RETO 4

 

Reto #4

Estaba en cuarto de primaria, apenas tenía entre nueve y diez años. Nuestra maestra, Josefina, era la más gruñona, exigente y peluda de la escuela, todos le teníamos miedo porque era la hermana de la esposa del director, y además porque sí se sentaba arriba de alguno de nosotros, seguro nos dejaba como el Sr. Barriga dejó a Don Ramón cuando le cayó encima.  La maestra tenía a su alumna favorita, que por cierto era mi mejor amiga, y también tenía a sus alumnos repudiados, por supuesto, yo estaba en esa lista. Aunque yo era una niña inteligente, aplicada con las tareas y exámenes, no me gustaba ser para nada melosa, ni falsa, y eso le molestaba bastante a la maestra,  pues  yo no era de aquellas que obedecía y seguía la corriente para quedar bien. 

En fin, a mitad del ciclo escolar, llevábamos más de un mes sin recreo, y no tan sólo estábamos  siendo privados de nuestra pequeña libertad escolar, sino que éramos terriblemente torturados con múltiples divisiones  de todo tipo y hasta mil cifras. Sufríamos todas las tardes, gracias a que un compañerito bromista le había escrito una nota bastante grosera a la maestra y colocado descaradamente en su escritorio. Recuerdo el día que pasó, regresando del recreo la maestra se sentó y casi enseguida tomo la nota, y la leyó; parecía que sus orbitas se le salían de los ojos, echaba humo por las orejas, hasta espuma por la boca. Preguntó casi a manera de interrogatorio a cada uno de nosotros, haciendo que la miráramos a los ojos, incluso nos hizo escribir las mismas palabras de la nota  para comparar las letras. Sin tanto éxito por las entrevistas individuales, decidió castigarnos sin recreo hasta que el autor de la bromita apareciera.

Y así pasaron los días, semanas, y hasta un mes. Fastidiados de la situación, decidimos reunirnos y motivar al compañero culpable a confesar, pero no lo hizo, por obvias razones, sabía que todos lo golpearíamos por habernos hecho pasar el calvario de nuestras vidas. Después de varios días más, por fin salió a la luz la verdad, la maestra nos levantó el castigo y por fin salimos al recreo. Todos salimos desconcertados, pero espabilados y contentos hicimos nuestras actividades personales, algunos tomaron aire, otros compraron sus golosinas y unos cuántos se pusieron a jugar.

Los que nos quedamos a comer golosinas, nos sentamos a platicar y compartir, recuerdo que uno de mis amigos, Luis Angel, un niño blanco y gordito, bastante lindo a decir verdad pero a su corta edad amanerado, se compró unas galletas emperador de vainilla, algunos le pidieron pero él se negó a compartir. Regresando al salón, después de un par de horas todos estábamos concentrados en nuestras tareas, no prestábamos mucha atención de lo que pasaba alrededor, pero yo había notado que Luis Angel se había levantado más de un par de veces a pedir permiso para ir baño, pero nuestra maestra, no solía autorizarnos, a menos que andaré de buenas. De repente, un olor repugnante inundó el salón, tuvimos que salir despavoridos, pues se volvía insoportable.

Y todos reunidos en las jardineras, cada quien con su grupo de amigos, estábamos confundidos de la situación. Todos nos preguntábamos que había pasado. Me pongo a analizar la situación, a conectar lo que había visto con lo que en ese momento estaba observando, Luis Angel detrás de la maestra, apenado, con las mejillas rojas y lágrimas en los ojos, sosteniendo una toallita en la parte trasera de su pantalón que para colmo era blanco. Había entendido la situación.

Respiré antes de reír a carcajadas, mis amigas me miraron, y les solté “Creo que Luis Angel se cagó”, y asombradas, lo buscaron con la mirada seguida de una gran carcajada.

Como olvidar el día que la maestra nos regresó la libertad, y que aprendió a autorizar los permisos al baño así anduviere de malas, y por supuesto,  la venganza natural por no compartir unas galletas emperador de vainilla.

ceciliachampsc
Author: ceciliachampsc

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Falta enfoque. Es una anécdota. Intentas contar muchas cosas y no profundizas ninguna. Céntrate en un hecho solo. Uno. Y a ese le pones toda la fuerza y matices.

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