Reto 13: Perdidos y despistados

El fango reseco amortigua nuestros pasos, aunque, de cualquier manera, tratamos de caminar con todo el cuidado posible, calculando cada pisada. No hablamos, lo único que rompe el silencio es el sonido de nuestra respiración, cansada después de haber caminado por bosque y cerro. La luz intensa de medio día se filtra por entre los huecos que dejan los árboles frondosos que rodean el sendero. No hemos encontrado ninguna estación de la actividad en un buen rato, tal vez es parte de la idea, probablemente esperan que hayamos bordeado toda la colina antes de darnos más instrucciones.

 

Llegamos al campamento hace unas horas, en la mañana, recorrimos a pie al menos un kilómetro, cruzando por un camino hecho de barro rojizo, que aprisionaba nuestros pasos y hacia el recorrido mas pesado. La mochila, casi tan alta como yo, se agarraba firmemente de mis hombros, pecho y estómago, y a cada paso se acercaba un poco más a ser imposible de cargar. Trataba de respirar entrecortadamente, dejé que mis exhalaciones se sincronizaran con el golpeteo de las cosas de la mochila saltando un poco a cada paso, y justo cuando mi columna ya comenzaba a punzar de dolor y mis hombros se sentían como si unas garras pesadas los apretaran, llegamos al lugar donde erguiríamos las casas de campaña.

Aventé la mochila bajo un árbol, y al instante todo mi cuerpo soltó un suspiro de alivio, la diferencia de peso se sentía como si pudiera flotar por un segundo. Juntos, mi grupo y yo, vigilados por el sol recorriendo el cielo matutino, montamos la casa de campaña, entre sudor y polvo cavamos la zanja para evitar inundarnos en caso de una lluvia, preparamos nuestro lugar de cocina, que no era mas que un pobre hoyo en el suelo con una parrilla encima. Nos sentamos en el pasto reseco y crujiente, que pintaba el terreno de un reflejo dorado, contrastando a los árboles frondosos, que rodeaban la zona de acampar. El único que escuchaba las conversaciones y cuchicheos era el cerro, alto e imponente, extendiendo sus manos hacia el cielo.

Los dirigentes nos llamaron a todos una vez que terminamos de montar el lugar en el que dormiríamos por los siguientes siete días.

Nos explicaron la primera actividad: una dinámica para concientizarnos sobre los migrantes. Debíamos recorrer las diferentes estaciones, y evitar que nos capturara la “policía fronteriza” que eran algunos dirigentes con una pañoleta ceñida al cuello para distinguirlos.

 

¿Deberíamos detenernos un poco a comer? pregunta uno de mis compañeros.

Como respondiendo, mi estómago suelta un gruñido a modo de queja. Sin intercambiar mas que un par de palabras quedas, encontramos un montoncito de tierra, y nos sentamos ahí, sin preocuparnos por el polvo manchando nuestros pantalones.

Abro con dificultad la lata de atún que llevo en mi morral de tela delgada, no hay mucha variedad en los platillos, todos tenemos atún en diferentes presentaciones y marcas. Devoramos el alimento en silencio, el sabor a pescado con conservadores se siente como ambrosía en mi lengua, y mi estómago se regocija, agradecido, no pasan ni unos minutos antes de que mi lata ya está vacía, agarro con cuidado hasta los últimos pedazos, asegurándome que no quede ni una morusa.

Guardamos nuestras latas y sobres vacíos en las mochilitas, pues no hay ningún bote de basura cerca. Mientras seguimos caminando, alcanzo a ver la zona del campamento entre los espacios que hay de tronco a tronco, las casitas de campaña se ven como pequeñas manchas entre la masa amarillenta y rojiza del pasto y la tierra, rodeada por el mismo verde que nos cubre del sol. A lo lejos, hay otros cerros, y otros terrenos, cuadrados y rectángulos cortando el paisaje en las zonas de siembra, acompañados de puntitos negros que probablemente son ganado.

Siento los talones hinchados, un dolor penetrante en las piernas, infiltrado como agujas largas hasta mis huesos, pero al menos el paisaje, el murmullo de las hojas contra el viento y las aves revoloteando entre las ramas nos hacen compañía. ¿Cuánto faltaba para la siguiente estación?

 

Una de las instrucciones que nos dieron era tener cuidado con los dirigentes, porque, tal y como les pasaba a los migrantes de la vida real, nunca se podía saber quién te iba a traicionar, o cuando. Nos dejaron pasar en una de las estaciones sin mucho preámbulo, solo para que uno de los supuestos “aliados” se lanzara a perseguirnos, corrimos entre jadeos, el polvo volando frenéticamente bajo nuestros pasos asustados, atraparon a uno de nosotros, lo que significaba que tenía que volver a la casa de campaña y esperar a que los demás terminaran la actividad.

