Reto 4

Entré al salón de guionismo con pasos arrastrados, cargando ojeras pesadas debajo de los ojos, con las sábanas pegadas, como dice la expresión.

No, literalmente. En un brazo llevaba colgada una cobija, y en el otro, los trabajos de la materia, por si eran necesarios. Era la última semana del cuatrimestre, ya no había clases, solo entrega de proyectos. Y exámenes.

Ah, sí, el examen de hacía dos días. En la carrera rara vez los tenemos, es mas práctico evaluar una materia creativa como dibujo o modelado con un proyecto que con un papelito lleno de preguntas, pero el profesor de programación era estricto y su materia se conformaba de tres exámenes. Para mí eran muy sencillos, yo había estudiado programación desde que era pequeña, pero cuando noté lo tortuoso que era para los demás, me había dispuesto a darles asesorías todas las semanas, eso sí, no aceptaba que me pagaran un solo centavo, y al final había dado frutos, pues nadie se vio reprobado de la materia.

Mis compañeros ya estaban listos, sentados cerca del extremo del salón. Varios tenían la computadora portátil sobre la butaca azul intensa, el tenue murmullo de los ventiladores revelaba que las pobres máquinas trabajaban a máxima potencia, tratando de finalizar proyectos con rapidez.

Saludé a mis compañeros y maestro con la poca energía que me quedaba. No había dormido la noche anterior ni la anterior a esa. Ni la anterior. Dejé mis cosas sobre la silla mugrienta de un pupitre, que tenía las marcas de varios estudiantes aburridos tatuadas con plumas y lápiz, me acerqué al escritorio del maestro, solo quería que me diera el número que quedaría en la boleta para poder echarme al suelo frío y polvoso y cubrirme con la cobija.

Recibí mi calificación, seguido de una pequeña felicitación del maestro y un par de recomendaciones sobre mi entrega final, yo también di las gracias. Y ahora sí, era momento de dormir hasta la entrega del siguiente proyecto.

Sin embargo, antes de que pudiera enrollarme en la cobija y dejarme caer como desmayada entre las butacas de patas de metal, mis compañeros me interrumpieron con un objeto plano envuelto en un papel de colores y decorado con un moño que reflejaba la luz de las lámparas pálidas encima de mi cabeza.

Me costó aceptarlo en el primer segundo, se habían puesto de acuerdo días antes para conseguirme algo en agradecimiento a las asesorías. Me faltaron las palabras, el regalo era pesado, se sentía liso, sólido al tomarlo entre las yemas de los dedos. Quería soltar lágrimas de felicidad, pero estaba tan sorprendida que ni siquiera mis ojos cansados iban a ceder, me dieron un abrazo entre todos, todavía recuerdo la tibieza, tal vez de todos nuestros cuerpos juntos por un momento, o tal vez solo era mi corazón acelerado.

Separé las cintas adhesivas y abrí el regalo, era un libro, un libro de esos carísimos y preciados sobre el arte de Kung Fu Panda 2, me lo habían comprado porque sabían cuánto me gustaba la película.

No pude decir nada más, mas que otra serie de gracias cargados de emoción, pero que no revelaban todo el caos de felicidad que estaba ocurriendo dentro de mí.

Me cuesta explicarlo, para mí era suficiente satisfacción ver a mis compañeros contentos por haber aprobado la materia, pero tener ese libro ahí, con su portada reluciente, sostenido entre mis manos, se sentía como estar parada en la cúspide de una montaña que habíamos escalado juntos.

Asher Cypress

foreverwriter15
Author: foreverwriter15

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Piensa en el PG, aquí ¿la sonrisa se la dibujas al lector o a ti misma como autora? Recuerda la ley del buen escritor.

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