Reto 17. La última palabra.

     Mi hermana sale con el rostro desencajado. Trata de contener el llanto. Sólo alcanza a decirme: “Ven por favor, estoy a punto de salir corriendo de aquí”. Sin pedir mayor explicación la sigo. Caminamos de prisa por el pasillo principal hasta el último salón. Allí, nos espera mi mejor amiga y dueña de la academia de danza. La puerta está cerrada. Mi hermana toca. Desde adentro se escucha una voz que dice: Entren.

     De pie, con los brazos cruzados, las piernas separadas y el ceño fruncido, mi amiga los mira fijamente. “No saben bailar, ¿Puedes creerlo?” me dice con una actitud burlona.  Sentada en el suelo veo a mi sobrina cargando en sus piernas a mi hija menor de tan sólo cinco años de edad, que, junto a su mejor amigo del jardín de niños, se limpiaban sus caritas. Han llorado. Mi hija de diez años está junto a ellos. Al verme entrar ambas corren hacia mí y me abraza con fuerza. Tres amigos de mi sobrina permanecen de pie, recargados en la pared y con la cabeza agachada. La actitud de todos luce como la de alguien que ha sido reprendido. 

    Aquella escena hace que la sangre suba de golpe a mi cabeza. Mi cara se siente caliente. Un nudo en la garganta me impide hablar. Respiro lenta y profundamente para contener la efervescencia en mi interior. Le doy un beso a mis hijas, y les guiño el ojo a los demás. No entiendo lo que pasa, pero es obvio que mi hermana quiere que hablemos las tres. Abro la puerta y las invito a salir. “Vayan ustedes”, me dice, “Ahora no quiero hablar.”

     Mi amiga y yo salimos al pasillo. Una vez ahí, trato de modular el tono de mi voz para que las mamás que esperan por sus hijos no se percaten del mal momento que estábamos pasando.

     “No saben bailar ¿Ese es el problema?” le pregunto desconcertada y molesta. No dice nada, sólo mueve la cabeza de manera afirmativa. “Amiga, por eso mi hermana nos pidió traer a nuestros hijos contigo, para que aprendan el baile que les pongas. Eres una gran maestra ¡Quién mejor que tú para enseñarles!”

     Ella sonríe y mira por encima de mi hombro como para cerciorarse que nadie nos escucha. “Sí, efectivamente soy la experta, pero no hago milagros” Me indigna su comentario. “Por favor, quién habla de milagros. Mi hermana sólo quiere que les pongas la coreografía para los quince años de mi sobrina, eso es todo”.

     Se da media vuelta y me invita a pasar a su oficina. Permanecemos de pie. Toma de su escritorio una libreta y la comienza a hojear. “Quiero dejar una cosa en claro” me dice. Yo monto bailes con bailarines profesionales para hacer lucir a las quinceañeras. Tu sobrina es un costal, y su timidez no la ayuda. No posee gracia ni desenvolvimiento alguno. Si el día de su fiesta baila mal, quedará mi trabajo en entre dicho, y tengo una reputación que cuidar”.

     No puedo creer lo que escucho, su poco tacto y delicadeza al expresarse trae a mi mente la escena que vi en el salón.  Si así se dirigió a ellos, puedo entender ahora el porqué de su tristeza.

     “A propósito, tu hija menor y su amiguito son muy pequeños, he decidido que no participarán. Como te das cuenta las reglas del juego las pongo yo, y se lo qué es mejor para el evento”. Mi cabeza da vueltas en medio de aquel bombardeo de comentarios desafortunados. Me siento fuera de lugar, en realidad no tengo porqué mantener esta conversación con ella. No me corresponde. Saco unos dulces y le ofrezco uno. Lo rechaza.

     “Si piensas todo esto. ¿Por qué no lo aclaras con mi hermana y pones de una vez los puntos sobre las íes? Este evento debe ser algo inolvidable para mi sobrina, y no una piedrita en el zapato. Ten por favor eso en cuenta cuando hables con ella.”

     Sin decir nada cierra con fuerza la librera y la avienta al escritorio. Puedo ver la ira en su mirada. Me sujeta del brazo y me guía hacia la salida. Se olvida que no estamos solas y me comienza a gritar: “No me trates como si fuera una niña. Soy la dueña de esta academia y no te permito que me hables así. Ve por tus hijas y retírate. Ya no son bienvenidas. Desde este momento dejan de ser alumnas de esta academia.” Detrás de mí se escucha un portazo. Me queda clara su postura. Para nosotras, ya no hay vuelta de hoja.

     Regreso al salón y recojo a mis hijas. No es momento para aclaraciones. Me despido. Al dirigirme a la salida me la encuentro nuevamente. Me obstruye el paso en la puerta. Al parecer con aquel portazo, no había dicho la última palabra.

 

 

 

lucia_argoytia
Author: lucia_argoytia

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Bien la narración. Mencioné que no usen diálogos hasta que no veamos la forma correcta de escribirlos (hoy nos toca ello).

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