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RETO 6

Hace unos años mi padre decidió viajar a Ecuador a invertir el capital familiar. Por aquel tiempo yo ya vivía en Madrid y no estaba del todo enterado de los planes de mis padres. Conocía lo justo: <<vamos a comprarnos un taxi y una parada en una cooperativa. Nuestros padrinos de boda se van a encargar de todo. Lo hacemos por tu hermana y por ti>>.

Cuando llegó por fin a Ecuador y quiso comenzarlo todo, se encontró de golpe con un montón de obstáculos que tenían que ver con la burocracia del país y también, con los malos consejos de una familia que cada vez la siento menos como mi familia. Al ver cómo eran las cosas en realidad y comprender que esa empresa no estaba destinada a ir bien, mi padre pensó que lo mejor era invertir el dinero en un terreno, tal vez en una casa, o directamente no hacer nada con él. Pero cuando mi madre lo supo creyó que la familia de mi padre había tenido que ver en su decisión de no hacer lo planeado, por lo que puso el grito en el cielo. Al final, mi padre tomó la decisión de comprar definitivamente el taxi, a pesar de todo, y seguir adelante, ay si no lo hubiera hecho, si tan solo hubiera vuelto a casa con nosotros…

Fue en ese preciso momento en el que se formó la grieta por la que habría de irse nuestra felicidad.

 

Así fue, al día siguiente de tomar esa decisión, mi padre conoció a quien habría de cambiar su vida por completo, y por ende las nuestras. Nunca supe qué vio en aquella mujer ni conocí tampoco las razones de que cambiase su forma de ser, de que se alejara de nosotros, de que cambiase con mi madre de la forma en que lo hizo, él nunca me dio explicaciones ni yo tuve el valor de hombre para preguntárselo. A veces intentando entenderlo pienso que tal vez fue la soledad, la falta de comprensión, o simplemente que aquella mujer tenía algo a lo que mi padre no pudo evitar sucumbir. Pero eso solo él lo sabe.

 

Fui el primer sorprendido cuando mi padre volvió a Lanzarote varios meses después y me dijo que lo había dejado todo en las manos de aquella mujer que él conocía pero de la que ni mi madre ni yo sabíamos apenas nada. Siempre había confiado en él, por lo que no dije nada cuando me contó su decisión, solamente que confiaba en él. Lamentablemente no era lo mejor, para nada.

A partir de su regreso comenzaron muchos, muchos meses de discusiones, reproches y lágrimas a partes iguales. Se les acabó a mis padres el amor.

Yo no podía entender por qué hasta que una noche durante las vacaciones de navidad mi madre me dijo que mi padre había conocido a una mujer y que ya no la quería. Aquellas palabras cayeron en mí como si fuera un hielo enorme que me sepultaba. El momento que tanto había temido que llegara, había llegado.

La noticia acabó con una parte de mí que hasta entonces había sido mi razón de haberme marchado de Lanzarote y haberme lanzado a la vida, lejos de mi hogar, lejos de mi familia. Desde ese momento, me convertí, sin quererlo, en el pilar en el que habría de sustentarse lo que quedaba de mi madre y el porvenir de mi hermana, no porque mi padre saliese de nuestras vidas y se desentendiese por completo, sino porque a partir de su traición, él ya no iba a poder darle a su esposa (mi madre) todo el amor que ella indudablemente merecía, y a mi hermana y a mí no iba a poder darnos ese ejemplo de rectitud y honestidad que entre otras cosas, un padre ha de dar a sus hijos.

 

 

Fueron meses muy duros y muy inciertos en los que me las ingenié para estar con mi madre y mi hermana aunque estuviera a cientos de kilómetros de distancia. Intenté como pude darles el amor que les estaba faltando, y aquello me desgastó enormemente porque toda mi vida se centró intentar que ellas estuviesen bien, dejando a un lado cómo me sentía yo y cómo sacaba adelante mi propia vida. A penas tuve tiempo de sufrir, porque debía ser fuerte por ellas. Debía ser un apoyo incondicional para mi madre, su desahogo, su lugar de refugio. Y para mi hermana, el espejo en el que mirarse y sentir que a pesar de todo, y sobre todo, las cosas estaban bien.

Lo hice con horas y horas de consuelo, con palabras de amor y esperanza, con paciencia y alegría, y cuando por fin llegaba la noche y tenía unos minutos para mí, lloraba todo lo que no había tenido tiempo de llorar la misma noche que supe que empezaba el fin.

 

 

Hoy, mis padres únicamente se ven si es por nosotros y cuando yo viajo a Lanzarote en vacaciones. Ya no somos una familia, pero sí que somos una familia que se quiere a pesar de todo. Mi padre siguió pendiente de mi hermana y de mí en lo económico, y ha intentado remediar su falta de atención por todo lo ocurrido. Y con respecto a mi madre, la ha respetado siempre y cuando definitivamente las cosas se terminaron, supo marcharse de su lado con su imperdonable error.

 

Por todo lo ocurrido yo tuve que crecer de golpe para algo más importante que yo. Y a pesar de no haber logrado sanar todas las heridas incurables del amor, he podido aliviarlas aunque al menos fuera durante un tiempo breve.

 

 

Aquellos años me hicieron alguien que valora la importancia de la familia ante todo y lo importante que es el amor en un hogar, y para formar uno.

Cuando sea mayor, y sea mi hora de…, bueno… ser padre, sabré que este gran error que casi acaba con mi familia para siempre, no ha de suceder jamás en mi hogar.

Acerca del autor: Jimmy Orlando Almache Simbaña

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