Reto 6: El frío de otoño

Hace tiempo el frío de otoño llegó para hacerme compañía, aunque sin avisar su llegada, pues sólo entró y se puso cómodo. Por si fuese poco; vino acompañado de una espesa y lúgubre sombra que desembocó un oscuro acaecimiento, debido a que constantemente musitaba una cruel letanía, que reverberaba desde mi nebuloso inconsciente.
         Desde ese entonces, la estación transcurrió con dilación y con esa misma lentitud fue enfriándose gradualmente. La temporada estival no volvió a iluminar el lugar en el que me estaba congelando, y comenzó a surgir una dolorosa pesadumbre que debilitó mi trémulo cuerpo. Ese frío era como una enfermedad con la que nadie debería convivir en la misma habitación.
         Lo que presencié es aquello que ningún mortal debería contemplar e invadido por el miedo, temblaba abrazándome a mis rodillas, siendo sepultado por el gélido averno emergido de mis más grotescas pesadillas. Lloraba y gemía, pues mi alma y cuerpo anhelaban si quiera vestigios de una calidez que había comenzado a olvidar, y me estremecía aferrándome a esas reminiscencias para no perderlas entre esos colores monocromáticos.
         Mientras yo moría, el invierno hacía gala de su atroz apogeo. Su indiferencia ante mi precaria condición, me ahogaba en un océano de melancolía. Frustrado y desesperado por la crueldad que me consumía, encontré una manera de hacer que mi cuerpo dejase de tiritar.
         La escritura vino a mí para contrarrestar la disonancia a mí alrededor, pues su armonía era capaz de opacar las aberrantes letanías que tanto me acongojaban, convirtiéndolas en bellas melodías que yo mismo escribía. El eco de esas sinfonías resonaba en mi cabeza, transportándome a mundos y universos que yo anhelaba conocer.
         Embriagado en mis quimeras me distancié de esa realidad, debido a que jamás brotó en mí ningún sentir de pertenencia. Fue por eso que me permití olvidar, eso es lo que la escritura otorga, etéreas que te distancian de la realidad. Creé lugares y personajes que cobraban vida y se independizaban de mí. Fui feliz, o con lo menos creí serlo. Aun cuando esa felicidad no era real. Ya que era algo más sublime, era una magia tan poderosa que contenía mi esencia vital en ella. Así el invierno se convirtió en mi morada, despidiéndome de aquella primavera que se negó a volver.

–Uriel Kaede.

Uriel Kaede
Author: Uriel Kaede

.

0

Deja una respuesta

catorce + 16 =