Reto 13: Miedo

Caminaba apaciblemente por la acera de una angosta avenida, sumergiéndome entre las nimiedades de mi día.
   Fue entonces cuando a mi lado cruzó violentamente un joven, que a juzgar por su brusco andar, juraría que era jugador de fútbol americano, pues sin darse cuenta, casi me tiró de la banqueta por interferir en su camino. No lo hizo deliberadamente, al parecer ni siquiera se percató que yo estaba ahí, que estúpido ser tan primitivo.
   Detrás, una chica lo seguía, pero ella se esforzaba por mantener el mismo paso que él, quien no se detenía a esperarla con lo menos para que recuperase el aliento, pues jadeaba y respiraba con dificultad.
   Ella se apresuró a pasos desesperados para intentar tomarlo por el brazo, al instante y como reflejo de un impulso arrogante, él devolvió el apretón con una bofetada tal, que hizo desplomar a la débil mujer con brusquedad contra el suelo. Desorientada y al igual que yo, sin comprender qué sucedía, vio al joven una con expresión de vulnerabilidad y pavor exhaustivo.
   –¡Ya déjame zorra! –exclamó el joven– ¡Estoy harto de ti, no quiero volver a ver tu asquerosa cara de mierda en mi vida!
   Lágrimas sinceras brotaban de aquella mirada devastada en la ira, dudando por un momento si darle o no, otro golpe a su compañera. Pero al final, sólo le dio la espalda y se alejó diciendo un sinfín de maldiciones. Quién lo hubiese escuchado pensaría que recitaba una letanía para invocar al mismísimo Belcebú. 
   Vi a esa chica pasmada en el frío suelo, estaba confundida, como si no pudiese creer lo que acababa de suceder.
   Quise acercarme a ella, tal vez podría ayudarla, pero mis piernas no me respondían, también estaba paralizado, sin comprender totalmente lo que acababa de presenciar. Aún si me hubiese acercado, las palabras no hubiesen salido de mi boca, ¿cómo podría ser capaz de consolar a alguien a quién no conocía?… Verdaderamente me sentí inútil en esa situación, inmutado, escuchando su llanto en la soledad.
   Sin embargo, sus lamentos culminaron en débiles murmullos. Secó sus lágrimas con las mangas de su suéter y se levantó, dejando en el suelo los pedazos de su corazón roto. Ya que al comenzar a caminar, abrazaba su pecho falto de calidez. No siguió más a aquel joven, tomó su camino de vuelta, dando por hecho que esas crueles palabras fueron su último adiós.
   Un espasmo trémulo me invadió al verla a ella acercarse hacía mí; su andar era torpe e imparcial, su cabello estaba desordenado y el color insano en su piel remarcaba las ojeras en sus ojos llenos de lágrimas.
   Pasó a mi lado, viéndome de reojo, nuestras miradas chocaron y miré por un instante dentro de ella, una tristeza abrumadora que la consumía, se la estaba tragando viva, o bueno, lo que al parecer quedaba de ella.

-Uriel Kaede

Uriel Kaede
Author: Uriel Kaede

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