Reto 4. Mi historia de infancia.

Era un día de verano, en las escuelas iniciaban las olimpiadas intercolegiales de atletismo, los compañeros y Yo empezamos a realizar las pruebas para ser seleccionados y ser parte de esa gran intervención con las otras escuelas, conocer más niños, otros maestros, otros barrios y aprender de las olimpiadas fuera de la escuela.

La escuela quedaba en un sector apartado de la ciudad, habían pocas casas cerca, tenía un gran espacio para correr, árboles al rededor que oxigenaban el ambiente, cada aula estaba distanciada a unos 15 metros, dejando un espacio para correr libremente en cada receso.

La competencia entre los estudiantes era enorme, se contaba con clases de entrenamiento todas las mañanas, se realizaban carreras por casi 100 metros, prácticas de salto alto, salto largo y la posta -que consistía en correr 500 metros, un juego de cinco personas, cada una de ellas corría 100 metros de distancias entregando en cada llegada un artículo de madera, las prácticas eran agotadoras, y se realizaban en un cancha a unos 30 metros de distancia de la escuela, lo que hacía que nos llevaran corriendo hasta llegar allí.

Siendo Yo la más pequeña físicamente, me costaba mucho realizar el salto alto, éste ejercicio consistía en poner una barra a la altura de un metro y saltar sobre ella y caer en una piscina de arena sin tocar la barra, después de cada salto bien realizado se iba subiendo 10 centimetros hasta llegar a un metro cincuenta. ¡Sin duda era agotador!.

Prácticabamos  todos los días, Yo amaba el deporte, desde muy pequeña siempre estaba incluida en alguna carrera o juego deportivo en olimpiadas internas. Sin embargo, tenía un gran problema en la participación a los mismos, no contaba con el permiso o autorización de mis papás, ¡Huy!… grave problema. Desde que nací presentaba constantes problemas de salud, lo que provocó que mis padres tuvieran miedo a que realice cualquier tipo de deporte. Yo era de contextura delgada, a simple vista me veía frágil pero con los ojos llenos de vida, que brillaban de ilusión y sueños cada vez que se hablaba de un deporte, lo que me llevaba a practicarlo día a día.

Llegó el momento de la selección, fui parte del equipo de la escuela, el sueño se iba a ser realidad, iba a participar en las olimpiadas interescolares. Esa gran noticia hacía palpitar mi corazón, y a su vez una gran preocupación, ¡Dios, no tenía permiso de salida!, cambiaba de un lugar a otro, los nervios se senntían desde que respirarba , sudaban mucho mis manos, a alguien tenía que hacer firmar. Pero luego las ideas fluyeron, y pensé… es solo un permiso de salida no dice que haré, no describe la actividad, así que les dije a mis padres que mi profesora me escogió por tener buenas calificaciones para estar con el equipo deportivo en las intercolegiales. Con mi discurso – de una niña de 9 años- obtuve el documento firmado.

Ya en el estadio, iniciaron los juegos, participabamos tres días de la semana, el estadio estaba lleno de espectadores, la algarabía de las personas, profesores, estudiantes, padres de familia, todos gritaban de emoción y Yo estaba ahí, disfrutando de mi primera participación deportiva.

Iniciamos con salto largo, las instrucciones del entrenador, el calentamiento y estabamos listos para entrar en la cancha con una representante de cada escuela, escuchabamos un silvido y empezabamos a correr, bajo el grito de las personas y con una sensación que hacía que el corazón palpitara sin cesar.

Ya en el segundo días, mi carrera de 100 metros, con las mismas instrucciones, el calentamiento de piernas,  acercarte a la pista, identificarla, ver a tu compañera de alado, su tamaño, su seguridad, que te invitaba a ser fuerte y ser vencedora, las personas gritando, tu sudabas, corrías no parabas, y de pronto visualizabas la meta, has llegado. Fue ahí que miré con fervor a mi alrededor, había ganado!.

Cada día al retornar a casa,  solo llegaba contando como disfrutaba de los participantes en las competencias fuera de la escuela en una interescolar y como atesoraba cada momento.

El tercer día y la última participación de mi escuela, tocaba “La posta”,carrera de 500 metros, 5 participantes para la competencia. Mis compañeras y Yo estabamos presparadas en cada estación, esperando que sonara el silvato. El pito sonó y ahí la primera corredora con el artículo de madera en la mano corriendo a toda prisa, y así la segunda, tercera y cuarta… me tocaba a mi, el corazón volvió a latir, una combinación de emoción y nervios, me entregaron el artículo y corrí a toda prisa, sin cesar,  sin parar, ver la meta, llegar. En ésta ocasión quedamos en un segundo lugar, pero la emoción que se sentía sabía a gloria, a triunfo.

Fui mi último día en las olimpiadas, había logrado participar y sin que mis padres se enteraran , me sentía feliz. Al llegar a casa al final de la tarde, el entorno era diferente, estaba distante mi mamá, no me recibió con alegría, su rostro tenía una expresión de enojo, de decepción, mis hermanos, todos en silencio, que se lograba escuchar hasta su respiración, era la señal de que algo no estaba bien. Salude, ingresé e intenté ir a mi habitación y de repente, esa voz fuerte de mi madre, ¡espera! dijo, quiero enseñarte algo… era el periódico de la mañana con una foto que ilustraba los juegos interescolares, lo observé y ahí estaba Yo, llegando a la meta de mi carrera de 100 metros. No sabía que había periodistas, que me tomarían una foto, que la publicarían, mi mentira se había descubierto.

Ese día, recuerdo un jueves por la tarde, mi madre estuvo muy enojada conmigo no por participar en las olimpidas, sino por haberle mentido y no haber contado mi participación.

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Amy SA
Author: Amy SA

Me gusta escribir, leer y escuchar música.

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    ¿Que sensación estás intentando transmitir, cuál es tu PG? Relee el reto. Hablaremos de ello en el vivo.

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