RETO 4 – Leslie León

 

Era viernes de geometría. Estábamos a una hora de la campana que anunciaba el receso. Los nubarrones clásicos del diciembre guayaquileño colmaban el marco de las ventanas iluminadas por las lucecillas parpadeantes. El profesor había entintado la pizarra con fórmulas para hallar el perímetro de no sé qué. No prestaba mucha atención desde que había pillado a mis vecinos del pupitre delantero intercambiar risillas ante el contenido de una pintoresca cajita de cartón. Que qué era eso, les pregunté yo en una notita. Estrellitas, respondió mi compañera.

Ay Señor, conocía las Estrellitas, eran envolturas pequeñitas de papel que contenían un sencillo compuesto de pólvora que reventaba al estrellarla contra el pavimento. Eran inofensivas pero capaces de perturbar a cualquier inocente desprevenido. Yo misma me había divertido con ella arrojándolas en los alrededores de mi casa y asimismo, en más de una ocasión, había sido víctima de una jugarreta orquestada por mis hermanos.

Cierta vocecilla interior comenzaba a hacer eco en mi cabeza previendo lo que estaba a punto de suceder. La excitación propia de atestiguar el progreso de una travesura a los once años –cuando se te aflojan un par de tornillos a causa de la inaplazable pubertad–, me escalaba de pies a cabeza y, como si los objetos inanimados del salón pudieran leerme el pensamiento, me acompañaban en todo el silencio que puede caber dentro de la expectativa.

De pronto, el crujir de una Estrellita contra la baldosa detonó en un estruendo que saturó el aula de esquina a esquina. No supimos del profesor hasta que aterrizó sobre una pierna después del brinco que pegó al cielo. Maldijo y de eso estoy segura porque ni siquiera se excusó. Pobre incauto. Nos degolló con la mirada y cruzó la puerta directo a inspección.

Con la misma complicidad con la que nos reímos, aguantamos el castigo. La rectora histérica ante nuestro acuerdo tácito de no hablar, nos sancionó con una semana sin receso, pero en aquel entonces me dolió más la barriga tras la carcajada, que la pena impuesta. Ahora, veinte años después, ni pensarlo, los dolores me empezarían desde la conciencia. Supongo que era la parte mágica de los viernes de geometría a los once años… cometer pillerías pensando que nunca alcanzarás la edad de tu víctima.

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Author: lisianamillo

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