Reto #19 MI CONFIANZA ESTÁ EN TI

MI CONFIANZA ESTÁ EN TI

Arreciaba la lluvia en aquella tarde. Truenos y relámpagos fuertes, me mantenían en expectativa. Estaba sola en casa, sentía intranquilidad. Era un sábado diferente. Mis  hijos habían salido a almorzar con su padre y madrastra. Andaban por su lugar preferido; Boquete. 

Imbuida en mis pensamientos, fui interrumpida por una sirena de ambulancia que pasó frente a mi casa. Al escucharla, caí de rodillas, una fuerza mayor me empujó, sentía un dominio indescriptible

Padre, por favor, sé con ellos. Tu eres el médico divino, dales vida. Cinco minutos después,  suena el teléfono de casa. 

—Arianys, tuvimos un accidente. Saranyi es la más afectada. Dhierich está estable. Van camino al hospital —caí de mis pies.

 —¡No puede ser! ¡Dios! 

Sentí un golpe en el pecho, una angustia en mi alma. La sangre se retiró de mis extremidades. Estaba centrada en mi vientre. Mis entrañas ardían. Los pies me pedían permiso para mudar el paso. Luché por mantenerme serena en medio aquella prueba. Debía estar firme, ser un soporte. 

—Dios, por favor, ayúdame a tener el control sobre mis emociones. Sin saber por qué,  oré por ellos, cuando escuché la ambulancia. Ahora está claro, son mis hijos los que están en problemas. Te ruego, me permitas abrazarlos una vez más. 

Siempre he confiado en un Poder Superior, en mi caso es Dios, Creador. El estuvo a cargo de mi vida y la de los míos. Me entretejió desde las entrañas. Me puso nombre. Creo firmemente que Él nos cuida. Que no hay nada que el Omnipotente permita, si no lleva una lección, un aprendizaje y un crecimiento. Este accidente, aunque me duela, no es la excepción. 

Al llegar al hospital infantil,  encontré a Dhierich, fuera de peligro.  No siendo el mismo caso de Saranyi. Su padre y yo, decidimos trasladarlos a un hospital privado. Ella se encontraba delicada. Su diagnóstico: cervicales 2 y 3 fracturadas, la 7, luxada. Mi hija daba la impresión de gallina degollada. Me acerqué.

—Hola mi cielo, aquí está mamá. Pronto todo pasará. Ya verás que Dios hará un milagro. —me miró con ojos de amor—. Solo nos queda confiar. 

Salí un segundo. Debía estar sola. En el pasillo, inhalé profundo. Recité los versículos bíblicos que me fortalecían en esa prueba. Pero uno se fijó en mi inconsciente. “El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente”.

—¡Dios mío, ayúdanos a superar esta prueba! Creo en tus promesas. 

Muy prontamente el neurocirujano apareció, y  me enfrentó.

—Tu hija está muy mal, no puede sostener su cabeza, si la médula se riega, quedará cuadrapléjica  —pasa sus manos por la cara—. Hay que operar lo antes posible, pero necesitamos tu consentimiento. Debes firmar el permiso para actuar.

El doctor me explicó los riesgos. Los mismos de toda cirugía. Agregado, al de perder la voz.

—Haremos la incisión por el frente lateral derecho del cuello. Pueden confundirse las cuerdas vocales y ser cortadas. Si eso sucediera, quedará afónica. 

En familia accedimos a operar prontamente, apenas estén los huesos para injertar las cervicales. El neurocirujano prometió tener sumo cuidado de la garganta de Saranyi. Ella ama cantar y alabar el nombre de Dios. El doctor Pérez humildemente, puso su servicio en las manos del Creador.

Siendo las 9:00 pm, del 12 de julio del 2005, Saranyi se encuentra preparada física, emocional y espiritualmente. Juntas oramos. Se ve radiante. Me regala su sonrisa hermosa. Sus ojos reflejan confianza. La abrazo con ternura, mientras canta su tema favorito de Steve Green… “El que habita al abrigo de Dios, morará bajo sombras de amor…” Así entra al quirófano. 

De vez en cuando algún portavoz salía a tranquilizar a la familia. Fueron horas cruciales. Aunado al stress médico, plegarias nuestras y cientos de oraciones de gente amiga y conocida. La cirugía fue todo un éxito. Ahora restaba someterse a terapia. 

La segunda noche de la cirugía, mientras le cantaba “su canción favorita”, Saranyi entra en una crisis. 

Comienza a toser.

—Mami, me voy a morir. Siento que no puedo respirar. Voltéame. Me voy a ahogar —Llamé a la enfermera.

Creí que era un adiós. Nuestro mayor temor era un paro respiratorio. El padre salió llorando, recordando las veces que la vimos a punto de morir. Sufría de asma crónica. Me aferré a mi fe. —Dios, tu me la diste, la he cuidado. Es tuya, puedes llevártela. No soporto verla sufrir.

Recordé que el creer, trae acción. Busqué gasas y con mis manos comencé a limpiar. Toda la secreción que salía, la retiraba. La cavidad oral quedó despejada. Cuando la enfermera llegó, ya mi hija respiraba. 

—Mami, eres un ángel, mi ángel —la abracé suavecito. 

Mis lágrimas corrieron por mi rostro, lleno de felicidad. Basta resumir que Dios me respondió. En ese momento aprendí lo que es soltar con amor…   

Días después, recibió un “halo vest”  Un aparato de aluminio que va atornillado en cuatro puntos de su cráneo. Atado a su cintura por unas bandas, que crean estabilidad. Debe portarlo por tres meses, hasta que sellen sus huesos. Además de sus terapias para caminar. 

Dios la dejó conmigo porque tiene un plan, un propósito de vida. Estamos comprometidas por la fe.

El Dios de amor me dice… ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío. Salmos 42:11

                                Arianys Núñez 

 

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Author: arianysdelc

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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. romina

    Bien la ontología, nos falta corrección y recuerda que el guión de diálogo va al inicio. no en medio del párrafo.

  2. José Tillaguango

    Como siempre una muy buena historia. No cabe duda que eres una guerrera.Felicitaciones.

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