Reto 6

Querida Pau,

Me pesa un poco tener que revelarte aquellas cosas que alguna vez me lastimaron profundamente, pero no puedo negar que el dolor es universal, y me ha enseñado que sin oscuridad, no podríamos ver la luz.

Hay pocas cosas que me han dejado marcas tan profundas, pero ese día, ese corto instante, lo recuerdo vívido, siento que podría extender mi mano y tocarlo.

Yo tenía once años, mi papá se había puesto mal del estómago. Durante la mayor parte del día, no pasó de lo que parecía ser una gastritis, pero cayendo la noche, empeoró. Mamá lo llevó al hospital, y a mi me dejaron a pasar la noche en casa de mi tía.

Mi prima me llevó de regreso a casa al día siguiente. Hasta ese momento, no había nada fuera de lo común. No era la primera vez que papá se enfermaba, y siempre regresaba, sin alterar su porte serio y tranquilo.

Pero tan solo crucé el umbral de la puerta, ese que se veía inmenso e imponente para una niña pequeña, sentí que algo no estaba bien. En el sillón de la sala estaban sentados dos de mis tíos, en silencio, rodeados por un aura pesada que amenazaba con sofocarme si me acercaba. La atmósfera era quieta, como si la casa estuviera conteniendo el aliento. Mi mamá se acercó a recibirme, y en silencio, me llevó a uno de los cuartos. A penas penetraba un poco de luz a través de las persianas gruesas, llenando la habitación en una luz tenue que no concordaba con el sol de medio día brillando afuera.

Me senté en la cama, a un lado de mi mamá. Ahí fue cuando me lo dijo, cuando todo sucedió, cuando tuvo que explicarme que su corazón se había detenido, y que jamás reanudaría la marcha. Las palabras dejaron su boca, pasó un instante. Recuerdo que solté algo entre un llanto y un grito desesperado. Me realidad se rompió en pedazos afilados que se me encajaban en el alma.

El resto de aquel fin de semana se volvió una mancha difusa. Recuerdo la capilla de velación. Tenía un patio con una serie de mesas metálicas, frías como el ataúd brillante de madera pulida. Recuerdo una misa larga con una cajita de cenizas, apoyada en una mesa solitaria en el pasillo central del templo, acompañada con una fotografía de su rostro que era en realidad un recorte de otra en la que estamos los dos, mirando sonrientes a la cámara.

Mamá no lloró, o al menos nunca la vi derramar una sola lágrima. Nunca, en vez de eso, me llevó a la escuela el lunes siguiente, y en vez de quedarse en cama, derrotada, contactó con una psicóloga para que yo tomara terapia.

Ella me enseñó a ser fuerte, me enseñó que, si me caigo en el abismo, tengo que caer de pie, porque así, cuando toque fondo en medio de la oscuridad, puedo impulsarme con las rodillas para regresar a la luz.

Jamás me cuestioné por qué se había ido, y, ¿sabes? Creo que no existe la respuesta, porque aprendí que en realidad, no importa lo que pase, nadie se va para siempre, aunque ya no está, él vive a través de mí, y de todos los que lo conocimos. Vive a través de sus enseñanzas, de sus consejos y de su legado. Vive a través de mis letras, en un santuario que nadie puede destruir.

Ese día di un paso que no tenía retorno, vi el dolor a los ojos, me regresó la mirada y yo lo comprendí, y al entenderlo, vi de otra manera la felicidad. Ahora estoy aquí. Puedo escribir sobre dolor y felicidad, sobre pérdida y ganancia.

No sé en qué lugar lejano se encuentra él, y todos aquellos que se han marchado, pero sé que se quedarán con nosotros para siempre, en palabras o en acciones.

 

Asher

 

foreverwriter15
Author: foreverwriter15

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    La redacción muy bien, en cuanto al objetivo, hablamos de ello en el vivo de ayer.

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