Reto 4: A quien lo necesite

A quien lo necesite:

Hay una historia en particular, muy corta pero divertida, que me sigue haciendo reír aunque más de diez años hayan pasado. Un pequeño pasaje de mi vida donde se evidencia uno de mis más grandes defectos, pero el más inocente también: mi despistada cabeza y mi, no muy atractiva, torpeza.

Toda mi vida me ha traído problemas esta peculiar forma mía de ser, pero en este caso, y por alguna razón que yo también quiero entender, me causó mucha gracia.

Me encontraba a la mitad de mi educación secundaria en un colegio nacional. Bello lugar en un pequeño pueblo, al que todavía le tengo mucho cariño.

Algo particular en él, es que todos llevábamos un curso llamado “Educación para el trabajo”. Éste se dividía en cuatro talleres, que nos brindaban alguna habilidad para el futuro: Ofimática o computación, Electricidad, Carpintería y Costura. Por un par de años, rotabas por todos ellos, hasta que en tercero de secundaria, podías elegir en cuál permanecer.

“Mi pandilla” y yo habíamos elegido carpintería (A ninguna nos llamaba la atención costura a pesar de los prejuicios, ni nos llevábamos bien con los cables pelados; ah y ni qué decir de computación, ahí estaban los más vagos). Me gustaba ese curso. Aprendí y me divertí mucho en él. Pero también les regalé a todos un chiste para contar el resto del año y más allá.

Un día miércoles cualquiera, llegué al aula de carpintería, un poco tarde después de recreo. El aula se parecía más a un taller de verdad que otra cosa. Las mesas eran del tipo: Una base de madera y unas tablas encima. Había pocos asientos, algunas carpetas individuales y los demás bancos altos. Ahí era: si llegas tarde, a ver lo que encuentras. Es esa la razón de por qué agarré un banco que tenía el asiento suelto.

La clase comenzó con mal augurio, pues no había práctica con nuestros proyectos sino teoría. Los ejemplos, el dictado, un poco de anotaciones en la pizarra y ejercicios.  Cuando yo estaba en clases siempre era un malabar de cosas a mis costados. Un “oye préstame tu borrador” y “¡Frescia, tu corrector porfa!”, y yo accedía a todos,  terminando con un desastre industrial.

En esas estaba cuando necesité mi tajador. Mi amiga Danny lo tenía al otro lado de la mesa. “Ahí está”, me dijo y lo tiró hasta el medio para que lo agarre. Yo tratando de no retrasarme y distraída como siempre, me estiré para cogerlo cuando… ¡bam! La redondela de mi asiento se había inclinado tanto que cayó… y yo con ella.

Pude ver a cámara lenta el mundo ponerse al revés. No, no fue solo un accidente, esa fue “la señora caída”. Hice un ruido que se debió escuchar hasta los salones del costado. Caí de costado, casi dándome la vuelta hasta quedar con las piernas en el aire y la ropa interior expuesta. Lo que mi cerebro tardó en procesar lo ocurrido fue más que lo que los otros demoraron en verme y reaccionar. ¡Una sarta de carcajadas estalló en todo el sitio!

No quería ni mirar. Mis amigas me ayudaron a levantarme y yo recogí, con cucharita, mi dignidad del piso. Quería llorar y a la vez no podía. Hasta el profesor, tan serio y concentrado, sonreía cuando me preguntó si estaba bien. Solo atine a asentir, con la maraña de emociones en mi pecho. En ese momento y hasta ahora no entiendo por qué, un ataque de risa me invadió. Reí con todos, con tal fuerza, que hasta unas lagrimitas se me soltaron y la barriga me dolió. El resto de la clase fue tratar de aguantar la risa, en esos arranques que les daban a todos y a mí.

Vale decir que fui comidilla por muchos días. Y hasta ahora cuando hablo con estas amigas del colegio, se siguen acordando y nos burlamos juntas. Creo que por eso, desde ese día, los videos de gente cayendo me matan a carcajadas. Yo no sé por qué esto es lo que más viene a mi memoria del colegio.

Porque, amigos, a veces la peor caída es tu mejor recuerdo.

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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Jajaja muy buen recuerdo, me gustó mucho tu relato, hasta me estaba imaginando cómo te caías, pero como dijo Romi en clase, recuerda no dar tanta introducción, se concreta, pero buen texto.

    1. Sí, toda la razón. Me cuesta un poco eso a veces. Que bueno que te divirtió 😀 Saludos.

  2. Siento que tardas mucho en llegar al asunto. Además, considero que hace falta una revisión más a tu texto… Cuidado con la repetición de palabras y la conjugación de los verbos. Acentuación…

    Saludos 🙂

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