Reto 20. Mañana gloriosa

Mañana gloriosa

 

Desde el día de la biopsia, camino, respiro y veo las cosas diferentes. Todo a mi alrededor parece ir en cámara lenta. Mi mente, se ha empeñado en hacer fotografías de las cosas más simples, para revelarme su belleza. Me he cuestionado sobre el tiempo malgastado, viviendo desenfocada del verdadero sentido y propósito de mi existencia. Puedo decir que, estas dos semanas, he saboreado cada amanecer. Mis ojos se han deleitado con las sonrisas de mis hijos. Mis oídos han escuchado el canto de las aves y han apreciado el sonido del silencio. Mis manos han tocado con más amor y, mi nariz, ha grabado la fragancia de mis seres amados. Estoy invadida de un extraño gozo, en medio de esta incertidumbre, esperando que la Divinidad me conceda una nueva oportunidad. 

 

Una voz familiar me saca de mis pensamientos. 

—¿Saranyi Valderrama?

—¡Aquí estoy, Doctor! —levanto mi mano.

—Puede pasar —me abre la puerta del consultorio para que entre primero. 

 

Le doy los buenos días y tomo asiento. Mi espíritu está inquieto. Deseo que vaya al grano y me diga cómo salió el examen. Pero, sé que eso no va a pasar. Todo tiene un protocolo y debo mantener mi paciencia por unos minutos más. Respiro hondo, sin lograr tranquilizarme. Estoy helada, apretando mis manos contra la silla. 

 

—¿Vino sola?

—Sí, doctor. Lo prefiero así. 

—Muy bien, entiendo —mira su portátil, actualizando mis datos. Hubiese preferido que la acompañara alguien. Los resultados de la biopsia no han salido bien. Tiene usted muchos nódulos malignos en la glándula tiroides.

—Pero, ¿tiene tratamiento?—me inclino hacia el escritorio para ver mejor la cara del doctor—. Estuve leyendo que la mayoría de los nódulos tiroideos se curan. 

—Lo siento mucho, Saranyi. Tienes un tipo de cáncer tiroideo poco común, conocido como anaplásico o indiferenciado. Se ha propagado a tu cuello y, es muy probable que, en pocos días o semanas, invada otros órganos de tu cuerpo. 

 

Me dejo caer hacia el respaldar de la silla. Mi respiración se paraliza unos segundos y escucho, como eco, las últimas palabras del doctor con mis ojos cerrados. Los abro y descubro que sigo aquí, es una realidad. 

 

—Doctor, llame a mi esposo y explíquele todo. No creo que yo pueda hacerlo. 

—¡Claro que sí! Ya lo llamo.

 

Media hora después, mi esposo llega y, junto a mí, recibe la inesperada y dolorosa noticia de mi cáncer terminal. Me mira desesperado sin pronunciar palabra, pero abrazándome como nunca; reclamando a la muerte, que soy solo suya. 

 

Nos despedimos del doctor. Tomo una bocanada de aire y limpio mis lágrimas. Mi amado guarda silencio. No lo interrumpo. Le doy tiempo para que procese todo lo que acaba de escuchar. Me abre la puerta y dice que suba al auto. Él se queda afuera hablando por celular. Me sumerjo en mis pensamientos. Tengo tanto por hacer, tanto que decir. 

 

—¿Lista? —arranca el motor del auto.

—Siempre lista. 

Lo miro y una sonrisa se dibuja en sus labios. 

—¿No me vas a preguntar para qué?

—No, quiero dejar que me sorprendas. 

Sé que algo está planeando y no voy a arruinarlo esta vez. 

—Entonces, permíteme taparte los ojos. 

—Ya me estás sorprendiendo, amado mío.

 

En el trayecto, se detuvo dos veces antes de llegar al destino desconocido. No sé cómo lo está haciendo, pero ha logrado emocionarme. Casi no he pensando en el cáncer que habita en mí. Y es que, he llegado a la conclusión de que la muerte nos toca a todos, en algún momento, indicando el fin de nuestra vida terrenal. Así que, viviré a plenitud los días que Dios me regale. Terminaré ese proyecto musical que dejé a medias y que molestó tanto a mi esposo. Cantaremos juntos. Compondremos un canto especial para que nuestros hijos participen y, si me queda tiempo y energía, visitaremos las iglesias con un programa especial dirigido a las familias, como tanto lo soñamos. Nos hemos detenido otra vez. 

