Reto 4. Gracias por la lección

Tuve maestros de todas las formas, tamaños y estilos, pero hay una que aparte de ser una de las cuales jamás olvidaré, es aquella que parecía serlo por naturaleza:

 

La “profe” Susana me amaba y la amaba. Ella no era muy alta de estatura, no era delgada a causa de su amor por los pasteles y siempre la veías usando una enorme gorra morada porque su piel era muy clara y delicada al sol.

 

Ella me enseñó casi todos los cursos de letras en ese año del 2003. Yo era una alumna extremadamente aplicada, especialmente con ella, debe ser porque compartíamos el mismo amor por las letras.

 

Un día inesperadamente, minutos antes de que termine el recreo coincidimos en volver al aula. Las carpetas eran de madera y de a dos, me senté en la primera fila, y ella vino de frente a mí y se sentó en la silla del costado.

 

Me dijo que había hablado con la maestra de gimnasia y le había pedido que me diga que estaban seleccionando alumnas para pertenecer al equipo de basquetbol y que vaya esa tarde a entrenar, porque ambas creían que tenía talento.

 

Yo era su mejor alumna en LETRAS, jamás me había interesado en los deportes, y esto se debía a que en ese tiempo la educación física en mi escuela no tenía calificación alguna y era solo algo que estaba en la ahí y ya.

 

Creo que en ese momento me torné del color amarillo pálido de las paredes de esa aula. Solo desvié la mirada a las ventanas, a las otras carpetas detrás de mí, a la puerta, buscando que algún compañero interrumpa ese momento. Finalmente, vi a la imagen de Jesucristo que estaba pegada sobre la pizarra para pedir que pasara algo que permita que no le diera una respuesta en ese momento, y sonó el timbre. “Piénsalo”, me dijo. Y se fue a alistar su clase.

 

Fue la primera vez que me pasé su clase, moviendo nerviosamente mis lapiceros de un lado a otro o dibujando estrellitas en mi cuaderno a rayas. Todo esto porque era incapaz de decirle “no”, por más que quisiera. Solo quería salir corriendo del salón.

 

Una vez que sonó el timbre de salida, ella me llamó por mi nombre a acercarme a su escritorio, después de todo estaba frente al mío. Me preguntó qué había decidido. En ese momento sentí que mi amor devoto por mi “profe” había terminado. Yo estaba muda mientras en mi mente dramática: cómo te atreves a poner semejante decisión a una niña de 11 años, decidir si quería ser empujada brutalmente por otras chicas más grandes que yo, venir a entrenar por las tardes poniendo en riesgo mi promedio o incluso darme cuenta que no era buena para ese deporte, que no me escojan para la selección y destruir mi autoestima…

 

Así que tomé astutamente como excusa mi edad y le dije que preguntaría a mis padres. “Tus padres no están en la ciudad. Te veo a las 4.”, me respondió, guardando sus libros en su maletín, como señal de que ya habíamos, o mejor dicho, había decidido por mí.

 

Salí del salón, como si hubieran puesto rocas en mi mochila. Pude haber dicho simplemente que no quería, pero sentía que de alguna forma la iba a decepcionar.

 

Y ahí estaba a las 4 de la tarde en la cancha de básquet con mi uniforme deportivo de la escuela, lista para ser “aniquilada”.

 

Y en el público veía esa gorra morada, sentada.

 

Pero si mi boca no podía decir no, pues mis acciones sí. Estaba dando lo peor de mí en el juego, hasta que en un descanso la “profe” Susana se acercó a mí… y antes de que me diga algo escuché decir a la profesora de gimnasia: “¡Hey, Susana! ¿y ese milagro que nos visitas esta tarde?”.

 

Entonces entendí que ella estaba ahí solo para darme apoyo y no dejarme sola en este nuevo reto. 

 

Luego me vio y me dijo: “¿Cuándo empezarás a divertirte, Davinia? Te he visto jugar antes, lo sabes”. Me dio una palmadita en la espalda y añadió, sonriendo: “¡muéstrales quién eres!”

 

Y salí a divertirme.

 

Gracias por la lección, “profe”.

 

davinia6492
Author: davinia6492

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    La anécdota está bien, pero falta corrección al texto y conexión.

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