RETO 4. UNA MORDIDITA

Cuando tenía tres años fui expulsada del jardín de niños, y cada que recuerdo el porqué de mi castigo no puedo evitar reír. Te preguntaras ¿Qué hice para merecer ese castigo? Pues te cuento:

 

Nací en noviembre, en ese entonces en México los padres tenían la decisión de inscribir en la escuela a los niños nacidos en la segunda mitad del ciclo escolar un año “antes” o uno “después”, el resultado de esta decisión determinaba si eras de los más pequeños o más grandes de tu salón de clases.

 

Como siempre fui muy parlanchina y me gustaba aprender, a mis tres años estaba inscrita en un grupo con niños en su mayoría de cuatro años, lo que resultaba en que me superaban por mucho en estatura más no en tenacidad.

 

Me gustaba mucho ir a la escuela, las camisas de cuadritos de colores y mi falda de mezclilla, recuerdo que el salón era naranja y estaba dividido en áreas para jugar cosas distintas, había un área de cocina, otra para dibujar, otra con libros, y mi favorita que era la de bloques, amaba construir casitas y laberintos. Un día mientras estaba moviendo un cochecito por el laberinto que había creado, cuando dos niños se acercaron a mí; es curiosa la manera en que los niños buscan llamar la atención de las niñas que les gustan, resulta que yo le gustaba a uno de esos niños, le decían “el quesito” porque su papá vendía quesos, y bueno, “el quesito” quería jugar conmigo pero yo estaba muy entretenida en mi mundo como para incluir a alguien más, así que el pequeño tomó el cochecito de mis manos y lo alzó, como era mucho mas alto que yo mis esfuerzos por recuperarlo eran inútiles. Recuerdo ese momento perfectamente, traté de saltar para recuperar mi juguete pero no conseguía quitárselo, el niño que acompañaba al “quesito” reía, y fue entonces cuando una furia se apoderó de mi junto con la frustración de no poder alcanzar el juguete ya que su brazo extendido estaba fuera de mi alcance, pero no todo estaba fuera de mi alcance, lo que tenía a mi altura era su playera roja de cuadritos y debajo de esa playera estaba su “panza”, el arma utilizada: mis dientes.

 

Recuerdo que lo mordí con mucha fuerza, estaba muy molesta y aunque el cochecito ya había caído de su mano a la alfombra de colores, yo no quería soltarlo, el otro niño gritó a la maestra para acusarme, recuerdo claramente que la maestra tuvo que separarme. El “quesito” lloró, espero no haberle dejado una cicatriz, pero ahora que lo pienso no era para tanto, después de todo aun tenia mis dientes de leche. De cualquier forma, como era de esperarse las maestras decidieron que todavía no era lo suficientemente madura para estar en la escuela, fui expulsada hasta el siguiente año, cuando superara mis instintos asesinos, y esa es la historia de cómo perdí un año escolar y un enamorado por una mordidita en defensa propia (¡uy!).

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. romina

    la anécdota elegida es genial, solo enfócate en la historia. Se trata de una anécdota, un hecho, no te vayas por las ramas dando información que no es necesaria para alcanzar la sonrisa en el texto. Cuida las repeticiones.

  2. emma70049

    Jajajaja, ¡realmente me sacaste una sonrisa! Pobre quesito… Ahora ha de tener dos ombligos.
    Sin embargo, cuida la repetición de palabras y la acentuación 🙂
    ¡Me gustó mucho!

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