Reto 7. La encrucijada de mi sueño

“La encrucijada de mi sueño”

Era enero del 2008, había amanecido pero el sol estaba escondido tras las nubes espesas del invierno, estaba recostada entre mi cobertor y el cubrecolchón de franela. Tenía el cuerpo caliente pero sentía frío por dentro, lloraba en silencio mientras miraba el vaho que se perdía en algún sitio cercano al techo. Temblaba al decidirme si endeudaba a mi familia o perseguía mi sueño.

En la planta baja mis padres discutían, los manoteos, exasperación y gritos se habían vuelto parte del día a día. Papá gritaba que el dinero era insuficiente para pagar mi escuela y cubrir los gastos domésticos, mamá decía que era su obligación, que yo había cumplido con excelencia.

Era verdad, en diciembre del 2007 había concluido el primer semestre de la licenciatura en filosofía con un promedio perfecto, lo cual había sido la petición del patronato para obtener una beca académica. Pasé arduos días de estudio entre griego, lógica y pensamiento crítico en vano, porque los directivos determinaron que según la profesión de mi padre no era mi derecho el goce de un descuento monetario.

Y ahí estaba yo, haciendo un esfuerzo por levantarme y dar la cara en la dirección. El ofrecimiento era el siguiente: adquirir una deuda en el banco, donde el acreedor sería mi padre y mis estudios quedarían financiados, era un trueque perfecto. “Mi papá es médico” pensé, “puede trabajar más y obtener más dinero”. “Mamá puede interceder por mí y hacer que papá reflexione que aunque quizás el no tuvo la oportunidad de ir a una escuela privada, no puede robarme mi deseo”. Era mi derecho de hija pero me oprimía el pecho ser egoísta y ver a mis padres rompiéndose los dedos por mi capricho.

Tomé fuerzas de quién sabe dónde, encaré a mis padres y me despedí para ir a la escuela. Mamá me acarició la cabeza dijo que siguiera adelante, que ella se encargaría del dinero. Me agobié, apreté mi mandíbula, mis entrañas y encaminé con el corazón en el suelo.

Estaba lista para recibir el formulario y la secretaria me extendió una pluma para llenarlo, después tendría que obtener la firma de mi padre y juntos presentarnos en el banco. La señorita estiró más el brazo, cerré los ojos, respiré hondo y lo hice a un lado. En su lugar solicité darme de baja y ver morir mi sueño dorado. Al volver a casa informé mi decisión, todos miraron mi postura derrotada pero nadie protestó. A mi corta edad sentía que la vida se me iba y quería llorar por aquélla injusticia que me obligaba moralmente a prescindir de mi anhelo y abandonar la escuela.

A la mañana siguiente, junto a mi cama encontré un viejo libro: “Los ojos de mi princesa”, tenía una página separada esperando a que releyera. Encontré un gran consuelo: el abuelo le decía a José Carlos que si de verdad quería ser escritor no perdiera el tiempo y su consejo era para mí el mismo, que el escritor se hace escribiendo y leyendo, a fuerza de voluntad y con disciplina más que de academias.

Con el tiempo, me he dado cuenta que si estuviera otra vez en aquélla encrucijada, tomaría la misma decisión, porque en aquél momento mi pensamiento al rechazar el financiamiento, fue que prefería a mi familia en paz antes que destruirlos por dinero. Y heme aquí contando esta anécdota, señal de que aún persigo mi sueño.

Katia Mava

katimav
Author: katimav

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. romina

    falta enfocar la voz interior a lo que solicita el reto. EN el vivo ampliaremos esto.

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