Reto 15. Tiempo verbal: Bernardo y el otro.

ANÉCDOTA 1.

Era de noche. Bernardo y Emmanuel se encontraban bebiendo y bailando en una fiesta de playa, a tres kilómetros de su hotel. La cumbia retumbaba entremezclándose con el sonido del vaivén de las olas y una fogata gigantesca los incitaba a socializar con gente de otros lugares. Transcurrieron horas. El DJ cambió tres veces de género musical: reguetón, electro y banda. Pero la temperatura descendió de repente. El anfitrión comentó por el altoparlante: “Chavos, los espíritus del océano quieren que alimentemos al fuego”. Entonces, sin dudarlo, los asistentes le arrojaron desde cartón hasta ropa. “¿Qué echamos?”, preguntó Emmanuel a su mejor amigo. Bernardo se agachó. Tomó los zapatos de ambos y “dio de comer a los espíritus del océano”.

Se miraron fijamente. Carcajearon tras unos segundos. Sabían que no tenía caso enojarse. Al fin y al cabo, su lema era: “Inmersos en el debate de si solo se vive una vez o se muere varias, elegimos vivir el momento”. Continuaron moviendo el cuerpo hasta el amanecer. Volvieron descalzos a donde se hospedaban para recargar energías, pues nuevas aventuras los esperaban.

 

ANÉCDOTA 2.

“Lléveme a la Normal Superior Pública, por favor”, digo al chofer y cierro la puerta del taxi. Faltan diez minutos para las tres de la tarde. Hace calor, calor bochornoso. Me provoca sueño. Pero temo cerrar los ojos y quedarme dormido. Suspiro. Doy vuelta a la manivela de la portezuela para dejar entrar un poco de aire. El conductor sube volumen a la radio. Identifico la tonada, es Cómo te extraño de Leo Dan. Inevitablemente caigo al pozo de tristeza y lenta agonía del que trato de huir. ¡Hace una semana terminé una relación! Y no la paso nada bien desde entonces. No exagero.

Llegamos a la escuela. “¿Cuánto le debo?”, inquiero y saco la billetera. Dice que son cincuenta pesos. Pago. De pronto, veo a Miguel, uno de mis mejores amigos y a Marichuy, mi ex novia. Todo queda en silencio. Las manos me sudan. Mi corazón arde. Tengo un espontaneo mareo. “Ya puede bajarse, joven”, comenta el taxista. Muy a mi pesar le obedezco. Doy un par de pasos. Sigo mirándolos. Se toman de la mano. Él le da su gorra gris y ella sonríe. Se dan cuenta de mi presencia. No intentan siquiera disimular. Creo que tengo un tsumani dentro. Las incógnitas se agolpan en mi mente. ¡Quiero gritar, salir corriendo, llorar! Pasan a mi lado. Abordan el vehículo en el que viajé.

Respiro hondo. Trato de calmarme. Camino hacia mi aula, incrédulo, atónito. Por un momento, considero que todo es un sueño, pero tras pellizcarme compruebo que es real.

emma70049
Author: emma70049

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    el primero nos falta conexión. El segundo, muy bien. Verbos bien desarrollados.

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