RETO 19. BEBÉ

BEBÉ

 

El camino a casa en autobús dura tres horas, la carretera está llena de árboles y montañas, tiene unas vistas espectaculares, dignas de una postal, pero en ese momento nada me parece bello, nada tiene color, la razón de mi tristeza es la misma por la que estoy regresando a casa. Mi perrito, Bebé, esta desahuciado, ni siquiera sé si podré llegar a tiempo para despedirme.

 

Las lágrimas no paran de rodar por mis mejillas, caen como una tormenta sobre mi ropa, estoy desesperada, quisiera tele-transportarme, volar, al menos que acelere la velocidad el conductor, pero no hay nada que pueda hacer.

 

Tampoco puedo hacer nada por Bebé. Mi mejor amigo, mi compañero de travesuras, crecimos juntos y ahora el, de un día a otro desaparecerá de este mundo. Me aferro a un rosario que mi abuela me regaló y comienzo a rezar, no me importa lo que los otros pasajeros piensen de mí.

 

Recito un padre nuestro mientras lloro, suplico a Dios, al Universo, a los Ángeles, Buda, Jesús, quien sea, sólo quiero llegar a tiempo. Les imploro por tiempo, que Bebé resista hasta que llegue, necesito decirle adiós, decirle cuanto lo amo, darle las gracias por su amor incondicional. Mis súplicas desesperadas son interrumpidas por una amable voz:

 

—¿Puedo sentarme? – Pregunta el muchacho mientras me extiende un pañuelo.

 

Incapaz de hablar por tanto lamento me limito a asentir con mi cabeza. El muchacho se sienta a mi lado y comienza:

 

—No pude evitar escucharte. ¿Tienes un bebé enfermo? ¿Es por el por quien lloras?

 

No puedo evitar sonreír. Las lágrimas ceden ligeramente, no reparé en lo extraño que sonaba para quien no tuviera el contexto, que rezara repitiendo una y otra vez, “resiste bebé, ya voy”.

—Bebé es mi perrito. — Le explico con calma. — Cuando llegó le decíamos el bebé y así se quedó. Creció y era tarde para ponerle otro nombre.

 

—Ya entiendo. — Dice mientras miraba el paisaje por la ventana.

 

Me agrada que no indagó más, su presencia me tranquiliza, así que prosigo:

 

—Sus riñones están muy mal. Está grave, mi mamá ya está en el veterinario con él, dicen que no hay nada más que hacer. — Mi voz se quiebra, pero continúo — Quiero estar con el cuando lo duerman, no me perdonaría no estar ahí. Debo decirle cuanto lo amo.

 

El joven medita un poco su respuesta, finalmente rompe el silencio:

 

 —No conozco a Bebé, pero tengo un perro. Y comprendo tu dolor en este momento, pero te aseguro que Bebé sabe que lo amas y te puedo afirmar que, si el esta luchando en este momento es porque él también te ama, pero si ha llegado su momento, entonces, por difícil que es, debemos de aceptarlo con gracia, no te estoy diciendo que no llores, debes pasar por un luto. Pero los perros son seres que vienen al mundo a enseñarnos del amor, por lo que veo, el ya cumplió su misión, y llegó su momento de trascender. — La seguridad con la que habla esas palabras me asombra.

 

—Pero no es justo que no podamos vernos una última vez, ¿No crees? — Balbuceo mientras sueno mi nariz.

 

— ¿Y a ti te parece justo que sufra más horas de dolor sólo por verte? Por lo que escuché en tu oración. Crees en Dios, Buda, Ángeles, etcétera. Entonces ¿No crees que Bebé tendrá una vida después? Ya sea que vaya al cielo o que reencarne nuevamente en este mundo. El amor crea un lazo indestructible, que atraviesa tiempo, espacio, muerte y dimensiones. Ese lazo que los une, los volverá a reunir, te lo prometo.

 

Sus palabras me llegan directo al corazón, siento un nudo en la garganta. Este desconocido me esta regalando sabiduría y paz. Me doy cuenta de lo egoísta que estoy siendo al no dejarlo ir tranquilo, su cuerpo esta sufriendo, seguro quiere descansar. Lo merece, es un buen perro, su misión en este mundo ha llegado a su fin.

 

—Gracias. — Le digo al muchacho. — ¿Me disculpas un momento? Debo llamar a mi madre.

 

—Por supuesto. Espero haberte ayudado. — Me sonríe y se levanta del asiento.

 

Llamo a mi madre, esta desolada, me dice que estoy en el altavoz, Bebé me esta escuchando. Junto todas mis fuerzas para hablar lo más tranquila posible, no quiero que me escucha triste, quiero que se vaya feliz.

 

—Mi amor, gracias por todo Bebé, te amo. Descansa, vete tranquilo, nos volveremos a ver.— Concluyo entre lágrimas y terminamos la llamada.

 

La tristeza me invade, pero a la vez una calma provoca que me quede dormida. Tengo un sueño, veo a Bebé jugando en un enorme jardín, se ve contento y eso me hace feliz. Doy gracias a Dios mientras veo como Bebé se aleja hacia una colina, le agradezco por jamás dejarme sola, por siempre ponerme a los seres indicados, en el momento indicado.

 

Cuando despierto, me llama mi madre para informarme que Bebé murió luego de escuchar mi voz. Lloro como nunca antes había llorado. Busco por todo el autobús con la mirada, al muchacho que me acompañó en el trayecto, pero no está. Parece que una vez más Dios me sostuvo.

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Bien el escrito, pero revisa el PG del reto.

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