 

—¡Llegamos, mi amor! —me abre la puerta del auto y carga en peso como cuando éramos novios—.

—¿Peso mucho? —paso mis brazos alrededor de su cuello y me sujeto bien— ¿Cuándo podré ver otra vez?

—Justo ahora —me baja con delicadeza y desata el nudo de la bufanda, que tapa mis ojos. 

—¡Es en serio! ¡No lo puedo creer!

 

Estoy parada frente a una hermosa casa construida en un árbol. Es de madera. Unas escaleras llevan hasta la puerta principal. Muchas lámparas iluminan la cabaña, brindando un ambiente cálido y acogedor. La naturaleza rodea todo el lugar. Arbustos, pinos y ciprés adornan el jardín, invadiéndolo de un rico aroma ¡Esto es un sueño!

 

—Pero, cómo…

—Shhh —pone su índice sobre mis labios—. Solo disfruta.

—¿Quién cuida a los niños? 

—Están con tu madre —toma mi mano y me dirige hacia la base del enorme árbol.

—¡Gracias por tanto! Solo tenemos este momento, es nuestro presente.

 

Pasamos el fin de semana en este magnífico lugar. Vivimos, sentimos, y disfrutamos al máximo. Nos olvidamos del mañana. Tan bien la estoy pasando, que casi no percibo que mi voz se vuelve cada vez más ronca y una debilidad general se apodera de mi cuerpo. 

 

—¿Cómo te sientes, preciosa? —sus dedos juegan con un rizo que cae en mi frente.

—Estoy algo cansada y débil ¡Esta experiencia ha sido fantástica! Pero, ya quiero irme a casa. Quiero estar con los niños. 

 

Aún es de día y el sol pica en mi cara. Estamos llegando a la casa de mi madre. Varios autos están estacionados afuera. Cuando me bajo de la camioneta, los niños corren a mi encuentro y, de un brinco, el más pequeño se prende a mi cuello y me abraza. 

 

—Los extrañé tanto.

—Nosotros también, mami —mi hija toma mi mano y me lleva adentro— ¡Te tenemos una sorpresa!

 

Estoy pasmada con tanto detalle. Veo reunidos a mi madre, padre y hermano. Algunas amistades cercanas también nos acompañan. Han improvisado una pequeña tarima con madera reciclada donde instalaron el equipo de sonido. Mi madre toma el micrófono y me da una hermosa bienvenida. Me dedica esta linda ceremonia como un homenaje en vida, como siempre lo soñé. 

 

Cada persona presente tiene algo preparado para mí. Soy deleitada con hermosas cartas, lindas canciones, sinceras palabras y alegres anécdotas. Mis adorados hijos cantan mi himno preferido, “Jerusalén, mi amado hogar”, con la ayuda de mi madre. La felicidad del momento se quiere salir de mi pecho, y la nostalgia de una muerte prematura me recuerda el motivo de mi existencia: amar y ser amada. 

 

Cuando terminan el himno, subo las escaleras y dirijo unas palabras a todos. Entre sollozos y lágrimas logro pronunciar:

 

—Soy una mujer bendecida y muy amada. Dios me permitió crecer en un hogar imperfecto para mostrarme su amor a través de papá y mamá, para moldearme y prepararme para este momento. Me regaló la compañía de un hermano para que fuera mi cómplice en alegrías y tristezas. Me dio la dicha de ser la esposa de un hombre imperfecto, para enseñarme que las virtudes y defectos se complementan para brillar. Me prestó estos hermosos hijos para mostrarme que podía amar sin medidas y para que entendiera que por amor, puedo dar mi vida. 

Mi tiempo de partir se acerca. Estoy feliz de que formen parte de mi historia. Dios me dio su aliento de vida y, regresará a mí, cuando suene su trompeta en aquella mañana gloriosa  ¡Quiero verlos a todos allí para abrazarnos por la eternidad!

 

-Saranyi Drisselley-

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. romina

    Muy buena la idea, cuidado con los tiempos verbales, presente o pasado.. y revisa las acotaciones.

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