Reto 17. En prepa ajena.

   Me puse un uniforme prestado para ir a su escuela. Colarme en aquella prepa era la única manera que tendría para ver a Valeria. Me haría pasar por un acompañante de mi amigo Eduardo, entonces presidente del club de lectura del lugar. Era muy arriesgado, pero necesitaba saber si lo que dijo su prima Daniela era verdad. Necesitaba saber si realmente necesitaba ayuda.

   Al vernos llegar, el prefecto saludó a Eduardo como de costumbre y le preguntó por mí. Le hicimos el cuento de que venía a apoyar en la coordinación de un evento. Me hizo firmar una libreta de registros en la que evité poner mis datos reales (solo por si acaso).

   Caminamos por el pasillo principal, no tenía idea de en qué salón estaba, pero tenía que encontrarla. Eduardo me miró, apuntó a su reloj y me mostró cinco dedos. El tiempo estaba contado. Corrió a toda prisa a la sala de lectura para no levantar sospechas mientras yo iniciaba mi búsqueda. 

   Justo cuando empezaba a rendirme la vi, estaba en el edificio de enfrente. Reconocería ese cabello  en cualquier lugar. Alguien me tocó por la espalda, era Eduardo, me dijo que había que irnos, estuve a punto de decirle que aún no podía cuando escuchamos nuestra señal de salida: el timbre de receso.

   Una marea de estudiantes de primer y tercer año empezó a surgir inundando todos los pasillos. Empujé gente sin pensarlo dos veces, Eduardo trataba de alcanzarme. Cuando llegué a la zona del edificio donde la vi, escuché a un prefecto, nos llamaba a Eduardo y a mí.

   El prefecto se nos acercó junto con un guardia para indicarnos que, al haber terminado nuestros asuntos, debíamos retirarnos. Eduardo se aceró a ellos para tratar de disuadirlos mientras yo seguía intentando llegar a ella. 

   Miré a ver a Eduardo, me hizo la señal de retirada, empecé a llamarla, grité su nombre lo más fuerte que pude mientras me dirigía a la salida. Me escuchó, reconoció mi voz. Se acercó hasta llegar frente a mí. Ni siquiera pude esbozar una sonrisa. La mirada en su rostro me lo dijo todo.

   Ella sabía, sabía lo que le iba a decir, lo que estaba pensando, la razón de que haya ido a verla. No tuve palabras, no supe qué hacer. Entonces alcanzó a decirme las últimas palabras que escucharía salir de su boca por los siguientes dos años: “Ya no puedo estar contigo, y por favor, no confíes en Daniela”.

Omar Araujo

oaeska
Author: oaeska

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Muy bien el cierre. Nos falta concentrar la idea, darle más fuerza a los párrafos. Recuerda, narrar es acción, movimiento.

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