Reto #13: Casi ahogado

Me debatía entre la vida y la muerte, absorbía el agua salada una y otra vez, no podía siquiera pensar en lo que estaba sucediendo, mi cuerpo era como un trozo de carne rodeado de lobos hambrientos, sentía un hormigueo recorrer por mis brazos y la energía se me estaba acabando. “¡Auxilio!”, “¡Ayuda!” grité con todas mis fuerzas, pero fue inútil, cada segundo que pasaba me encontraba más cerca de perder la batalla, todo sucedió muy rápido, las olas rompían con violencia una y otra vez, supe que se acercaba la hora de despedirse.

Me sobresalté agitado, tuve una visión que me impactó. Íbamos en el auto camino a la playa, las vacaciones más esperadas del año. Teníamos reservación en el hotel y ya habíamos recorrido gran parte del trayecto, el sol castigaba con su inexorable marcha, me estaba derritiendo como un helado, bebí un sorbo de agua y charlé un poco con mis familiares. Estábamos a pocas horas de arribar a nuestro destino.

Ingresamos al hotel y mientras acomodábamos las maletas, un leve escalofrío recorrió mi interior, es como si aquel episodio del auto hubiera sido una profecía, me dió temor, pero preferí obviarlo. Visité la piscina del hotel con mis hermanos y disfruté de un buen chapuzón antes de irme a descansar, la idea era poder ir a la playa temprano al día siguiente.

De camino a la playa me sentía entusiasmado, percibía mis músculos descansados y una sonrisa se desplegaba en mi rostro. Al llegar, corrí con alegría sobre la arena, era un día especialmente soleado, conforme avanzaba la mañana el calor se volvía más pesado y las olas reventaban con mayor fuerza dejando una estela de espuma en su accionar. Todo parecía marchar según lo previsto.

Me encontraba charlando con mis hermanos en la orilla del mar cuando de repente me percaté de que faltaba uno, noté un inusitado presentimiento colmar mi interior y giré la cabeza con imprudencia mirando hacia las olas, lo identifiqué a lo lejos, de inmediato le grité que regresara, a lo que respondió con un “ya voy” que me confortó, nada podía salir mal.

Pasa que transcurrieron los minutos y no lograba salir de donde se encontraba, me asusté y sin pensarlo me aventé al mar, recorrí el trayecto hacia él, ahora éramos dos los que luchábamos por salir de la profundidad, observé mis manos bajo el agua cristalina y pensé con una terrible angustia “se cumplió la profecía”, miré a mi hermano luchando por sobrevivir y mi desesperación se disparó, cada segundo se volvía infinito y el cúmulo de sensaciones simultáneas se traducía en locura. Empecé a gritar desesperado “¡Me ahogo!”, “¡Ayuda!”, “¡Por favor!”, pero mi voz no producía el efecto deseado.

Me sentía cansado de luchar, no podía dar una brazada más, estaba a punto de rendirme. “¡Hasta aquí llegué!” me dije.

Estaba en disposición de dejarme ir cuando escuché a dos sujetos acercarse a toda velocidad, nadaban con dificultad para llegar a donde estábamos mi hermano y yo, quien por cierto había olvidado, pues cada uno luchaba férreamente por alejar a la muerte que ya nos respiraba en las orejas.

Esas personas nos salvaron, fue un milagro inesperado. A punto estuve (estuvimos) de dejar la vida en ese viaje. Nos sacaron con flotadores y al llegar a tierra firme nos brindaron asistencia, tenía la boca seca y las lágrimas me salían solas, sólo deseaba ir a casa.

Al final regresamos al hotel en silencio, fue una experiencia inolvidable, pero me dejó una gran lección: “Vive cada día como si fuera el último”.

fabmana
Author: fabmana

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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Ana Elena

    Tienes razón hay que vivir la vida como si fuera el último día.

  2. romina

    es algo confuso el nexo que haces de “me sobresalte”… ¿eso cuando pasó? ¿mientras te ahogabas?
    La narración bien, pero cuida las imágenes que usas, si estas ahogándote en el mar, sentirte como carne rodeada de lobos hambrientos no se relaciona, no nos lleva a lo que vives…

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