Reto 20: Siempre voy a amarte

Hace tiempo el frío de otoño llegó para hacerme compañía, aunque sin avisar su llegada, pues sólo entró y se puso cómodo. Por si fuese poco; vino acompañado de una espesa y lúgubre sombra que desembocó un oscuro acaecimiento, debido a que constantemente musitaba una cruel letanía, que reverberaba desde mi nebuloso inconsciente.

Desde ese entonces, la estación transcurrió con dilación y con esa misma lentitud fue enfriándose gradualmente. La temporada estival no volvió a iluminar el lugar en el que me estaba congelando, y comenzó a surgir una dolorosa pesadumbre que debilitó mi trémulo cuerpo. Ese frío es una enfermedad con la que nadie debería convivir en la misma habitación.

Lo que presencié es aquello que ningún mortal debería contemplar e invadido por el miedo, temblaba abrazándome a mis rodillas, siendo sepultado por el gélido averno emergido de mis más grotescas pesadillas. Lloraba y gemía, pues mi alma y cuerpo anhelaban si quiera vestigios de una calidez que había comenzado a olvidar, y me estremecía aferrándome a esas reminiscencias para no perderlas entre esos colores monocromáticos.

Mientras yo moría, el invierno hacía gala de su atroz apogeo. Su indiferencia ante mi precaria condición, me ahogaba en un océano de melancolía. Frustrado y desesperado por la crueldad que me consumía, fui capaz de presenciar una hermosa silueta hizo que mi cuerpo dejase de tiritar.

Tú viniste a mí para contrarrestar la disonancia a mí alrededor, pues tu armonía era capaz de opacar las aberrantes letanías que tanto me acongojaban, convirtiéndolas en bellas melodías y el eco de esas sinfonías resonaba en mi cabeza, transportándome a mundos y universos que yo anhelaba conocer a tu lado.

Con mis trémulas manos intenté alcanzar esa etérea luz, en un diorama onírico que comenzaba a opacar la realidad. El mundo parecía distanciarse de mí, pero eso ya no tenía injerencia, porque sabía que había un lugar donde podría alcanzarte.

Recuerdo que una vez te acercaste con lentitud a mi rostro y musitaste sosegada, que si en algún momento la soledad me asfixiaba con su crueldad, debía aferrarme a aquello que le brindase calidez a mi corazón.

Estabas tan cerca de mí, que no pude evitar ruborizarme ante esas dulces palabras y decidí que eras tú a quien deseaba dedicarle mi vida entera.

El aroma de tu cabello era invierno, tu piel el color de la cuarta estación y tus gélidas manos eran nieve que me envolvió para protegerme. Así fue como me enamoré del invierno más hermoso que pude presenciar a través de tus ojos.

 

Te agradezco haberme amado, y estar conmigo ahora que me despido del mundo. Anhelando poder verte en un sueño eterno e inconsciente. No estés triste, cariño. Mi amor vivirá en tus memorias, cuídalas y abrázalas. Aférrate a ellas, y vive por mí, haz realidad nuestros sueños, porque estaré en tu corazón acompañándote  y protegiéndote. Yo siempre voy a amarte.

 

–Uriel Kaede.

 

Uriel Kaede
Author: Uriel Kaede

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Recuerda lo que hablamos de naturalidad… piensa en el lector… Relee el reto de forma y fondo.

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