Recorrimos caminos amplios, bordeados por hierba alta, seca, que se defendía ferozmente dejando sus hojitas rugosas en la piel de quien se atreviera a molestarlas, incluso llegamos a un pedazo donde había una grieta, lo suficientemente amplia para que pasaran mis hombros sin tener que untarse contra la textura rugosa y húmeda, fue un tramo pequeño del recorrido, pero lo único que nos daba pistas de dónde estábamos era el pedazo resquebrajado de cielo encima de nuestras cabezas, tuvimos que escalar una pared rocosa con ayuda de una cuerda, los dirigentes, y nuestra fuerza propia.

Cuando llegamos a una nueva estación, uno de los dirigentes se acercó a nosotros.

Espérenme aquí, les voy a indicar hacia dónde es.

Se alejó para recibir a otros grupos que nos seguían el paso de cerca, e intercambiamos miradas nerviosas. Nos tomábamos en serio las actividades y no queríamos ser atrapados antes de llegar a la meta.

¿Qué tal si nos vuelve a perseguir? —preguntó una de mis compañeras—, yo digo que hay que seguir antes de que regrese por nosotros.

¿Hacia dónde vamos? —replicó otro compañero.

Hice un análisis rápido de nuestros alrededores, a pocos metros, alcancé a ver una cerca con alambre de púas. Una de las reglas mas importantes que nos habían dado era nunca, bajo ninguna circunstancia, cruzar las cercas, pues marcaban el límite del terreno del campamento.

Yo creo que hacia allá —comenté, señalando un sendero que iba en dirección opuesta a la valla.

Retomamos camino sin esperar, para evitar que el dirigente nos alcanzara a ver.

 

Tengo la mirada fija en mis pies, y en las agujas de pinos resecas que hay esparcidas por el sendero, de repente, una de mis compañeras, la que iba a la cabeza, se detiene.

Todos hacemos lo mismo, interrumpiendo el susurro rítmico de nuestros pasos. Ahí es cuando alcanzo a escucharlo, el sonido agudo de un silbato tratando de colarse entre el silencio del cerro. El mismo silbato que se usaba siempre que era momento de atender instrucciones. ¿Qué estaba haciendo ese sonido tan llamativo en medio de nuestra dinámica?

El silbato suena una vez mas, y otra mas, el ruido proviene de entre los árboles, un poco mas arriba del cerro.

¡¿Por qué pitan?! —clama mi compañera, poniendo ambas manos frente a su boca para amplificar el sonido. ¿Nos están llamando a nosotros?

Volvemos a escuchar un sonido desgarrando el silencio, pero está vez no es el silbato, sino la voz de uno de los dirigentes.

¿¡Neftalí!? —ese era el nombre de nuestro grupo.

Todos respondimos afirmativamente en unísono, y unos segundos mas tarde, estaba uno de los dirigentes frente a nosotros.

Los estábamos buscando, ¿dónde rayos estaban?

¿Nos perdimos? —es lo único que se me ocurre responder.

Nos miramos todos, confundidos e impresionados. Con razón no encontrábamos la siguiente estación.

Llevamos como una hora buscándolos, ¿qué pasó? —nos reprende el dirigente, aliviado.

Entre todos, le contamos sobre el desvío que tomamos por no esperar las instrucciones del otro dirigente, pensando que nos iba a atrapar y devolver al campamento. Después de escucharnos, el dirigente saca su radio e informa a través de la pequeña bocinita de huecos que encontró al grupo perdido.

No me libero del sentimiento de estupefacción mientras el dirigente nos guía de regreso al campamento. Al parecer, mientras teníamos nuestra desventura por el cerro, habían cancelado la actividad, por lo que varios grupos se habían quedado sin empezar su recorrido y habían mandado de regreso a otros que estaban a la mitad, se habían movilizado todos para buscarnos, y solo hicimos su trabajo mas difícil al ser tan silenciosos. Todos estuvieron preocupados durante ese tiempo, excepto nosotros, que nunca hubiéramos imaginado que estábamos solos, en medio del cerro, sin que nadie supiera de nuestro paradero.

 

Asher Cypress

foreverwriter15
Author: foreverwriter15

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Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    EL apogeo es un momento de tensión, de drama, de acción… tu inicio no lo refleja.
    La narración muy bien.

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