RETO #20 – UNA MEMORIA EN BLANCO

—¿Quién eres?  —dije sobresaltada.

—Cómo que quién eres… Aracely soy tu novio.

Aquel joven delgado y alto era un completo desconocido. No recordaba nada. El lugar dónde estábamos, nunca lo había visto. La desesperación me comía. Miré a todos lados, buscando algo familiar. Mis ojos se detuvieron en un letrero “Casa de los libros” regresaba mi memoria como una cinta en retroceso.

—Amor! Olvidé todo. Olvidé todo, en serio, no sé cómo, no sabía donde estaba ni quién eras —las palabras salían disparadas. 

—Tranquila… aquí estoy cariño.

Me abrazó con la calidez que no conocía segundos antes. Sus brazos albergaban la paz en este mundo. Me miró a los ojos y besó mi frente. Me sentía segura con aquel hombre. El miedo se iba alejando como un globo, pendiendo de un hilo negro.

Llevaba cinco años de noviazgo con Enrique. La relación no fue perfecta pero siempre hubo respeto y lealtad de por medio. Él acariciaba con sus palabras, su tono de voz al hablarme era solo para mí. Suave, dulce, paciente. Teníamos planeado casarnos dentro de tres meses, a nuestros 24 años, la madurez había asentado bastante en nuestras vidas. La confianza era nuestra principal armadura frente a los ataques de la sociedad.

—Vamos a ver un especialista en neurología cariño, esto ya no es normal. Ya el día anterior olvidaste que te compramos un vestido, tal vez sea por falta de vitaminas o algo así. O por aquel accidente que tuviste —me dijo acariciándome el cabello.

Al llegar a la clínica, una sensación de hormigueo frío me invadió, el perfume de la enfermedad con esencia a pastillas y químicos penetraron en mis narices. Me quedé en una de las sillas cerca de la puerta mientras él sacaba la cita con el doctor. La recepcionista me miraba con cierta curiosidad y disimulo, llenando una hoja de datos.

—Quisiera hablar en privado con su novio, por favor señorita —pidió el doctor. 

Salí del consultorio sin decir una palabra. Un vacío en el estómago obligó pegarme a la ventana y agudizar mi oído.

—Tiene Alzheimer…

La vida se me iba en cámara lenta. El oxígeno hacía un ruido suavecito de camino a mis pulmones, la mente dejaba de trabajar. Los pies me conducían en automático. Llegué a casa y caí en un profundo sueño. Entre lágrimas. La realidad se iba alejando.

Al día siguiente decidí hablar con Enrique. Mis recuerdos corrían peligro. Cuando lo vi, me abalancé a sus brazos y sellé mi amor en sus labios. Dibujé con mis dedos cada rasgo de su rostro. Coloreé sus ojos de miel. Tallé nuestro amor en mis pupilas.

—Amor mío. Hoy quiero que visitemos cada rincón de la ciudad… traje una cámara. Mira. Le puse una memoria nueva, en el futuro reemplazará la mía. No volvamos hasta llenarla. Hoy romperemos la ley del tiempo y estará en espera. Capturemos el campo de batalla antes de iniciar la guerra… porque luego todo será irreconocible. Quiero correr, saltar, brincar antes de ponerme la armadura ya que la vida me declaró la guerra.  Amémonos como nunca para que mi último suspiro tenga tu nombre.

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Muy bien. Ahora, a trabajar en las herramientas de estilo, forma, fondo y ritmo.

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