RETO CORRECCIÓN: Dilema de fe

Siento el aire frío de la noche golpear mi cara. Pedaleo con más fuerza cerca de la esquina, antes de voltear en la avenida Intihuatana. A esta hora no hay mucho movimiento, muy pocos vehículos transitan. Doy la vuelta y suelto los pedales en la bajada. Me dejo ir. Hace mucho que no hacía esto. Respiro muy profundamente. La noche me envuelve y arrulla, penetra mis poros para camuflarme en lo que me rodea.

Dos calles más abajo, volteo otra vez y me dirijo a un parque que hace poco conozco. Avanzo y me interno en él. Voy hasta el centro, donde está la imagen de una virgen: Nuestra Señora de La Paz. Estaciono la bicicleta y me siento en una banca justo al frente. Paz… es precisamente lo que necesito ahora.

“Virgencita, ¿cómo se devuelve la paz a un corazón confundido? Sé que no soy una mala persona, pero sí me estoy equivocando mucho últimamente”.

No le temo al cielo o al infierno, realmente a lo que más le tengo miedo es a quedar en el “limbo”. Ese lugar en medio de los dos en el que no eres nada. Siento que puedo ir allí, porque tengo una postura un poco extraña en relación a Dios. Creo con cada célula de mi cuerpo que Él existe. Lo siento en cada detalle hermoso de su creación y en el equilibrio perfecto de todas las cosas que me rodean, las que conozco y las que nunca llegaré a ver. Sin embargo, lo siento distante. A veces siento vergüenza de hablarle directamente. Como si fuera ajeno a mí o yo muy pequeña para acceder a Él.

Tuve educación católica, toda mi familia lo es, por varias generaciones. Además estudié en un colegio religioso, creo que esa época fue la de mayor alcance de mi fe. Sin embargo, cuando me alejé de mi casa, mis costumbres y familia, la perdí. La olvidé. Dejé en algún lado mi capacidad de creer. Como leí en alguna parte, “la fe es un don”. Quizá yo no lo tengo.

De todas formas, hago mis intentos de acercarme a Dios. Tengo un pequeño altar en mi cuarto. Ahí está la figura de una virgen, por quien me pusieron mi segundo nombre, la Virgen Del Carmen. Suelo poner una vela cada lunes y orar. Es mi manera de guardar mi creencia. De sentir que de alguna manera me comunico con el Padre.

Hay muchas cosas que me intrigan en relación a este tema. La religión ha tenido y tiene muchos errores. Pero no puede ser diferente porque sus elementos son humanos, por lo que son susceptibles a ellos. No obstante, existe Él, y es superior a todo. Aunque nosotros Lo hemos pintado de diferentes colores y envuelto en distintas auras, es el mismo, omnipotente, nuestra representación del amor. Por eso, a veces no logro entender cómo muchas personas que dicen creer en Él, hacen daño a otros en Su Nombre. No es posible algo así. No creo en un Dios violento.

Él es la fuerza que une el universo. Aquello que hace que cada cosa tenga un sentido, un propósito y un lugar. Aquél que está siempre, en todo…

“Virgencita, no sé por qué ahora reflexiono sobre esto. Quizás es porque la situación en la que me encuentro, me hace querer acercarme a Él. Quizás, en lo profundo de mí, tengo la certeza de que solo su amor es capaz de proporcionar luz y paz. Solo que no sé cómo hacerlo. ¿Cómo creer  de verdad?”

Veo el celular, se ha hecho tarde sin pensarlo. Es mejor que vaya dando la vuelta. Vuelvo a montarme en la bicicleta. Una última mirada a la virgen, de complicidad y agradecimiento, emprendo la marcha.

Subo unas cuadras para dar la vuelta por la misma calle. Cuando llego ahí, pedaleo con mucha fuerza, para tomar impulso y luego dejarme llevar. Bajo por la pista a velocidad. Miro el cielo oscuro y profundo. Tal vez no sea mucho, pero me siento un poco más en paz…

Voy frenando lentamente. He llegado a casa.

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