Saltear al contenido principal

RETO 5

El último curso en el instituto fue el más difícil de todos los que pasé en allí. Las presiones de cara al futuro, la universidad que ni tenía en mente, pero en la que pensaba a diario, la matrícula de honor en bachillerato, el amor, el qué estudiar, el qué ser de mayor… eran el porvenir en su momento, algo a lo que no quería prestarle demasiada atención, pero también lo más importante, y a lo que habría de enfrentarme si quería seguir.

Seguí.

Tras ese año tan cargado de tantas cosas y todas a la vez, fui aceptado en la universidad que quise, en los estudios que quise, y al terminar un verano más ingrato que todos los anteriores, metí lo poco que podía llevarme de Lanzarote en mi maleta, y viajé a Madrid con dos cosas en la mente: olvidar y seguir.

 

Como yo, prácticamente todos los estudiantes de mi promoción salimos de Lanzarote en busca de algo.

Para todos, el viaje, ya fuera a la Península, ya fuera a otra isla del archipiélago canario, suponía una nueva oportunidad, un nuevo comienzo.

Para todos, una nueva vida comenzaba, para todos, menos para mí, porque para mí continuaba la misma vida solo que en otra parte.

Tal vez fue lo triste y desencantado que acabé del amor, tal vez fue la sensación de no tener del todo claro si lo que iba a estudiar era lo correcto, tal vez fui yo mismo que se me da fatal olvidar… o tal vez fue todo, pero no pude disfrutar del comienzo de algo nuevo ni verlo como tal.

 

Ahora, todo aquello pertenece al pasado, a un pasado que me ha hecho ser quien soy hoy indudablemente. Y aún con todas esas lecciones sigo sin saber hacer frente a los problemas que suceden en mi vida, como el de ahora: ¿qué hacer cuando termine la carrera?

 

 

Sé que debo continuar como he continuado hasta ahora, por el mismo camino de la constancia y del saber hacer lo necesario en el momento preciso. Sin embargo, a veces siento que no puedo continuar, no solo por mí, sino por todas las adversidades que se han dado durante estos años.

La más grave de todas ellas es el hecho de que si quiero continuar he de continuar unos años más lejos de mi familia a la que quiero más que a nada y a la que tanta falta he hecho desde el primer minuto que pasó después de que metiera el primer libro en mi maleta.

De querer seguir, tendría que continuar lejos de mis padres que me necesitan tanto ahora que no tienen en común nada más que el hecho de ser mis padres, ahora que se han dejado de querer.

Pero, sobre todo, de querer seguir habría de hacerlo lejos de mi hermana, a la que dejé con siete años quizás cuando más falta podía hacerle, cuando más me necesitaba, y a la que no estoy viendo crecer, que es lo verdaderamente más doloroso, y lo que no tiene forma de recuperarse.

Ese tiempo que invertiría en mí es tiempo que podría compartir con mi familia, pero que habría de sacrificar inevitablemente, y todo por cimentar la base de mi vida.

 

 

Llevo varios meses pensando en todo esto, en qué hacer una vez se terminen las tardes de ir a la facultad, una vez se terminen las mañanas en el colegio de prácticas, una vez se acabe la ceremonia de graduación y el telón se baje.

Y cada vez que lo hago llego a la conclusión de que la solución ha sido siempre seguir, y supongo que lo seguirá siendo.

Al acabar la educación secundaria la solución fue seguir en bachillerato; al acabarlo la solución fue seguir una carrera; y cuando acabe la carrera la solución será o bien opositar, directamente, o bien hacer un máster que me permita subir un peldaño más en la escalera de lo que se supone que hay que hacer para ser maestro. Tendré que dejar a un lado aquello que me hace más difícil avanzar, tendré que olvidarme de todo, tendré que pensar en mí pues es lo mío lo que está en juego, es mi vida.

 

Seguiré también el transcurso de mi vida, y habré de llegar a donde quiera que ella me lleve. La primera parada será un colegio en cualquier parte, y mis primeros compañeros de viaje un grupo de unos treinta o cuarenta niños y niñas ávidos de mí, todos y todas llenos de curiosidad por conocerme, por saber quién es ese muchacho con gafas y pelo largo que acaba de entrar por la puerta de clase y que se acaba de presentar diciendo “cuánto tiempo sin veros”.

Acerca del autor: Jimmy Orlando Almache Simbaña

Escribir es para mí una forma de estar vivo.

¡Involucrarse!

Bienvenido a CCS Escritores

Únete a nuestra comunidad y forma parte del nuevo grupo de escritores CCS 7-25

Comentarios

Sin comentarios aún

Escribir es para mí una forma de estar vivo.

Volver arriba