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Reto 6 – Guadalupe Ernestina Cuervo Serrano. Sempiterno

Sempiterno

 

A pesar del correr de los años, no puedo sacar de mi mente esa fecha que marcó un antes y un después en mi corta vida. 20 de diciembre del 2010. Ese trágico día vive grabado en mi mente y es inevitable sentirme vulnerable cada vez que los recuerdos surgen y se posan sobre cada uno de los latidos de mi corazón. Ese lunes por la tarde noche, perdí a uno de los seres más importantes que he tenido: Mi abuelo Agustín.

Él no solamente era mi abuelo, era el padre que siempre estuvo a mi lado en momentos difíciles, era mi consejero de cabecera, mi mejor amigo y mi cómplice en las locuras que por la edad, venían a mí y no podía detener. Esto no quiere decir que siempre apoyaba mis acciones y mi manera de pensar, simplemente trataba de nunca juzgarme y ayudarme a mirar las cosas desde la lupa de la experiencia para que, por mí misma pudiera encontrar las respuestas que yacían en el fondo de mi ser. Por eso al partir, un vació quedo en lo más profundo de mi alma, perdí a mi soporte, a mi guía y no supe qué camino tomar.

Han pasado 7 largos y duros años, mi vida no volvió a ser la misma; extraño su presencia, atención y el amor incondicional que me brindaba. Extraño verlo en el jardín, leyendo la sección de deportes que tanto le gustaba, con ese par de anteojos viejos y una sudadera gris un poco deslavada. Era mi persona favorita y sé que donde quiera que se encuentre, una parte de él siempre va a estar conmigo. Su partida no solo me enseño que no tenemos la vida comprada, que en un abrir y cerrar de ojos podemos dejar de ser parte de este mundo, desvanecernos y fundirnos con la nada, donde permaneceremos hasta el fin de los tiempos. También aprendí a valorar más a las personas que me rodean, a darles el tiempo necesario y poder escribir una historia con cada uno de ellos, llenas de momentos y alegrías que quedaran guardadas por siempre en la mente y el corazón. Comprendí que la vida es solo un momento fugaz, llena de altibajos que hay que saber aprovechar, que debemos disfrutar al máximo cada segundo y crear de cada uno de ellos una aventura que contar, puesto que nunca sabremos cuando será el último día y tal vez, nuestra misión es dejar aprendizajes, amor y conocimiento en las personas que siempre estuvieron ahí, a nuestro lado, para de esta manera, poder ser recordados a través del tiempo.

Creo que nunca seré lo suficientemente fuerte y valiente para afrontar su partida y decirle adiós para siempre. Jamás podre olvidar ese día en que me dijeron que la luz de su vida se había terminado, que su corazón había dejado de latir porque hasta cierto punto, una parte de mí murió con él y nada volvió a ser lo mismo. Intenté trabajarlo en terapia y debo admitir que me ayudo a soportar la perdida, pero no quiero olvidarlo, no quiero que se borren de mi mente todos aquellos recuerdos que compartí con él ni las lecciones que me enseño en su momento. Quiero llevarlo ahí, aun ladito del corazón, escondido bajo las venas, arterias y válvulas que lo conforman, para que pueda acompañarme en cada latido y fluir como la sangre que recorre mi cuerpo, quedarse bien guardado en mis recuerdos.

Voy a salir adelante, disfrutaré todas y cada una de las etapas que conformen mi vida y, si bien es cierto, él me hará falta en cada logro y en cada pasó que dé. Pero siempre mirare al cielo recordando su memoria para que donde quiera que se encuentre, pueda sentirse orgulloso de mi y ver la gran persona en que me he convertido.

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