Reto 20. Despiértame cuando me encuentres.

   El doctor cerró la puerta, lo vi acercarse a Valeria a través del cristal que separa el pasillo de mi habitación. El silencio dominaba ese pequeño espacio. Estaba en paz. Me acababan de decir que solo tenía unas semanas restantes de vida y, por alguna razón, no encontraba la ira y desesperación que debían inundar mi ser. No sentía nada. La tormenta rugía sobre mi vida, pero permanecí inmóvil en medio de ella.

   Horas atrás, despertaba con ella en mis brazos, con nuestros cuerpos desnudos y los corazones entrelazados. Tomó mi mano y la llevó hasta tus labios, un beso leve, pero directo. Sus contornos se sellaban perfectamente en las sábanas, haciendo notar su figura, que la noche anterior había hecho mía. Agradecí a Papá que me permitió, aún sin saber que esa mañana sería una de nuestras últimas, tomarme el tiempo de admirarla en alma y cuerpo. Pero luego fue su mano la que cubrió su propia boca mientras irrumpía en llanto al escuchar la noticia.

   La miré, pero no me vio. Estaba ahí, pero a la vez no.

   Entró a mi habitación. Hubiese preferido que no me viera así. Ni siquiera yo podía lidiar con eso entonces. Como Julio César había pasado de tenerlo todo a postrarme en mi lecho de muerte, tratando de procesar lo que acaba de ocurrir.

   —¿Quieres hablar de ello? —pregunta como si leyera mis pensamientos.

   —No, me conoces, justo ahora ni siquiera sé por qué estoy aquí. Dame tiempo para procesarlo y, cuando llegue el momento, lo discutiremos.

   Encontraba imposible sentirme mal por mí mismo, por lo que no hice y por lo que nunca haré; pero lo que no fui ni nunca seré. Todos esos sueños y deseos ahora parecen superficiales, banales ante mi inminente partida. Solo pensaba en ella. Las mujer de mi vida. Le prometí que cuidaría de ella hasta el fin de mis días. Y cumpliré mi promesa, pero me duele tener que hacerlo antes de lo que imaginaba.

   Pasaron los meses y no parecía mejorar, hasta que un día el yugo sobre mi espalda era demasiado pesado para continuar y tuvieron que internarme.

   —Si no alcanzo a hacerlo —la voz se me quebró— dile a Ed que lo siento, no lograré llegar a su boda, ¿sí?

   —Conociéndolo estará aquí en un par de horas, sé que resistirás —me dijo mientras su rostro reflejaba lo contrario. Ya era hora.

   Sí, me iré satisfecho con el viaje. El destino resultó ser un buen “chofer” después de todo. Cinco estrellas. Ha llegado el momento de bajarme, aunque quisiera adelantarlo, hay alguien de quien me tengo que despedir. Ella seguía junto a mí como siempre, sujetó mi mano como si fuese su propia vida la que se desvaneciera. Tomé aliento por última ocasión

   —No me gustan las despedidas, así que no te diré adiós. Porque estoy seguro de que mañana te veré y podré estar contigo de nuevo, si me despido ahora sería raro saludarte en unos instantes, ¿no crees? Gracias por el viaje, amor mío. Despiértame cuando me encuentres allá, que seguramente siga en la cama esperando por ti.

Omar Araujo

oaeska
Author: oaeska

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    lee cada línea, busca que suene tal cual deseas, que realmente estes transmitiendo lo que quieres… que cada palabra cumpla su función.

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