Reto 6: La abuela

Querida Adriana,

Hoy he caminado bajo la lluvia de regreso a casa, el frío me calaba hasta los huesos, pero no me importo. Me dejé caer al suelo en cuanto crucé el umbral de la puerta. Recorrí en silencio con mi mirada el lugar donde suelo pasar la mayor parte de mi tiempo libre, y me topé con los libros perfectamente alineados, ni un milímetro más ni uno menos. Perfecto. Gotas de agua escurrían de mi cabello. No soporte verlos así por mucho tiempo. Los tire uno a uno al suelo. Al fin un poco de desorden.

Desorden.

Las lágrimas brotan de mis ojos al recordar cuando era niña y me esforzaba por ganarme el amor de mi abuela paterna. Una mujer muy estricta. Todo era en vano. No importaba lo que hiciera, cuantos dieces obtuviera en mi boleta de calificaciones, ni siquiera importaba que viviera bajo el mismo techo que ella. ¡Yo estaba ahí y no me veía!

Era una niña que solo recibía rechazos de alguien que debió haberme dado cariño y un montón de dulces, todos los que hubiera querido. Alguien a quien yo quería mucho. Pero no me rendí, era una chica persistente. Lo seguí intentando durante años. Estudiaba y formaba parte del cuadro de honor, me aseguraba de que todo estuviera ordenado, tal y como a ella le gustaba. Quería que lo notara, que se diera cuenta de todo mi esfuerzo por llamar su atención, por ganarme su admiración. Todo debía ser perfecto. Yo me convertí en la señorita perfección. El café debía estar caliente siempre, las hojas secas en la basura y el piso impecablemente blanco.

Mis primos nos visitaban cada semana, yo siempre me ponía mi vestido más bonito los domingos, porque sabía que ellos irían y debía verme bien. Pero ellos se convertían en el centro de su universo y yo dejaba de existir. Incluso ellos me decían a la cara que eran los consentidos de la abuela. Me volví una estrella apagada. A final me resigne. Perdí el contacto con mi mamita, que es como ella nos pedía que le dijéramos porque odiaba que la llamáramos abuela. Yo a veces la llamaba de esa manera para molestarla. Al principio por las obligaciones de la universidad, prácticamente pasaba todo el día fuera, luego me mudé de casa y no sentí la necesidad de regresar a un lugar donde me sentía gris, donde ella vivía. Hasta que la muerte vino a tocar mi puerta.

Hace un par de años me llamaron para decirme que mi abuela, estaba por morir. Me quedé sin palabras, sentí un nudo en la garganta. Solo le quedaban algunos días. El corazón se me hizo chiquito, pero no lloré. Algo dentro de mi me decía que debía ir a despedirme, y le hice caso a esa vocecita. Tenía años sin verla y ella sonrió en cuanto me vio caminar hacia ella, se le iluminaron los ojos, llenos de arrugas. Yo también me ilumine por dentro. Estaba acostada en la cama, que en ese momento parecía ser demasiado grande o ella se había hecho muy chiquita, no lo sé. Pero sentí la necesidad de estar a su lado y estrechar su mano con la mía. Su tacto tibio me acaricio el corazón. No me llamo por mi nombre, pero eso no me hizo sentir mal, porque en sus ojos pude ver que sabía quién era yo y por fin pude ser el centro de su universo.

Ahora me siento mejor.

Karen Salas

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Author: kayuri.books

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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. adri18bg

    Tu abuela debe sentir orgullo donde sea que esté, tu corazón es inmenso y lleno de compasión y ternura. Gracias por compartirme este recuerdo tan significativo para ti. Eres una estrella que brilla siempre y ese brillo ilumina a cada uno de los que te conocemos 🙂

  2. romina

    EL relato muy bien. Ahora la corrección, cuida las repeticiones. Revisa cuántas veces has usado el ello, ella… y revisa los acentos en los verbos.

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