Reto 15: De peor a mejor

Una anécdota desagradable: Estoy tendido boca abajo… ¿cómo llegué aquí? Intento levantarme, pero sólo recibo empujones que me regresan una y otra vez al suelo.
         –¿Pa’ qué te le levantas? Tuviste suerte de que te tuviese piedad, marica –alcanzo a escuchar esa voz familiar entre todo el alboroto a mi alrededor, una combinación estridente de vociferaciones que me maldicen e insultan.
         – ¿Crees que te vez muy chulo asiéndote el “misterioso”?, te vez bien pendejo. 
         Siento un golpe punzante en mi abdomen, me falta el oxígeno, no puedo respirar. Mientras me retuerzo, siento un escupitajo en mi rostro.
         –Cuando quieras pasarte de listo de nuevo, ya sabes lo que te espera.   Entre penumbras y sombras veo a mi atacante, es mi mejor amigo. O quien creí que lo era, ¿y ahora me golpeaba intentando quedar bien con los demás.
          –Y pobre de ti que digas quién te pego en la escuela, –se inclina y me jala del suéter desgarrando las costuras– ¿me entendiste, marica?
         Me ve esperando que le implore piedad, pero con el dolor que siento apenas y puedo pensar.
         –¡Eso es lo que más me irrita de este cabrón, su pinche cara de pendejo! –me golpea en la cara, siento como si me hubiese golpeado con una piedra muy dura.
         –¡Aguanta! –lo detiene uno de sus colegas–, ¡Si tiene marcas se darán cuenta en la prepa
‘!
         –¡Es que lo hace a propósito! –grita desenfrenado amenazando con golpearme de nuevo. No opongo resistencia. 
         –Ya déjalo, ni se defendió, es una marica.
         – ¡Simón! –me suelta bruscamente–, ¡es un marica!
         Mientras se alejan logro ver que eran cuatro personas, todos mayores que yo, a excepción de él. Intento sentarme y ubicar en dónde estoy. Me siento traicionado y solo.

Una anécdota agradable: El autobús está casi lleno en su totalidad, pero junto a Chantal hay un asiento vacío. Sin pensármelo mucho él se sienta a su lado. No puede ver la expresión en su rostro.
         El autobús hace un ruido estrepitoso e inicia su recorrido.
         “¿Qué tal si ella se está sintiendo incómoda con mi presencia?, ¿será que acaso se percató de mí? Tal vez ni siquiera se dio cuenta. ¿Pero, si en realidad sí lo hizo y está pensando en cambiarse de asiento?… ¿Use perfume esta mañana? Creo que no. Esto es lo que pasa cuando hago las cosas sin pensar”. Se reprende con severidad.
         Comienza a transpirar y sus manos tiemblan involuntariamente.
         –¿Te encuentras bien? –pregunta la chica a su lado.
         Él nunca había escuchado su voz tan cerca, ni dirigida hacia él. Piensa que es lo más dulce que nunca ha escuchado. Se apresura en contestarle, no quiere perder esa oportunidad.
         –No, no lo estoy –voltea a verla–, a decir verdad esta es la primera vez que me sucede esto.
         –Discúlpame por entrometerme, sé que no me incumbe, pero tengo unas pastillas para el dolor por si las necesitas.
         Él ríe un poco, pues más que dolor lo que siente es la estimulación de todos mis sentidos aglomerándose en mi interior.
         –No, no me refería a eso. Quiero decir que, creo que es porque fantaseé mucho con este día.
         Ella lo ve con suspicacia.
         –Sabes, yo quise hablarte hace mucho tiempo –saca la libreta de su mochila–, deseaba conocerte. Porque por alguna razón, apareciste en mi vida y desde entonces no te has ido. Permaneces de forma intangible e incesante en mis quimeras –hojea la libreta y le enseña el boceto que hizo de ella hace unos minutos–. Eres como una bella y cruel fantasía para mí, Chantal.
         Ella lo observa perpleja por un momento, pero con delicadeza toma en sus manos el retrato que hizo de ella. 
         –Eres muy bueno dibujando –responde acariciando sutilmente con sus dedos el dibujo–… ¿Uriel?
         Su corazón salta de su pecho chocando bruscamente con su caja torácica, provocando en él una reacción de sorpresa intensiva.
         –Sí –su voz se escucha temblorosa por la emoción–, ¿cómo sabes mi nombre?
         –Jacquelin me habló de un chico que quería conocerme, eras tú, ¿cierto?
         En el pasado se encontró en algunas ocasiones más con Jacqueline, la hermana de Chantal. Y le preguntaba insistentemente por ella, no creyó que lo delataría. Pero en ese momento estaba muy agradecido con ella.
         Un chico del fondo le pide al chofer que se detenga frente a una escuela, lo ve pasar a su lado, lleva puesto el mismo uniforme que Chantal.
         –Chantal, ¿vienes? –le pregunta el chico, dándole una mirada altiva a Uriel. Entiende la indirecta y se levanta para que pueda irse. Ella se incorpora de su asiento y lo directamente.
         –¿Podría quedarme con el dibujo? –le cuestiona dulcemente.
         –Claro, lo hice para ti.

-Uriel Kaede.

Uriel Kaede
Author: Uriel Kaede

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