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RETO 4 Nueve

Walter, he de recordarlo como era: un muchacho pequeño, tímido y escuálido que al entrar en un aula y al comenzar a hacer lo que amaba hacer, se transformaba en un león hambriento e insaciable que no quería de nosotros otra cosa que no fuera que aprendiéramos, que descubriésemos, y que lo hiciésemos bien. Walter era una persona que se entregaba al completo en sus clases, con quien charlar sobre historia se volvía mucho más apasionante y que en el fondo tenía tanto miedo a la vida como todos nosotros en esa aula.

Él me enseñó a parecer exactamente lo contrario a lo que uno es, a ser paciente, a esperar el momento justo para abalanzarse y atacar y demostrarse a uno mismo antes que a nadie, cuánto valor se es capaz de albergar en el corazón, sin renunciar ni a los sentimientos, ni al amor.

 

 

El estudio de la historia de la primera mitad del siglo XX me resultó apasionante. En cierto modo marcó mi vida. Nunca supe por qué pero a mi yo de entonces, verlo todo en blanco y negro, conocer las razones y los porqués de todo ese conflicto bélico, y entender por qué el mundo es así hoy, no era sino apasionante, no encuentro una palabra mejor. Me apasionaba todo aquello, hasta trasnochar leyéndolo todo o viéndolo todo a cerca de cómo fue que comenzó y se dio todo.

Actualmente, y muy distinto a lo de aquellos días, la carrera de Magisterio, sobre todo, y casi en exclusiva durante el periodo de prácticas, me ha dejado los momentos más maravillosos de los últimos años, y me ha ayudado un poco más a ser o a encaminarme a ser, un buen hombre.

 

 

No me considero un intelectual porque ya no estoy todo el tiempo pensando como antes. O tal vez sí lo esté, solo que no sobre los temas de entonces, sino sobre otros menos importantes, y por supuesto menos intensamente.

Mis ideas me las quedo para mí, porque solo a mí me resultan interesantes, siempre he tenido al menos esa impresión.

 

 

Los viajes en el tiempo, la vida extraterrestre, el universo en su totalidad, ¿Por qué nos enamoramos? ¿Morirá conmigo mi apellido? ¿Conoceré algún día a Silvio Rodríguez? ¿Seré feliz? ¿Seré alguien en la vida?

Estas son, por lo general, las ideas que pienso cuando pienso constantemente. Para ninguna tengo la respuesta, ni yo ni nadie, y para las que solo puedo responder yo, tampoco tengo la respuesta, porque algunos días es , un rotundo y gigantesco, pero cuando no es ese , es un no lo sé grisáceo, triste, lamentable, absurdo y aburrido.

 

 

Indudablemente los libros que “han dejado huella” en mí por alguna razón han sido, y siguiendo ningún orden: El amor en los tiempos del cólera, La fuerza de Sheccid, Los ojos de mi princesa, Sheccid cuando el amor duele, Las normas de la casa de la sidra, Cien años de soledad, Del amor y otros demonios, El imposible olvido, La pasión turca, La regla de tres, La última oportunidad, Vidas quebradas y La amiga de siempre.

 

 

Si he de quedarme con alguno me quedaría con Gabriel García Márquez, con Carlos Cuauhtémoc Sánchez, y con Antonio Gala.

Las razones de mi elección son simples: antes de leerlos, exceptuando quizás en cierto sentido a Carlos Cuauhtémoc Sánchez, yo no había leído, ni conocido, ni sabido a cerca del amor como solo ellos me lo presentaron.

García Márquez en Cien años de soledad, en El amor en los tiempos del cólera y en Del amor y otros demonios; Antonio Gala en sus charlas con Jesús Quintero y en El imposible olvido. Antes de ellos el amor en mi vida había sido ellaella en todos los sentidos. Y cuando no era ella eran la música y la historia de José Carlos y su Sheccid. Mi visión del amor era muy prematura, bastante, pero tierna. Y con García Márquez y Gala, esa visión alcanzó cotas inimaginables, por fin mi forma de querer no era solo mía, por fin no era un loco enamorado solo, sino un Florentino Ariza, una Desi, un Gala, un Cayetano Delaura, un Aureliano… Por fin mis noches en vela no las pasaba solo. Por fin mi amor no estaba solo.

 

Siempre he querido, y quiero, tener mi propio estilo, mi propia forma de contar las cosas que solamente yo conozco. Naturalmente que me fijo en la forma de escribir de García Márquez ante todo. Lo he imitado, claro, pero solamente me he quedado ahí, y pretendo quedarme ahí porque me parece que escribir así no lo hace nadie, ni lo hará nunca nadie, del mismo modo que nadie escribirá como yo. Cada uno tiene su propia forma de vivir la vida.

 

 

De ciertos libros me disgusta que sus portadas aspiren a ser pósters de películas. Ha sucedido siempre y siempre sucederá, pero me disgusta mucho ver portadas que intentan sobre todo llamar la atención. Es lógico, esto al fin y al cabo también es un negocio, lamentablemente, pero creo que aunque sea lógico no tendría que ser tan evidente. Y ni hablar de cuando el libro es una decepción.

 

 

Este fragmento de Del amor y otros demonios de Gabriel García Márquez dice exactamente palabra a palabra lo que sentía por Laura cada vez que la veía, cada instante que estaba conmigo, y cada mañana al despertar después de haberla soñado:

Cuando terminó, Cayetano tomó la mano de Sierva María y la puso sobre su corazón. Ella sintió dentro el fragor de su tormenta.

<<Siempre estoy así>>, dijo él.

Y sin darle tiempo al pánico se liberó de la materia turbia que le impedía vivir. Le confesó que no tenía un instante sin pensar en ella, que cuanto comía y bebía tenía el sabor de ella, que la vida era ella a toda hora y en todas partes, como solo Dios tenía el derecho y el poder de serlo, y que el gozo supremo de su corazón sería morirse con ella.

Acerca del autor: Jimmy Orlando Almache Simbaña

Escribir es para mí una forma de estar vivo.

Escribir es para mí una forma de estar vivo.

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