Reto 4: Burrito bandera

Era el año 2008, en un septiembre caluroso con mañanas frescas. Yo formaba parte de la escolta en la secundaria, era la abanderada. La entrenadora decía que tenía una gran responsabilidad. Yo creía que la bandera era muy pesada. A pesar de eso, yo me esforzaba por mantener mi brazo a la altura del hombro y una cara de completa seriedad. La mayoría de las veces no podía controlar mi expresión y sonreía mientras marchaba alrededor de la explanada de la escuela y, sobre todo, cuando veía de reojo al chico que me gustaba en esa época. Su nariz llena de pecas era lo primero que veía. 

Cada lunes por la mañana era igual. Hasta que llego uno que fue completamente diferente.  Todas las chicas de la escolta estábamos listas y a la espera de la orden de Maritza. “¡Paso redoblado, ya!”. El recorrido de siempre empezó y solo se escuchaba el sonido de nuestra marcha. En el centro de la explanada esperábamos a que terminara de sonar el himno nacional. Podía ver a todos los chicos con cara de sueño, incluso bostezando y algunos estaban fingiendo que lo cantaban. Yo entrecerraba los ojos porque el sol que empezaba a salir me daba directo en la cara, cuando de pronto el viento empezó a soplar, al principio fue una brisa suave y después fue tan fuerte que la bandera comenzó a ondear, y se veía magnifica.

 El encanto término cuando comenzamos a marchar de regreso. Lo horrible comenzó cuando di el primer paso, la bandera se convirtió en una especie de serpiente de tela enorme que solo quería devorarme, y lo que quiero decir con eso es que, de alguna manera muy rara, quede envuelta con el estandarte oficial, ¡y no podía ver nada! Fue un milagro que no me cayera mientras marchaba. Las chicas estallaron en risas en cuanto quedamos fuera de la vista de los demás. Yo también me reí, hasta que me dolió la panza. Cuando iba de camino a mi salón de clases, me encontré con Carlos, el amor de mi vida de la secundaria. Esto suena muy dramático, pero así lo sentía en ese momento. Él estaba recargado a un lado de las escaleras del edificio con una sonrisa en la cara que me hacía temblar las piernas, y me dijo, “¿Tenías frío o porque te envolviste con la bandera?”. No pude evitar reírme, solo quería que me tragara la tierra y me escupiera en mi casa.  Me cubrí la cara con las manos y caminamos hacia nuestra primera clase. El apodo de burrito bandera me acompaño durante mucho tiempo.

Español era mi clase favorita en la secundaria. Mi profesor era el mejor de todos, y sin importar la hora del día, siempre llegaba con una taza de café caliente. Yo podía ver el vapor desprenderse de la bebida desde mi butaca. Siempre me animaba a aprender cosas nuevas. En esa clase nos pidió que escribiéramos sobre un momento de nuestras vidas que fuera importante y que jamás olvidaríamos. Le estuve dando vueltas al tema por un buen rato, tenía la mala costumbre de morder mis lápices, incluso estuve escribiendo mi nombre en la butaca mientras se me ocurría algo. El ventilador de techo hacia un ruido extraño que no me permitía concentrarme. Estaba rodeada por mis compañeros, escribiendo sin parar, pero por un instante me sentí tan lejos de esa aula, hasta que tuve un momento de inspiración. Yo escribí un relato corto sobre un burrito que después de muchos fracasos aprendía a ver el lado positivo de todo lo que le pasaba. A mi profesor le gustó mucho, sonrió de oreja a oreja con su espeso bigote negro, incluso me dio consejos para hacer más relatos y me animo a inscribirme en el concurso de cuentos de ese año. Estuve con una sonrisa por el resto del día, incluso cuando me llamaban burrito bandera.

Yo seguía con la felicidad de mi primer relato en el corazón, pero eso no fue lo único vergonzoso que me ocurrió ese día. Porque la humillación estaba al doble. Hacía calor y el sol estaba en el punto más alto del cielo. Después de las clases caminaba hacia casa junto con Ivonne y Gaby cuando de repente mis pies perdieron el control; se enredaron, terminé tropezando y esta vez sí me caí. No había nada en el suelo que me hubiera hecho tropezar, solo fue la magia de mi torpeza. Me levanté tan rápido como pude y me quede mirando hacia otro lado fingiendo que nada había pasado y esperando que nadie me hubiera visto, pero no podía tener tanta suerte. Me sentí como una caricatura cuando las cosas no le salen como esperaba. Cuando escuché las risas de mis amigas supe que no era invisible. Al menos no muchos chicos me vieron caer, pero sí que se rieron. No me quedó otra opción más que reírme de mí misma también, porque al igual que el burrito de mi cuento yo también quería ver el lado bueno hasta en las situaciones más vergonzosas.

 

Karen Salas

 

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Author: kayuri.books

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Karen,
    Una anécdota es UN HECHo, UNA SITUACIÓN. Céntrate en lo de la bandera, todo lo demás sobra, aunque este bonito. Y al hacerlo no olvides al lector, hacerle sentir.

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