Reto 18: El abrazo que anhelé

Estoy harta. He escuchado a mamá hablar nuevamente con enfado de papá, y ya no quiero más. Estoy cansada de escucharla siempre hablar mal de él y que no llegue a ninguna solución.

Me voy a la cama e intento dormir.

El canto de las aves me despierta a las seis de la mañana y tomo el teléfono para llamarle y no esperar ni un segundo más… Ni un año más.

Hola papá. Disculpa que te llame tan temprano, tengo—…mi corazón se acelera, cierro los ojos, tomo un gran respiro y trato de relajarme—. Tengo que hablar contigo. ¿Podrías pasar a casa de mamá por mí?

A pesar de su adormilada voz, el tono de su respuesta es seguro. Cuelgo el teléfono, me levanto, tiendo mi cama, me visto con mis jeans favoritos, mi cómoda playera azul con franjas, y espero a que sean las ocho.

Llegamos a la cafetería del centro de la ciudad. Decidimos subir al balcón, y afortunadamente no hay nadie más que nosotros. Después de ordenar, llega a nosotros un delicioso desayuno de chilaquiles y café. Cuando acabo de comer, miro hacia el frente y lo veo titubeante.

—Papá —comienzo dudosa—. Esto es inusual para mí, y sé que también para ti. La razón por la que te he llamado tan inesperadamente es que no puedo seguir viviendo más en este mundo de discusiones, reclamos y mortificación —Frunce el ceño. Baja el tenedor y se limpia con una servilleta.

—¿A qué te refieres? ¿El mundo de quién? ¿De tu madre o mío?

—Me refiero a ambos —Me mira atentamente. Se acomoda en su silla y hace el teléfono a un lado.

—Te escucho.

—Últimamente mi hermano dice que quiere irse a vivir contigo —Suspiro y doy un trago al café—. Está más que claro que mi mamá no lo permitirá, y creo que estoy de acuerdo con ella.

—¿Crees? Tu hermano me ha dicho muchas veces que no quiere estar con tu madre, y yo estoy dispuesto a traerlo conmigo. No quisiera que cuando sea adulto me reproche que yo no hice nada para que él se viniera, a pesar de que sabía que así lo quería.

—Papá —mis ojos se inundan, y no quiero decir lo siguiente, pero aun así me atrevo. No quiero callarlo más—. No tienes el tiempo para estar con él, aunque quieras, vives demasiado ocupado. Solo bastan las 2 veces al mes que nos vemos para darme cuenta de eso. Solo mira como luces tan feliz después de haber viajado por tantos lugares después del divorcio con mamá, sin nosotros, con la compañía de alguien más —No quiero continuar. La voz casi se me corta, pero debo hacerlo—. El día que me presentaste a Irais como tu novia, me moleste. Sentí celos porque creí que nos quitaría tu amor, cariño y atención, pero aun siendo una niña comprendí que, así como mamá encontró a un hombre que la quisiera, tú también tenías derecho de volver a amar.

—Pero sabes que —aunque odio interrumpir a las personas cuando hablan, lo interrumpo. Necesito continuar.

—¿Qué papa? ¿Qué no la amaste? Tú mismo me lo dijiste. Y sé que después terminaron y conociste a varias mujeres. También sé que tiempo después volviste con ella porque, según tú, te hacía falta atención y unas manos que te dieran calor. Sé que un mes antes de que yo cumpliera quince años ella nació. Tu pequeña, la me prometiste que no tendrías porque siempre sería tu única princesa —las lágrimas son incontrolables, y sus gestos reflejan culpa y tristeza—. Recuerdo que cuando ibas a bautizar a la niña, recibí una llamada de una mujer, diciéndome que me alejara de ti y de Irais porque mi hermano y yo éramos intrusos en su relación —me interrumpe con aire de defensa.

—Pero en cuanto me enteré te defendí a capa y espada, diciendo frente a ella que ustedes están antes que nadie, incluso que ella.

—Lo sé, y te lo agradezco. Significó mucho para mí. Pero, ¿te imaginas después el dolor que sentí al enterarme que no solo era esa niña, sino que había otra más? Y no con Irais, sino con una mujer llamada Rosario. ¡Cuatro hijos! Vaya, quedó claro que jamás volvería a ser tu única princesa —mi voz se quebranta y dejo de hablar por un instante.

 —Hija, los planes de las personas no siempre…

—Déjame continuar, por favor —recupero mi postura, limpió con un pañuelo mis mejillas llenas de lágrimas y prosigo—. Papá, no todo lo que siento por ti es rencor. Agradezco que me hayas abierto las puertas del mundo de la literatura, que te preocupes tanto por mi hermano y por mí, que me regales flores de forma inesperada, me complazcas con mi comida favorita y nos consientas. Te amo papá, pero eso no significa que no me duela el pasado —comienza a hacer ademanes con la intención de hablar, pero no lo dejo. Quiero sacar todo eso que llevo atascado dentro de mí en todos estos años—. Cuando mamá me contó que el día en que nació mi hermano, sentí que mi mundo se destrozaba.  Mi héroe se fue al escuchar que te encontraron sobre la cama de una habitación del hospital con una enfermera, ¡mientras mi madre acababa de dar a luz a un hijo tuyo! —siento como mi rostro se sonroja, y la rabia invade las palabras que salen de mi boca. Mis ojos se abren con furia y no soy consciente del dolor que provocan mis largas uñas al cerrar mi puño y presionar con fuerza, hasta que él habla.

