Reto 15. Tiempo verbal

Anécdota en pasado, tercera persona (mejor amigo).

 

 Cien dólares 

El teléfono de Aldrisa sonó inesperadamente. Miró la pantalla y, un número desconocido, la hizo dudar si debía contestar. Lo pensó un breve instante, pero al final, decidió tomar la llamada. Una voz peculiar le saludó por su nombre. El acento indígena no le dejó la menor duda ¡Era Mirna, su amiga del colegio! Tenía cinco años sin saber de ella, pues se había mudado a la capital ¡Qué agradable sorpresa! Hablaron un buen rato. Tenían que ponerse al día de lo mucho que habían cambiado sus vidas. En medio de la conversación, surgió el tema de la crisis económica que estaba atravesando Aldrisa. Mirna se entristeció porque sabía lo preparada que había salido, su amiga, de la universidad. Se despidieron animadas y con la promesa de mantenerse en contacto. 

 

Días después, llegó un sobre al correo de Aldrisa. Se sorprendió porque no esperaba correspondencia de nadie. Lo abrió intrigada y, lo primero que vió, fueron unos billetes verdes ¡No lo podía creer! ¡Eran 100 dólares! Las lágrimas rodaron por sus mejillas ¡Ahora podría pagar el alquiler de la casa! Sacó una carta que que venía adjunta, y leyó: “Te agradezco por acercarte a mí, aquella mañana en el colegio, cuando todos me rechazaron por ser indígena. Hoy, quiero apoyarte, con este dinero, para que lo uses en lo que más necesites. Quiero que sepas que lo que yo tenga, siempre lo podré compartir contigo”. Atentamente, Mirna.

 

Anécdota en presente, primera persona (experiencia desagradable con alguien a quien consideraba amigo).

 

Doble cara

Los rayos del sol iluminan los diplomas que cuelgan en la pared, frente a mi escritorio. Estoy por iniciar la atención en mi clínica neuropsicológica. El sudor en mi frente me recuerda que debo encender el aire acondicionado para refrescar la estancia. Mientras lo enciendo, escucho el timbre de la puerta anunciando que el primer paciente ya llegó. Me apresuro a recibirlos con una amplia sonrisa, los saludo y les hago pasar. Como es primera vez, los debo entrevistar. Así que, ambos toman asiento, mientras yo me presento. 

 

Tras hacer la pregunta inicial, que me ayuda a saber el motivo de la consulta, la madre me dice que está muy contenta de que sea yo quien los atienda. La miro sorprendida porque no comprendo su declaración; pues soy la única neuropsicóloga aquí. Ella lo nota y me explica que la psicóloga que trabaja conmigo, mi socia y amiga, le había dicho que podía hacerle la evaluación a su hijo porque, aunque ella no tiene mi especialidad, sabe hacer lo mismo. Quedo aturdida ante las palabras de mi cliente ¡Esto no puede estar pasando! Mi colega, no solo está faltando a la ética profesional, sino a nuestra amistad. Respiro hondo, tratando de evitar que se note mi enojo. Pero mi cara me delata, pues se ha enrojecido. Repito mentalmente la primera mantra que recuerdo, mientras vuelvo a respirar más lentamente. Ahora, pausadamente le respondo que lo que ha hecho, la otra psicóloga, no es correcto. Prosigo a explicarle las razones y realizamos la entrevista. 

 

Terminada la sesión, llamo a mi colega para hacerle saber que estoy al tanto de lo que está haciendo a mis espaldas. Le recuerdo que está faltando al código de ética profesional y que está incumpliendo la ley que rige nuestra profesión en Panamá. Por lo tanto, le exijo que abandone la clínica y que no vuelva a tratar de quitarme a los pacientes, pues de lo contrario, tendré que acusarla con el consejo técnico. Ella, entiende que no quiero conocer sus razones ni escuchar sus excusas. Así que me despido, dando por terminada nuestra sociedad y, por supuesto, nuestra amistad. 

-Saranyi Drisselley- 

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Nos falta trabajar más la conexión. Buscar dar fuerza a cada párrafo.

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