Reto.6 No lo había llorado

-No lo había llorado-

 

Estaba sentada frente a mi psicólogo, mis manos frías y temblorosas expresaban mi ansiedad, mientras mi mente intentaba saber por dónde comenzar.

 

Eres de confianza, -le dije. Conoces bastante bien mi historia de vida y a mi familia. Necesito que me ayudes a esclarecer mis sentimientos y a saber por qué reacciono de esta manera.

 

Hace pocos días tuve una crisis, -continué, una de las más fuertes. Una cosa llevó a la otra y nuevamente me encontraba con mis manos frías y el corazón acelerado, en una intensa discusión con mi novio. Nos habíamos dado un tiempo en muchas ocasiones, pero ahora era diferente; él estaba convencido que lo mejor para ambos era terminar nuestra relación, incluso yo también lo estaba. Cada vez las peleas y discusiones son peores; no hay confianza porque me ha sido infiel, se ha perdido el respeto entre nosotros, siento que no me ama, que mendigo su amor, que no merezco esto, pero aún así, si terminamos muero. 

 

Justamente eso sentí, Arianys.  Actuaba como si hubiese llegado la hora de mi muerte, el mundo se acababa para mí. Tirada en el piso, en posición fetal, lloraba a gritos sin consolación ¡No sabía que vendría después! El miedo me gobernaba y me estaba dejando llevar hasta el fondo. En este momento intervino milagrosamente mi madre, mi ángel. Ella permitió que abrazara la realidad y me trajo de vuelta, a tal punto, que sentí vergüenza al verme con ojos cuerdos. 

 

No era la primera vez que esto me ocurría, pero fue mucho más intenso que en otras ocasiones. Por esta razón, me cuestiono acerca del origen de esta reacción que me lleva al borde de la locura. No me parece lógico que una ruptura amorosa produzca tal estado, a menos que trate de revelarme una situación inconclusa del pasado.

 

La siguiente pregunta hizo un clic en mi cerebro que, su respuesta, desvelaría la cruda verdad en mi cara: ¿A quién lloras realmente?, cuestionó mi psicólogo. Mis ojos se abrieron sorprendidos, pues la duda iba directo a mi espíritu, y él fue quien respondió: a mi papá.

 

Claramente, la escena emergió a mi conciente. Aquella madrugada estaba entusiasmada por el viaje a la playa que haríamos con mi madre y su grupo de tercera edad. Desafortunadamente, mi entusiasmo sería desplazado por sentimientos de miedo, enojo, culpa y mucha tristeza. Mis padres se encontraban en una acalorada discusión. Habían convertido aquel amanecer en un campo de batalla, al cual entré sin invitación. Las palabras y el tema reñido no era claro para mí; alguna situación que aparentaba infidelidad y, de la cual, mi madre se había enterado. Lo cierto es que tengo una imagen muy clara; yo en medio de los dos, en un intento por ponerle fin a la pelea. Sin embargo, lo ocurrido fue espantoso; mi padre escupió el rostro de mi madre y yo, en un acto instintivo, dominada por las emociones y en defensa de la mujer que me había entregado todo su ser, escupí la cara del hombre más importante en mi vida. Acto que culminaría la batalla con un silencio solemne y caras llenas de asombro, susto, tristeza y culpa. Habían más espectadores, mi abuela, que había dormido en casa para el viaje a la playa, y mi pequeño hermano que observaba temeroso e impotente.

 

No recuerdo haber conversado de lo ocurrido, sólo sentía un vacío en mi interior, mucho miedo; pero mi madre no se paralizó y los planes del viaje se hicieron realidad. 

 

Recuerdo haber disfrutado del día en la playa. Sentados en la arena con el sol calentando nuestros cuerpos, mamá nos dijo, a mi hermano y a mí, que mi papá siempre sería nuestro padre pasara lo que pasara. Inesperadamente, una llamada telefónica interrumpe nuestra conversación y cambia el rostro de mamá, quien nos comunica que posiblemente cuando lleguemos a casa no vamos a encontrar nada. La llamada era de una vecina que, preocupada, se comunicó para avisar que un carro estaba haciendo mudanza en nuestro hogar. Otra vez el miedo y la contrariedad se apodera de mí ¡Cómo un padre sería capaz de dejar sin nada a sus hijos! El viaje de regreso a casa se hizo largo, no sé cuántas escenas imaginé intentando evitar la sorpresa al llegar. 

Y allí estábamos, frente a nuestra casa. Inhalé hondo y contuve el aire en mis pulmones, mientras nuestras miradas chocaban llenas de suspenso. Poco a poco solté el aire por mi boca, al sentir la cálida mano de mi madre sujetar la mía. Su seguridad y confianza nos confortaba. Al abrir la puerta encontramos la casa completamente vacía, de la misma forma en la que quedamos mi hermano y yo ese día: vacíos.

 

Mi padre nos había abandonado física y emocionalmente. No recuerdo haber llorado. Tenía que ser madura, como siempre me habían reforzado. Mi madre se mantuvo serena y con un positivismo que nos levantó y sacó adelante. Pero no sabía que esa herida sangraría después, cuando yo intentara tener una relación de pareja.

 

Querida Arianys, había estado llorando, todo este tiempo, a mi papá. Cada vez que una separación emocional amenazaba mi vida, entraba en crisis porque, inconscientemente, revivía ese momento en que papá se fue y se llevó consigo, no sólo lo material de la casa sino mis sueños e ideales de la relación padre e hija. Así que, evitaría a cualquier precio una ruptura sentimental, aunque la relación fuese insana. 

 

Este descubrimiento fue maravilloso para mí. Hasta ese día entendí que no lloraba a mi novio; lloraba a mi papá. Y eso me liberó. Permitió que creciera y cicatrizara esa herida, para luego cultivar una relación de pareja más sana.

Te puedo asegurar, que no soy la misma. No sigo llorando cada vez que una separación se vislumbra en mi vida porque ya no soy aquella niña que sufría, en el silencio de su habitación, por no entender la conducta de su padre al abandonarla. Ahora soy una adulta, capaz de cuidar de mí misma, de consentirme y de decir adiós cuando la situación lo amerita. He dejado de querer agradarle a los demás por el temor a ser rechazada. Y lo más importante, estoy bien así, me siento satisfecha conmigo misma. 

 

Aquella mañana, al salir del consultorio, caminaba por la acera de vuelta a mi casa, sintiéndome que flotaba. Había dejado atrás un gran peso. Disfrutaba de la brisa en mi cara, de los rayos del sol en mi piel, de la claridad mental que tenía, veía con confianza el futuro y, por primera vez en mucho tiempo, disfrutaba ser yo.

 

-Saranyi Drisselley-

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. romina

    Tienes la emoción, sabes lo que quieres decir, lo que falta es trabajo de corrección. Ordenar la idea, enfocarte en el PG, y no dejes de lado las herramientas olvidadas. Quisiste usar diálogos y eso confundió un poco en el texto.

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