Reto 4. El maletín.

   Estábamos en cuarto semestre de preparatoria, turno vespertino. Era el día de votaciones para elegir al nuevo presidente de la Sociedad de Alumnos. Las clases estaban suspendidas, los salones vacíos, todos se encontraban ya sea en la cafetería, en las urnas o en la biblioteca. Pero mis amigos y yo no, nosotros teníamos otro plan en mente.

   Sabíamos que los prefectos solían vigilar solo en la planta baja, así que fuimos a uno de los salones de arriba, agarramos cada quien una silla y las pusimos en círculo. Era hora de apostar.

   Desde semanas atrás habíamos adquirido un vicio por el póquer. Todo empezó cuando Eduardo llevó sus cartas por mero ocio un día, y desde entonces jugábamos a diario. Habíamos llegado al punto de conocer varios estilos y modalidades, incluir apuestas relativamente formales y motivar a varios compañeros a unirse a nuestras partidas.

   Ese día, Eduardo decidió pensar en grande: aprovechando que la situación nos permitiría tener total libertad de jugar, decidió llevar su maletín profesional. Con cartas que se usan en juegos oficiales, fichas nivel casino y demás equipamiento para motivarnos a aumentar las apuestas.

   Jugamos sin parar por casi tres horas, y lo disfrutamos bastante. Nos frustramos por las pérdidas, apoyábamos a los fanfarrones y nos reíamos cuando uno cometía un error tonto. Yo, por ejemplo, confundí un par de ases con un as y un cuatro.

   Todo marchaba bien hasta que un compañero que vigilaba la entrada nos alertó, el prefecto se acercaba. Hicimos el mayo esfuerzo posible para recoger todo a gran velocidad y dejar las sillas vacías como si no pasara nada. El prefecto se paró en la puerta, preguntó qué hacíamos, y al aparentar que no pasaba nada fuera de lo normal, nos pidió que nos dirigiéramos a alguna zona común.

   Nos echamos miradas suspirando, lo habíamos engañado. Nos pusimos de pie, y en el momento exacto en que Eduardo levantaba el maletín, este se abrió por completo y dejó caer absolutamente todo su contenido, incluyendo el dinero de las apuestas. Todos (incluyendo al prefecto) nos quedamos observando en nuestros lugares cómo todo lo que había dentro terminaba esparcido por el piso. Miramos a Eduardo con unos ojos que decían “lo sentimos, amigo”. Y echamos a correr como si no hubiese un mañana. Hasta hoy se rehúsa a contarnos qué pasó después de eso. Pero bueno, así como en el póquer, uno debe saber cuándo es momento de retirarse, ¿no?

Omar Araujo

oaeska
Author: oaeska

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Muy buen cierre. El texto tarda mucho en entrar en la anécdota, en la acción.

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