—Hija, yo…

—Cuando tuve mi primer novio no me hablaste por dos semanas, no te importó que estuviéramos en vísperas de año nuevo, solo te concentraste en tu orgullo y enojo. Pero cuando nos enteramos que mi hermano tenía novia, olvidaste que era 3 años menor que yo, hablaste pacíficamente con él, casi le aplaudiste y hasta le pediste conocerla —el odio y la rabia ahora son reemplazados por decepción. Bajo mi mirada al palto vacío y al café que se ha enfriado—. No te he llamado para gritarte, ni para reprocharte todo esto. En medio de tus errores, admiro la forma en la que me cuentas tu aprendizaje a lo largo de tu vida y tu manera de analizar las relaciones sociales, pero dime, ¿por qué no dejas de decirlo y lo pones en práctica?

—Algún día te explicaré lo que deseas saber.

—¡Quiero que ese día sea hoy! No estoy dispuesta a esperar más tiempo… Ya he esperado demasiado. Todo esto, son cosas que he guardado durante muchos años, y que esperaba la fecha en que pudiera decírtelo de frente, y sin reservas. Disculpa que sea yo quien hable mucho hoy, pero tú has hablado mucho tiempo, y considero que es mi turno. Alguna vez me dijiste que el lobo siempre es culpado por haberse comida a Caperucita, pero nunca le preguntan por qué lo hizo, ni le dan si quiera un momento para hablar. Con esa analogía comprendí que tú te ponías en el lugar del lobo, y me pregunté por varias primaveras si habría algún motivo por el cual hiciste todo eso —alza el dedo índice como pidiendo permiso para hablar, pero continuo sin hacerle caso—. Algún motivo creíble que valiera para mí, que justificara los medios…

—¿Y qué te respondiste? —me pregunta con temor y pesadez.

—Qué no. Para mí no. Pero luego entendí que no tenía por qué haberla, tal vez es tu naturaleza, como aquella fábula del sapo y el alacrán. Entonces supe que no podía seguir viviendo con tanto odio, pues mi corazón se endurecía y mi alma, junto con su luz se terminarían apagando por completo. Por eso papá, por mi propio bien te perdono. Te perdono por haberme hecho sentir que no te importaba porque preferías mil veces a mi hermano antes que a mí. Por habernos dejado por otra mujer, y tener hijas con alguien más. Te perdono por todo el dolor que me causaste y por las noches de insomnio que sufrí envuelta en una cobija de lágrimas, creyendo que nunca habría escapatoria —llevo mis manos a mi corazón y observo fijamente su mirada, que nunca antes había visto derramar lágrimas—. Pero sobre todo me perdono a mí, por haberme permitido guardar tan crueles y malignos sentimientos durante tantos años.

—Princesa mía —dice con voz ronca y los ojos rojos que acompañan la tristeza de su alma—. Nunca imaginé que albergaras en tu corazón todo esto que me has contado. Ni si quiera sabía que estabas enterada de algunas cosas —Baja la mirada en signo de derrota, saca un pañuelo para secarse y vuelve a mirarme—. Tienes razón. Lo que he hecho no tiene justificación, y a mi consideración tampoco perdón, pero tu noble corazón me lo ha otorgado, y me siento irremediablemente agradecido por eso. Espero podamos olvidar ese pasado, y mirar juntos el presente, al tiempo que caminamos hacia el futuro para poder sanar nuestras heridas.

—Te perdono, pero no olvido. No justifico nada de lo que hiciste, pero lo entiendo. El recuerdo del dolor quedará para enseñarme, y aprenderé de él cada día. Acepto acompañarte a sanar nuestras heridas —sonríe y se pone de pie, sin importarle que su silla se haya caído. Pierde el orgullo que lo gobernó por tantos años, y llega hasta donde estoy—. Te amo hija —Me dice mientras me aprieta entre sus brazos y besa mi frente.

—Te amo papá —le digo mientras permito que me tome entre sus brazos, y disfruto del abrazo que anhelé por tantos años. Ese abrazo que tanto deseaba de mi padre, después de haberle dicho lo que tanto callé. Derramé las gotas de agua que por años inundaron mi alma y, finalmente, después de lustros, sufrimiento, máscaras interpuestas y dolor, pudimos decir al mismo tiempo:

—Gracias y perdón.

                                                                                                                             Adri Flores

vic21spring
Author: vic21spring

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Revisa la parte del Pero sabes que… es confuso. Dices que lo interrumpes, pero eres tú la que esta hablando.
    Cuidado de no confundir las narraciones con acotaciones.

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