Reto 4 – fiesta en el cole

Era mi último año en la escuela secundaria, finalmente me iba a graduar, no con honores académicos ni mucho menos como el más terrible o tranquilo del salón. Nunca me llamó la atención participar en las palomilladas que llevaban a cabo mis compañeros en clases cuando no había profesor. Procuraba siempre mantenerme alejado de ellos, porque una vez que le entrabas a las pendejadas pasabas a ser parte de por vida a los juegos de mal gusto. Y yo era el más pequeño de todos, de uno cuarenta más o menos, el blanco perfecto para las bromas, ¿verdad?  Y aunque no participaba con ellos, al menos me reía de sus bromas, era como una manera fiel de colaborar con los payasos del salón. Yo, Brayeen, era su más vivo espectador. Solo así podía divertirme, pues no podía romper la promesa que le había hecho a mis padres en el primer año de secundaria, cuando exacerbado con el delegado del salón le atiné un puñetazo en el ojo derecho. Casi me expulsan de esa emblemática escuela.

Pero ese último año, un viernes después del receso la profesora de ciencias era consciente de que no queríamos otra más que hacer palomilladas, más bien, dijo ella, que hagamos lo que queramos mientras se encaminaba a la sala de profesores a atender un asunto importante. Bien linda era la maestra, educada, jocosa y comprensible a los corazones de los jóvenes que lo único que queríamos era grabar un hermoso recuerdo de por vida. ¿Y por qué me incluyo? porque ese día me dejé llevar por los palomillas del salón.

El quinto “A” era conocido como el salón más problemático de toda le escuela, entre compañeros se robaban las cosas: mochilas, lapiceros, celulares, dinero y hasta se peleaban por una mujer, pero lo que más me divertía era ver cómo se insultaban. A Pedro le habían apodado “mamanchura”, a Julito, “Pita pobre”, por el uniforme ajado que llevaba, a Albert, “gallinazo” por el mal olor que emanaba de su sobaco, a Ventura, “Shoco” por la chica gorda de la otra sección que se había follado, a Giovanny, “roca” por ser negro y robusto, y a Rafael, solo le decían gordo, a Jairo, ya por el mismo nombre se le definía como alguien bizarro y palomilla, pues este mismo era el hurtador de las cosas, aunque él lo negaba siempre, le decían “perro” por la mancha medio oscura que tenía en la cara. Era un matón, que se agarraba muy bien con Roberto. Finalmente estaba André, el más alto y pendejo de todos, creo que estaba mal de la cabeza, porque nunca aprendía la lección, cada vez se comportaba peor. Ellos habían hecho del salón como el mal ejemplo a no seguir. Pero a nadie le importaba eso, solo queríamos disfrutar los últimos días como nunca.

A alguien se le había ocurrido hacer algo diferente ese mañana por ser viernes, seguramente lo había planeado Jairo, después de todo no era un tipo malo, solo era un adolecente incomprendido como todos en el salón, incluyéndome.  Y teníamos un compañero que era dj, otro gordo y con barba en la papada. Se llamaba Saúl. Había traído en su mochila su laptop, y Renato, el galán, había conseguido unos parlantes negros de más o menos veinticinco centímetros y que lanzaba lucecitas de colores por todo el aula. Giovanny cerró la puerta y entonces, la música se encendió. El  aula se había convertido en una improvisada discoteca.

El estilo de música que tocaba el dj era de perreo chacalonero con una mezcla de ambiente electrónica, Saúl era un genio a su corta edad. Más adelante se viviría de la música yendo de un evento a otro a tocar su música. No había muchas chicas en nuestro salón, apenas eran siete, y cinco de ellas eran las más lindas del salón, de modo que, los hombres tenían que compartir sus parejas, y nadie había sacado a bailar a Fernanda, pues, como ya saben, no era de las populares, y tampoco Keila, pero su inteligencia era envidiable. Sin embargo, tuvieron que unirse a la fiesta luego, y todos, entre varones empezaron a animarse, y cuando menos lo esperaba, ya me encontraba dentro del círculo, Augusto me miró sonriendo: Brayeen, hay que entrarle, me dijo. Ya pues. Y abandoné mi pupitre de madera. Y cuando nadie se encontraba sentado, alguien había ordenado que juntaran las mesas a la pared blanca, dejando completamente libre en el medio del salón, las sillas rojas de plástico duro y patas de metal lo subimos encima de las mesas. Nadie estuvo sin bostezar. Del otro lado el dj seguía mezclando sus mejores ritmos, y los bailarines de tectónica, un estilo de baile muy famosa en su momento. Se lucían en la pista de baile. Había armado un concurso rapidito de quién lo hacía mejor entre el gordo Giovanny y Luis el chili.  Desabotonaron sus camisas hasta el ombligo y remangaron sus pantalones negros hasta la rodilla. Y uno y dos, se movían como culebras pasando sus manos y brazos por todos los lados y sus pies  no dejaban de abrirse y cerrarse. Los imitaba, porque aquello sí me había llamado la atención. En casa practicaba por al menos una hora diaria. Y de pronto, alguien me vio hacer los movimientos, y me empujó a la pista: ¡ahí tienen a otro rival! ¡Vamos, chato! ¡Tú puedes! ¡Demuéstrales!  Abrieron paso y me lancé, embelesado por las voces de mis compañeros competí con ellos dos, yo que nunca  había bailado lo hacía con toda emoción y ganas. ¡Bravo! aplaudieron todos, trajeron gaseosa, dos botellones de dos litros y medio, sabor naranja y amarilla, beban cumpitas, decían, agarra tu vasito descartable, sostenía el mío. Y Yomira, ah suspiraba por ella desde que entró a la escuela en tercer año. No era muy alta, y me encantaba, siempre impecable con su uniforme de camisa blanco y falda negra hasta la rodilla. Bailaba encantada el reguetón. Me miraba y parecía llamarme con cada movimiento sensual que hacía, me armé de valentía y le pedí que bailara conmigo, aceptó sin titubeos. Fue el mejor momento de mi vida. ¡Bien ahí, chato! ¡La tenías guardadito! ¡Así que no eras un sonso! ¡Todos, saquen sus lapiceros! ¡Firmemos nuestros nombres en nuestras camisas!

Siempre recordaré tus pendejadas, escribían unos en la camisa de otros, de tu amigo, roca, nunca dejes de ser tú, risueño y bromista; nunca cambies, bebé; recordaré tu sonrisa por siempre, de tu mejor amiga, Anita. Etc… Seguía y seguía, cada uno con sus firmas al final de cada frase, y en mi camisa: Chato, compañeros por siempre, firma: Renato, André, Jairo, Giovanny, Ventura,  Jack, Pedro, Luis, Jhon, Sheila, Fernanda, Edson, Albert, Y Yomira, tu amiga toda la vida.  

mbrayeen18
Author: mbrayeen18

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Una anécdota es un hecho, un momento, una situación, en tu texto te vas por las ramas varias veces. los primeros tres párrafos, aunque bien escritos, no aportan al PG. Y luego que comienza la anécdota nos dejas con un final inconcluso. Olvidaste al lector, ¿qué quieres transmitirle? ¿Qué quieres lograr con el escrito? siempre pregúntate eso antes de empezar.

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