RETO CORRECCIÓN: Manos negras en el día de la Gratitud

Eran las últimas semanas de clases, había adrenalina pura corriendo por nuestras venas. Se acercaban eventos importantes en nuestra escuela: las chicas de cuarto año nos despedirían del colegio con un gran espectáculo, habría una fiesta de promoción, habría una misa y, por parte de nuestros maestros, se avecinaban muchos consejos significativos acerca de nuestro futuro… Pero esas eran situaciones distintas, donde probablemente no todas estaríamos presentes. No todas querían o podían ir a la fiesta, algunas se quedarían estudiando en la academia en vez de ir a nuestra “despedida”, muchas no estaban interesadas en ir a la misa. Sabíamos que era el principio de la separación definitiva, pero aún nos quedaba un brillo de esperanza.

“El día de la Gratitud” le llamábamos. Nuestra última oportunidad de brillar como estrellas frente al gran escenario de nuestro colegio. ¿El propósito? Complacer a nuestros profesores mediante variados números artísticos para agradecerles por todos los años de enseñanza que ellos nos habían dedicado. Era un momento tan divertido como significativo para nosotras como promoción. 

Nos preparamos durante todo un mes. ¡Era tan divertido! Los artistas saben que la verdadera alegría está durante todo el proceso, que no hay nada mejor que los ensayos, no hay nada mejor que “chismear” bailando, el sudor después de una buena jornada, el esfuerzo, las lágrimas… y también saben que en el día de la presentación puede, de repente, TODO SALIR MAL.

En nuestro caso, además de la organización del día de la Gratitud teníamos la tarea de pintura mural. Si alguna vez has pintado una pared seriamente, sabrás que no se usa cualquier pintura. La pintura que usamos nosotras era una especialmente pegajosa, que solo se quitaba de las manos con un líquido especial.

Resultó que el día de la Gratitud habíamos dejado las pinturas sobre nuestras carpetas de nuestro salón de clases. Sí, mala idea. Mi aula se localizaba justamente detrás del auditorio donde nos presentaríamos, así que era el aula más concurrida durante la noche. Ah, y también nos cambiábamos de ropa ahí. Imagínense un montón de chicas nerviosas, ropa y maquillaje por todas partes, planchadores, ligas para el cabello, sillas desordenadas, y también muchas pinturas pegajosas a medio cerrar justo frente a la puerta.

Habiendo pasado media hora, era sorprendente que no hubiera pasado nada. ¡Éramos chicas desordenadas, pero cuidadosas! Las pinturas seguían en su sitio, sin ninguna alteración, nadie había rozado sus…

MALDICIÓN.

Sandra, apresurada por hablar con una amiga, tropezó y golpeó contra la mesa. Las pinturas se impactaron, rodaron y se regaron por el suelo. Celeste, negro… Mucho negro. ¡Faltaban veinte minutos para nuestra presentación…! Sandra soltó una mala palabra y con un pedazo de cartón trató de devolver la pintura a su tarro pero fue en vano. ¡Era demasiada pintura! Las demás chicas ni se inmutaron (hay veces que aplicarse la base es más importante que ayudar a una compañera en aprietos, al parecer), así pasaron cinco minutos y la pintura parecía reproducirse como una bacteria en vez de menguar. Me compadecí y fui a su ayuda… De todos modos no me iba a maquillar… Sus manos estaban negras por completo, sus dedos parecían resistirse a despegarse los unos de los otros. Agarré otro pedazo de cartón, ensucié su superficie con la pintura y la rocié sobre el tarro. Me agradeció y juntas logramos dejar, en cinco minutos, una gran mancha negra y seca sobre el suelo… ¡La monja nos iba a matar si veía eso! Sandra agarró el thinner y lo esparció sobre la mancha. Yo con un trapo viejo empecé a trapear. 

Nos detuvimos cuando el suelo adquirió un color parecido al excremento de los recién nacidos (por cierto, el piso era color mostaza). Sonreímos, teníamos las manos negras, había que limpiarlas con lo que quedaba del thinner… ¡Sandra cara de palo! ¡GASTÓ TODO EL THINNER EN LIMPIAR EL PISO EN VEZ DE GUARDAR PARA NOSOTRAS QUE TENÍAMOS EN DIEZ MINUTOS UNA PRESENTACIÓN! 

Volamos. Ella fue por alcohol, yo por detergente y jabón líquido, luego corrimos a los lavadores y nos restregamos las manos como pudimos. El detergente, las uñas largas, el alcohol, ayudaron mucho… Conseguimos tener unas manos “color a podrido” en cinco minutos. Volvimos al aula a la carrera para encontrarnos nuestras compañeras gritándonos maldiciones. 

El primer grupo entró al escenario y protagonizó lo que, todas sabíamos, sería el espectáculo de la noche. Luces psicodélicas, fondo negro, aullidos de muerte… ¡THRILLER! Desde una esquina del escenario vi el rostro de miss Mirza, nuestra profesora de arte, iluminarse con una gran sonrisa llena de asombro y orgullo. La monja estaba incrédula; los profesores, complacidos. Luego que el número terminó, se levantaron unos grandes aplausos por parte del público. ¡Lo hicimos! Esperen, aún faltábamos las del segundo grupo. Entramos con nuestras faldas no tan cortas y sonrisas felices. Las luces se encendieron y todo el mix de música de la juventud de nuestros profesores explotó por las bocinas. El público cantó y aplaudió. Yo traté de bailar lo mejor que pude, evitando partirme de risa por la vergüenza. Las manos negras eran lo de menos, los ojos de los profesores estaban sobre nosotras y teníamos que mostrar actitud. Sandra ocultó sus manos astutamente, con movimientos rápidos y elegantes. Yo me desenvolví torpemente. Los profesores probablemente se dieron cuenta de cuál no era mi don natural: bailar.

La última canción terminó y nos retiramos gozosas del escenario, entre muchos más aplausos de los espectadores. Habíamos cerrado con broche de oro. A la monja, por supuesto, no se le escapaba nada, ella nos gritó a todas las del aula cuando se dió cuenta de la mancha del suelo, pero ¿quién fue la culpable? Nadie nunca dijo nada, nuestra directora monja probablemente pase a mejor vida sin saber aún la respuesta. Respecto a la pintura, permaneció en mis manos un día entero, pero la mala suerte que debió haberme pegado duró una semana más. Frente a la pared que me tocaba pintar se regó otro tarro de pintura negra, ¿quién lo hizo esta vez? Nadie lo sabe, ni siquiera las manchas negras imborrables de mi pantalón podrían dar una pista de ello.

El final del año me dejó con el uniforme manchado, además de muchas lágrimas y mucha satisfacción. Y al colegio, un nuevo look y el gran recuerdo de una gran promoción de jóvenes artistas, problemáticas, pero bellas y alegres que estaban listas para la vida… Probablemente.

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Author: emotional.ruth

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