Reto 13. Alternancia cronológica: Ricardo.

“La neta siempre me caíste mal”, dice Ricardo mientras recarga su pistola en mi sien y sonríe. Vamos a ochenta kilómetros por hora. ¡Apenas y puede dar dirección al auto! Las manos me sudan y mis piernas tiemblan. Fue una mala idea aceptar su aventón.

Eran las diez de la noche. Me entretuve en el trabajo y no alcancé el último microbús. Pensé tomar un taxi, pero, dada la inseguridad de estos días, no había ninguno en la base. Esbocé un mohín de desilusión y congoja cuando me imaginé caminando por horas para llegar a casa. De pronto, unos faros blancos me destellaron. Oí un pitazo y una voz conocida. “¡Eh, wey, súbete! ¿Para dónde vas?”, era el drogadicto de la colonia. “Para Atotonilco”, respondí. “Pues vámonos, hace frío”. No tuvo que invitarme dos veces. Era cierto. Casi helaba. Mi chamarra de gamuza no calentaba lo suficiente. Cerré la portezuela de su Tsuru verde sin imaginar en qué lío me metía.

“La neta siempre me caíste mal”, repite y volantea al percatarse de que un tráiler por poco nos embiste. ¡Quiero bajar de aquí! Pero la presión de un tener un arma de fuego en la cabeza me tiene al borde del llanto. Imposibilitado. Tose. Fija su mirada en mí. Con tono acuoso que delata su ebriedad comenta: “¿Sabes qué? Ya me quiero morir”. Cierro los ojos. ¿Por qué todo me pasa a mí? ¿Por qué no hui cuando podía?

Transcurridos cinco minutos dijo que tenía sed. Aparcamos en un súper. Bajó. Miré algunos CD que tenía en el tablero. Cartel de Santa, Santa Fe Klan y Dharius. Supe que le gustaba el hip hop, como a mí. Regresó con seis latas de cerveza. Me ofreció una. Negué con la cabeza. No me apetecía. “Chelas con este frío… Ha de querer morirse”, musité. Al parecer tenía razón.

Se pasa un tope. Nuestras cabezas pegan con el toldo. Siento que los cabellos se me erizan. ¡Estoy a punto de gritar, de implorar por mi vida! Sin embargo, habla primero: “Wey, ni sé cómo te llamas. Ya se me olvidó. Siempre me caíste mal”. Frena de golpe. En esta calle solo hay dos postes. No se ve casi nada. No se oye casi nada, salvo un perro que seguramente nos quiere lejos de aquí. “¿Te chingas esta lata conmigo? Mala suerte, la quiero solo para mí”, y se la termina en un santiamén. ¡De haber sabido que no tomar me arrastraría aquí, yo…! Acelera.

Puso música. Con destreza abrió el empaque. “No manches, ¿no te congelas con eso?”, le cuestioné al admirar cómo se deleitaba con su bebida. Paró. Abrió mucho los ojos. Rio y dijo: “¿Ahora me vas a decir cuándo puedo y cuándo no?”. Encendió la marcha y se reincorporó al tráfico. Tentó debajo de su asiento, extrajo su pistola y me apuntó. “La neta, siempre me caíste mal”.

El libramiento se me hace conocido. ¡Hemos llegado! Tomó un camino diferente… y raro, pero estamos aquí. Qué alivio… aunque, sigo teniendo… ¡un arma en la cabeza! Carcajea. “Sí te ves bien puto paniqueado. Estoy jugando. ¡Ni balas tiene esta madre! Bájate aquí. Ya te queda cerca tu casa. ¡Luego nos vemos, compa!”, obedezco. Se marcha a toda velocidad. El escape del auto ruge y sube el volumen. Aun tirito, no sé si por el clima o por el miedo. Pero algo es seguro. Para la próxima no me entretengo charlando al salir del trabajo.

Emmanuel Reyes Pérez
Author: Emmanuel Reyes Pérez

Escritor por amor

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Emmanuel Reyes Pérez

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. romina

    Nos falta que el apogeo parezca tal… recuerda, hacer sentir al lector… solo estás usando una introducción de tres líneas, que no permiten engancharlo.

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