Reto 13: Un brindis por la vida.

“Señorita, no se acerque más”. Grito a lo lejos el encargado de la obra contigua a la nuestra. Trabajadores corrían con picos y palas hacia el fondo del terreno. Al pasar uno de ellos junto a mí lo tomé del brazo para detenerlo. Sin necesidad de preguntarle algo comentó: “Dos de nuestros albañiles…quedaron enterrados”.

      Justo en el lugar en donde hace treinta y tres años ocurrió este terrible accidente, construimos nuestra casa. Cada 23 de diciembre mi esposo enciende la chimenea mientras yo pongo la mesa para una cena especial. Traigo una botella de vino y cuatro copas para brindar. ¿El motivo? Por la vida.

      Aquel día marcó un antes y un después para nosotros. Éramos aún novios. Tres años de ahorros representaban nuestro patrimonio. Vivir en los suburbios y construir una casa a nuestro gusto era el sueño a realizar.

     Pusimos manos a la obra y compramos un terreno. El arquitecto nos hizo el diseño de la casa, y tras conseguir los permisos de construcción se comenzó la obra.

     Cada día nos turnábamos para supervisar los avances. El terreno era una hondonada con vista a una hermosa cañada. Al tratarse de un lugar descendente se necesitaba hacer una plataforma para cimentar la casa. El arquitecto marcó con cal el sitio del muro de contención y las áreas a excavar.

     La cantidad de tierra que diariamente se removía a pico y pala era considerable. Se trataba de un trabajo en verdad duro, y, a pleno rayo de sol, agotador.

     Aquella mañana del 23 de diciembre me presenté a primera hora en la obra. Llevaba días viendo cómo escarbaban la zanja para los cimientos. Algo en su forma de trabajar me pareció inapropiada, por no decir, riesgosa. Debo confesar que no tenía la menor idea de cómo se construía una casa, pero, al ser una persona con formación científica, la relación causa-efecto, junto de la deducción, eran parte de mi trabajo profesional como psicóloga.

     Podía verlos trabajando en una zona cada vez más profunda, y no había nada que contuviera la tierra a su alrededor; en la obra aledaña había observado que colocaban bultos de arena para atajarla, pero aquí, nada. El arquitecto me dijo que todo estaba bajo control, que confiara en él.

     Me retiré a comer esperando que con eso calmaría la preocupación que me invadía. Mala idea. La comida me supo a nada y cada bocado lo pasaba con dificultad. No podía quitar de mi cabeza la idea de que la zanja representaba un riesgo para los maestros. Pedí la cuenta, y regresé de inmediato a la obra.

     Al llegar, la zona estaba acordonada. Una patrulla guiaba el tránsito y alejaba a los curiosos del lugar. Me identifiqué como la propietaria, pero aún así me impidieron el acceso. A lo lejos, el encargado de la obra contigua me gritó que no pasara.

     Era una locura aquello. Gente corriendo por doquier. Unos usaban picos y palas mientras otros sacaban tierra en carretillas. Nadie me daba alguna explicación, así que, al ver a uno de los trabajadores pasar junto a mí lo detuve. Era el sobrestante de la obra. Al verme palideció y una lágrima rodó por su mejilla. “Dos de nuestros albañiles quedaron enterrados. Tenía usted razón, era peligrosa la forma en la que estábamos trabajando. Lo lamento”.

     Busqué al arquitecto. No lo encontré. Huyó en el momento de la tragedia. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me quedé como petrificada. Todo comenzó a girar a mi alrededor. De manera atropellada caminé hacia el viejo oyamel que se encontraba cerca de mí. Me sujeté a él como si en ello se me fuese la vida. Sentí un hormigueo en las manos y una opresión en el pecho me dificultaba el respirar. Estaba hiperventilando.

     La vecina de la casa contigua se acercó a mí con algodón y un poco de alcohol. Al verla, vi una luz en aquella oscuridad. Desde su jardín podía acercarme al fondo del terreno y ver las maniobras desde ahí.

     Pocos minutos después de que el montículo de tierra cayera sobre de ellos localizaron su ubicación. Los pobres hombres se hallaban de pie al momento del derrumbe. Uno de ellos, en su desesperación por salir, estiró el brazo. Su mano quedó al descubierto señalando el lugar; parecía la escena de una  película de terror. 

      El otro albañil, afortunadamente se encontraba junto a él.

     Los dos respiraban con dificultad y la tierra suelta, a medida que la retiraban, entraba por su nariz y boca. Pedí a mi vecina dos botellas de agua, las vacié, y les corté la base. Entre la reja que separaba ambas propiedades se las pase al sobrestante. Introdujeron la boquilla de la botella en la boca de los hombres atrapados y comenzaron a respirar mejor. Tres interminables horas duró la maniobra de rescate. La policía había llamado una ambulancia, y estaba por llegar.

     Al fin una voz gritó: Los tenemos. Un aplauso unísono se escuchó y entre lágrimas y risas nos comenzamos a abrazar. Los paramédicos los examinaron. Heridas superficiales en brazos y cara, así como una deshidratación moderada fue lo que indicó el parte médico.

     Aquel 23 de diciembre de 1986 fuimos testigos de un milagro. Desde entonces, el brindar por la vida se ha vuelto tradición. Los maestros Luciano y Alejandro se reúnen cada año para celebrar con nosotros el aniversario de su nueva vida, con una cena especial. La tragedia…nos convirtió en familia.

 

lucia_argoytia
Author: lucia_argoytia

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Esta entrada tiene 4 comentarios

  1. Salma

    Me gusto mucho tu escrito, tiene buena redacción y me parece que supiste manejar muy bien la cronología, fue muy clara. Muchas gracias por compartirlo.

    1. Salma. Me alegra saber que te gustó. Gracias por tus comentarios, me sirven mucho para poco a poco ir mejorando. Saludos.

  2. romina

    El apogeo debe presentar tensión, drama, fuerza… para atrapar al lector.

    1. Gracias Romi. Pondré más atención en ese punto y trabajaré en ello. Un abrazo.

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