendí que mi vida perdería sentido de no aprender a identificar las batallas que deseo luchar, o si no me preparase para lucharlas. Y aquí me tienes, Amable Bryan, meses después de todo aquello, con un panorama más amplio, convirtiéndome en la clase de herramienta que puede utilizarse para sanar el dolor ajeno —al menos en pequeña medida—. 

 

Lo había expresado Vincent Van Gogh en una bonita frase…

 

En el amor reside la fuerza, y cualquiera que ama mucho, hace mucho y puede lograr mucho, porque eso hace el amor.

 

Atte. Pau 

 

 

 

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Esta entrada tiene 8 comentarios

  1. andreahdz545

    ¡Qué bárbara!, logré conectar con el escrito de manera que las lágrimas vinieron a mí sin quererlo. Unos años atrás viví algo parecido, pero mi amigo sí logró quitarse la vida.
    Creo que es muy loable de tu parte querer ayudar y prepararse para ello, sin embargo, no puedes atribuirte culpas que no te corresponden.
    Gracias por compartir. Si quieres hablar, sabes que aquí estoy. Te abrazo a la distancia.

    1. Gracias, querida Andy 🙂
      Me alegra saber que he conseguido conectar… entiendo que el texto tendrá mucho que debe pulirse; sin embargo es la versión más organizada que he conseguido redactar en cuanto al tema en un día, jajaja.
      Seguimos hablando,
      Un abrazo fuerte desde casa.

  2. romina

    Recuerda que un pasado significativo debe mostrar al lector la escena que lo marca. Aquí tenemos un problema de tiempos en la redacción, no se entiende bien cuando pasa cada cosa en la relación.

    1. La escena que lo marca, de acuerdo. Como Reto personal me esforzaré por pulir el texto y perfeccionar ese detalle de los tiempos 😀 Gracias Romi.

  3. carlozmoran

    Tolkien:
    Recuerdo escuchar como contabas esta experiencia y comprendo que las coincidencias solo añadieron al dolor y a la experiencia amarga. Como dice en Isaías, es el horno de la aflicción lo que nos purifica y nos moldea. Son experiencias dolorosas las que nos dan un impulso y nos llevan a encontrar esperanza. La última resolución ha sido lo suficientemente fuerte para dar un cierre a la experiencia, pero además, debo decir que por fin te mostraste en un escrito tal cual eres, cosa que te da miedo y se que te cuesta. Conozco el precio que conlleva esta clase de escritos y se que lo pagaste, pero creo que es aquello que los escritores estamos dispuestos a hacer y debo decir ¡bravo!

    Me encantó el texto y creo que está increible.

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