Reto 13 Moscas

Ingreso al departamento. Me garantizo de poner todos los seguros a la puerta y de inmediato entro al baño. Con el cuerpo como si fuera a convulsionar de pies a cabeza, agarro el celular y marco a mi amiga Mae, cuyo esposo sé que es policía. 

Mientras el celular timbra, me miro al espejo –¿qué está mal conmigo?–, analizo mis prendas y todas las palabras de rabia que guardo dentro de mí. Siento el mundo nauseabundo y yo embarrada de él, me duelen hasta los intestinos y al no aguantar esa sensación, me arrodillo frente al inodoro y siento mi garganta liberar mi mal momento…

Es viernes en la noche, como todos los viernes salgo del trabajo cerca a media noche. El departamento me queda a algunas cuadras de ahí. Mientras camino por la ruta veo mucha gente festejando la vida, mujeres hermosas en tacos altos, hombres presumiendo su poder, música y algarabía.

Yo, en cambio –con la ropa que dice “quiero dormir”–, lo único emocionante que planeo hacer esta noche: es pasar por mi  panadería favorita que me queda en camino y agarrar una caja de pasteles cubanos, comerlos viendo una película llegando a casa y descansar.

Ya alejándome de las calles principales y llegando al pórtico de mi edificio, me percato de un auto estacionado en frente, mi memoria me alerta de haberlo visto antes.

Apresuro mis pasos para llegar a la puerta del edificio. Cruzo algunos arbustos rodeando el auto, me intriga el notar una sombra dentro de este. Espero mi intuición se equivoque y no sea el mismo convertible oscuro del tipo que me está siguiendo ya un par de veces –en noches pasadas– por la pista, insinuándome más de una vez con “piropos” subir a su auto y parece no cansarse de escuchar mi “no, gracias”.

Busco mis llaves, mis manos nerviosas se enredan con todas las cosas que llevo en el bolso al escuchar a alguien encender el motor. Volteo y se abre el techo del convertible negro. 

Parece que ni una alma habita en ese lugar, en ese momento, a excepción de la mía que queda como si un rayo me cayera directo en el corazón, petrificándome. Es el mismo tipo “¿Cómo sabía dónde vivía?” “¿Qué quería?”…

Escucho la primera frase de ese hombre fornido “‘Esto’ es lo que te pierdes”… luego –en mí– cada sonido que emite se convierten en moscas saliendo de su boca. Mientras en la mente de él me convierto en un objeto, una burda cosa sexual, que hace que no pare de agitar su mano caliente contra su falo erecto y con la otra tal vez queriendo alcanzar algo más de mi integridad.

Retiro la mirada de su acción de inmediato, cierro los ojos por un segundo pensando que lo estoy presenciando no es real. Encuentro la llave y la inserto en la puerta principal. Sus moscas siguen volando hacia mí y finalmente, cuando escucho referirse a mi parte íntima de la forma más asquerosa como si él nunca hubiera salido de una: lanzo con fuerza la caja de mis pasteles sobre él, mientras estoy ingresando al edificio. Veo su intento de bajarse del auto –tal y como está– violento y sin pudor. Cierro la puerta de vidrio y huyo sin ver hacia atrás.

Corro, las piernas me tiemblan y tambalean, pero corro. No tomo el ascensor, pienso que las escaleras son el atajo más adecuado a mi departamento, a mi seguridad.

 

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Author: davinia6492

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Esta entrada tiene un comentario

  1. davinia6492

    ¡Hola, Romi! Espero tu manita se mejore. ¡Kallpa! (fuerza, en quechua) ya superarás tu mal momento.

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