Reto 20: Tarde

Me puse en marcha hacia la terminal, incrédula de mi nuevo destino, mis pies caminaban divagantes, tan perdidos como yo, era una calle concurrida, pero me sentía tan sola. Los desconocidos me sonreían, ¿Era mi tristeza tan evidente? O ¿Era simple cortesía?

Unas fuertes gotas cubrieron de rocío las rosas de mi vestido. Aligeré el paso, pero sin llegar a correr, disfrutaba sentir como el agua resbalaba por mis mejillas, acariciaba mi cuello y empapaba mis pies, ese aguacero estaba tan lleno de la vida que me faltaba.

Al llegar a la estación, el último bus se había marchado media hora atrás y en ese momento me di cuenta, de que mi viejo reloj necesitaba un cambio de batería, me sentía angustiada, porque era tarde y no podría encontrar manera de volver, una hora de camino me separaba de una cena caliente, de mis últimas.

No habían pagado la quincena, entonces la posibilidad de un taxi estaba descartada, el frío que sentía en mis pies mojados, se empezó a transformar en un monstruo azul que recorría todo mi cuerpo, tenía ganas de llorar, busqué refugio bajo las débiles luces de las farolas de la terminal, pero fui desalojada muy pronto, un oficial de seguridad me cerraba las puertas, ajeno a mis suplicas, me arrojó hacia aquella oscuridad, que tanto temía y que extendía sus brazos para aprisionarme.

La tenue luz de una cafetería 24/7 se asomaba como bote salvavidas y me lancé como náufrago que lleva muchas lunas esperando por su rescate. Agotada, me senté en una de las escasas mesas que había en ese lugar, tomé unas servilletas para tratar de secarme un poco, en mi cabeza repasaba todas las noticias del día, todavía no podía procesar la información que había recibido, la insistente voz del mesero me devolvió al mundo real, ordené una bebida caliente.

El humo del café, subía junto con mis pensamientos y plegarias, tiene que ser un error, me repetía en voz baja.

El sobre en mi bolso, lo hacía demasiado pesado, lo saqué con manos temblorosas, lo abrí, esperando que al leerlo de nuevo me contara un final diferente, pero no, hay estaba mi sentencia, la que me condenaba a una despedida precipitada y cruel.

Mi vida se empezaba a desmoronar, mis sueños, mis proyectos, mis planes, el tiempo se había convertido en mi peor enemigo.

Tomé mi teléfono, marqué aquel número que sabía de memoria, pero no tuve el valor de presionar el botón para iniciar la llamada.

Mi mente empezó a recrear nuestro último encuentro, en medio de aquel frío, en esa cafetería desolada, pensar en él, me devolvía el calor y la vida, las lágrimas empezaron a caer sin control, la vida ahora se tornaba más oscura, mi tiempo se había detenido, igual que mi reloj.

Las horas pasaban lenta, crueles e interminables, cerré los ojos, tratando de aprisionar las imágenes de mis momentos felices, vi a mis padres abrazados en el viejo sillón rojo, a mi sobrino jugando con su tren favorito, a mi hermana maquillándose frente al espejo, no deseaba abandonarlos a mitad del camino, pero Dios me escribió un final anticipado.

Una llamada y él vendría por mí, pero entonces, tendría que explicar porque estaba en ese lugar y todavía no me sentía capaz ni preparada para contarle esta pesadilla, que aún yo no lograba aceptar como realidad.

Los primeros rayos del sol anunciaron un nuevo día, de los pocos que me quedaban, con los ojos hinchados, adolorida por el mal dormir, volví a la terminal y tomé el primer autobús hacia casa, llegue a mi puerta y me sentí aliviada, pero al entrar, caí de rodilla, presa de un futuro macabro, lloraba y gritaba, en una mezcla de dolor y desesperación, llamé al trabajo, me reporté enferma y me escondí en la cama por el resto del día.

En la noche preparé su comida favorita y lo llamé para invitarlo a cenar, él se escuchaba feliz al otro lado de la línea y yo, con un nudo en la garganta y una alegría fingida le decía que viniera pronto porque mis brazos estaban ansiosos por sentirlo.

Lo abracé fuerte y por largo rato, cenamos, reímos, jugamos y luego nos disfrutamos en la cama, el amanecer llegó, junto con las malas noticias que ya no podía posponer.

Lo desperté en medio de la oscuridad.

—¿Qué pasa? —preguntó un poco soñoliento.

—Me voy a morir.

—No seas tonta, todos nos vamos a morir —su tono era de juego y broma—. Yo también me muero de amor por ti.

Encendí las luces y le entregué ese sobre que me quemaba las manos, se sentó en la cama y empezó a leer en silencio.

—Tumor cerebral maligno en fase IV— no pudo evitar repetir en voz alta las últimas palabras del resultado.

Era médico, sabía lo que significaba, el silencio se apoderó de la habitación, una lágrima despistada empezó el descenso por su mejilla, se acercó, me abrazó con fuerza y me susurró al oído:

 —No puedo perderte.

Comenzamos a llorar, sin fuerzas, caímos al suelo, y en un arrebato de lo más incomprensible, nos empezamos a besar, con una pasión que no habíamos descubierto antes, me desnudó con prisa, recorrió con sus labios cada rincón de mi cuerpo, lento, despacio, como tratando de memorizar cada recoveco de mi piel, sus caricias me estremecían, mis manos tocaban su cuerpo sin ningún pudor, sudorosos y exhaustos tocamos el cielo.

Pasado el relámpago, me aprisionó en sus brazos con mucha ternura, tocaba mi cabello, besaba mi frente y mordía suavemente las yemas de mis dedos, permanecíamos en un silencio que no era incómodo, al contrario, era un remanso de paz.

Pero mis miedos volvieron. Me levanté de manera brusca y me refugié en una esquina, él se quedó inmóvil, mirándome.

—No quiero morir —mi voz era temblorosa—. Tengo tantos libros que no he leído, tantos países que no he conocido, tantas recetas que no he cocinado, tantos besos que no te he dado, no quiero morir, me falta tanta música que bailar, tantas canciones que aprender, tanta poesía que dedicarte.

—¿Cuánto tiempo?

—Un mes

—Alista las maletas, nos vamos de viaje…España, Francia,Italia, Holanda…

¿Estas seguro?

Asumo el riesgo, te miro y planeo,una vida contigo cargada de sueños
y si no se cumplen cuando despertemos, con la luz del día ya veremos lo que hacemos —cantaste aquel verso de Serrano que tanto me gustaba.

Y viajamos por toda Europa, empecé un libro cada noche, aumenté cinco kilos en mis experimentos con la cocina, fui a conciertos de artistas que no conocía, bailé hasta que me dolieron los pies, hice el amor todos los días, canté a gritos a pesar de mi voz desafinada, escribí los mejores versos.

Y ahora desde esta cama, conectada a esas máquinas de sonidos estridentes, vi pasar mis últimas horas, rodeada de las personas que amo y me aman, me sentí lista para despedirme, solo un poco arrepentida porque empecé a vivir muy tarde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

laura.cm28
Author: laura.cm28

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. katimav

    Lao, me haces reflexionar que sin duda la vida es extraordinaria. Gracias por compartir. Saludos 😘

  2. romina

    Muy bien la idea, pero no olvides al lector, conectar… usar todas las cámaras.

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