Reto 20: Tiempo.

–Te amo…

Victoria sonríe observándome fijamente con sus profundos ojos negros. La arena de la playa acaricia mi espalda y el viento frío proveniente del mar roza mis pies con suavidad. Sujeto a mi novia por la cintura; está recostada sobre mí, con su cabello oscilando sobre mi rostro y su aliento humedeciendo mis labios. Lo inhalo bordeando el éxtasis y sonrío, es el final perfecto para nuestras vacaciones. A nuestro retorno a la ciudad pediré su mano en matrimonio.

–Yo también…

El ocaso nos envuelve en un matiz grosella y el sonido cercano de las olas rompiendo contra la orilla nos anuncia el término del día. Nos dirigimos en el auto al hotel y subimos a nuestras habitaciones, por la mañana tenemos que tomar el avión de retorno.

Amanece, a las pocas horas inicia el vuelo. Una ligera presión en el estómago me incomoda durante los primeros minutos. Le resto importancia, debe tratarse de algo propio del despegue. El tiempo avanza y el cuadro evoluciona en náuseas y malestar generalizado que nos obligan a pedir ayuda a bordo. Maldigo, la que nos brindan es insuficiente. Aprieto la mano de mi novia y me retuerzo en el asiento, estamos a poco más de dos horas de nuestro punto de destino.

–Amor, por favor, resiste un poco más…

La expresión de Victoria se resquebraja, intenta mantener la serenidad pero sé que está nerviosa. No resisto, doy arcadas y vuelco el estómago en vómito dos veces. El tiempo se hace eterno hasta que aterrizamos; entonces se ofrecen a ayudarme pero me es imposible levantarme. Grito, regurgito nuevamente y pierdo la conciencia.

Despierto, estoy acostado y tengo un artefacto que me presiona el rostro. Algunos ruidos electrónicos provienen detrás de la cabecera de la cama y tengo cables pegados en el pecho y el abdomen. Intento girarme, es un ambiente amplio con paredes blancas y señalización extraña. Mis movimientos activan un timbre y en pocos segundos una puerta se abre.

–Tranquilícese, por favor. Sufrió una grave descompensación.

Ingresa un hombre de blanco acompañado por una mujer con ojos rojos y respiración agitada, mi novia.

–No intente hablar –continúa–. Señor Burgos, no tenemos mucho tiempo. Hemos realizado una serie de análisis y pruebas no invasivas mientras permanecía inconsciente, suficientes para un diagnóstico concluyente –frunce el ceño–. Cáncer de estómago…, etapa terminal. La manifestación súbita es común, un episodio agudo. Me temo que solo le quedan unos pocos días de vida, es lo general en estos casos… –da la vuelta y se dirige a la puerta–.  Lo lamento.

Mi respiración se detiene. ¿Cáncer, muerte…? ¡Es imposible! Soy joven y pienso casarme dentro de algunos meses. Intento removerme la mascarilla para discutir con el doctor, reclamarle, decirle que se equivoca…; Victoria se acerca y detiene mi mano con suavidad. En su rostro aún detecto vestigios del mal dormir y del llanto continuo. Aprieto los párpados y vuelvo a abrir los ojos. No es un sueño, ¡es real! Aún hay dolor en el abdomen y los sonidos detrás de mi cama cambian segundo a segundo.

–Intenta tranquilizarte, amor. Estás bajo los efectos del calmante…

Rompe en llanto.

El día transcurre eterno, insípido… Por momentos tengo la lejana esperanza de poder despertar de alguna clase de pesadilla. Mi novia permanece a mi lado, sé que mi familia está viajando y algunos amigos cercanos ya saben de lo ocurrido. Aprieto los puños ligeramente, voy a morir… Intento asimilarlo… Tal vez mi misión sobre este planeta ya está cumplida y un designio superior demanda mi inmediata presencia. Parpadeo y abro la boca, despacio, intento articular palabra por debajo de la cubierta de plástico que rodea la parte baja de mi rostro. Tengo todavía un pendiente y no puedo dejarlo inconcluso.

–Vi… Vi… Victoria…

Ella se acerca a la cama. Intenta sonreír, no lo logra.

–Ca… cásate conmigo… –respiro–. A… aquí… Ve por el sacerdote mañana…

Sus ojos brillan. El ocaso recrea con cruenta nostalgia los matices de aquella tarde en la que estábamos juntos sobre la arena. Mi novia asiente con la cabeza, aprieta los labios y se recuesta sobre mi pecho. Quisiéramos besarnos, abrazarnos, fundirnos en uno ahora y para siempre. Una realidad imposible…, esta lóbrega situación no lo permite.

La nueva mañana llega.

Descanso sobre la cama con todos los accesorios médicos. Mi familia está aquí, junto con mis amigos. El diálogo se torna difícil, supongo que nos tomará un poco de tiempo adaptarnos a la nueva e inevitable realidad. Por momentos, a mí todavía me cuesta.

En el centro del cuarto se encuentra una mesa con algunos implementos litúrgicos acomodados por el sacerdote. Victoria usa un vestido blanco, no tan formal como demanda la costumbre. Yo no tengo la misma suerte para la indumentaria. La luz solar que se filtra por la ventana resalta los contrastes claros de la habitación y la calma ceremonial es interrumpida solo por el sonido de los artefactos a los que me encuentro conectado. Guardamos silencio, la liturgia transcurre en medio de una tranquilidad inexplicable. Llega la hora de los votos. Escucho a mi futura esposa pronunciarlos despacio, como un arrullo, con sílabas pausadas y palabras a veces inconclusas. Su voluntad se mantiene hasta que una frase se quiebra en su garganta y detona en mi alma.

–Hasta que la muerte nos separe…

Respiro. Es la realidad eterna, la de todos. A nosotros el tiempo solo nos toma la delantera. Repito mi parte despacio. El calmante aliviana el dolor, pero también mitiga mi respuesta consciente.

–Has… hasta que la muerte nos separe…

Ahogo una lágrima. Sé que me falta poco para cumplir esa promesa.

Eduardo Burgos Ruidías.

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burgos2099
Author: burgos2099

Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Bien. Cuidado que no importes más tú que el lector. Piensa en él.

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