Reto 11: La medicina que no curaba

Argumento

Asher fue llevada con un especialista por un malestar de la garganta, pero en vez de curarse, las cosas empeoraron, ahora tendrá que buscar una solución en otra parte.

Trama

1.- Malestar – Asher se pone mal de la garganta

2.- Primer diagnóstico – Una revisión rápida de su mamá les indica que puede ser una infección

3.- Recomendación – La tía de Asher sugiere llevarla con el otorrinolaringólogo que ve a su esposo.

4.- Visita – Asher y su mamá van a ver al especialista, quien receta un medicamento

5.- Medicina – La mamá de Asher consigue el medicamento de su hija y comienza a administrárselo según la receta del doctor

6.- Clímax del malestar – La medicina le cae mal a Asher y esta comienza a sentir fuertes náuseas y a devolver el estómago continuamente.

7.- Contacto – Desesperada, la mamá de Asher contacta a su pediatra

8.- Alternativa – Entre mucha nausea y malestar, Asher va con el pediatra

9.- Inyección – El pediatra le inyecta un antibiótico

10.- Recuperación – A los pocos días Asher se pone bien

Desarrollo

Me desperté sintiendo algo atorado en la garganta.

Me dolía al intentar pasar saliva y al hablar, y el resto de mi cuerpo se había quedado sin energía. Cuando le comenté a mi mamá, ella me revisó ayudándose con una pequeña linterna, no era doctora, pero considerando todos los síntomas asumió que se trataba de alguna infección.

Conforme pasó el día, sentí el cuerpo más y más pesado, me desesperaba no poder liberarme de la sensación que invadía mi garganta. Mi mamá decidió que la mejor opción era llevarme con un especialista, así que se comunicó con mi tía, pues mi tío frecuentaba un otorrinolaringólogo, y ya habían comentado antes que era un buen médico.

Conseguimos la cita para esa misma tarde, y antes de que pasara más tiempo ya estábamos en una angosta sala de espera, sentadas en un sillón azul marino con patrones de flores a penas notables desde cerca. El ambiente estaba templado gracias a un aire acondicionado que emitía un murmullo desde su esquina solitaria. Tenía el rostro hecho una mueca que reflejaba cómo me sentía, y mi expresión no hasta que el especialista salió a recibirnos e indicarnos que pasáramos al consultorio.

La habitación era pequeña, y no podía evitar sentirme sofocada con todos los diagramas y esculturillas del sistema respiratorio que invadían las paredes y los estantes. El doctor se sentó tras el escritorio, frente a un librero con diccionarios de anatomía y enfermedades gordos y polvorientos. Y nos indicó a mi mamá y a mí un par de sillas amplias, tapizadas con plástico marrón oscuro.

 –Bueno –dijo, tomando un teclado al que le faltaban algunas piezas y acercándolo hacia sí mismo–, dígame, ¿qué le pasa?

–Me… me duele mucho la garganta –dije sin levantar mucho la voz, evitando que el dolor extra me invadiera–, mi mamá me revisó y vio esos puntitos blancos que te salen en la garganta.

El medico asintió repetidas veces mientras presionaba las teclas con agilidad, me preguntó también mi nombre y edad. Al terminar de escribir todas sus notas, me indicó que me sentara en una silla alta en el centro del consultorio.

El plástico azul estaba frío, y los cojines a penas tenían relleno, sostenidos del respaldo había una serie de lupas y luces apuntando al lugar donde estaba mi cabeza. El doctor encendió uno de los focos pálidos, y acercó una lupa a mi boca. Usó también un instrumento pequeño para ver mis oídos, y sin dejar de asentir de cuando en cuando, me indicó que podía regresar al lugar frente al escritorio.

Movió el ratón de la computadora un poco más, dio un par de clics, y con sincronía casi perfecta, una impresora compacta que descansaba a un lado del monitor dejó perezosamente una hoja pequeña sobre la bandeja. El especialista la puso frente a nosotras, y tomando una pluma con el logotipo desgastado de algún congreso local de medicina, nos señaló los nombres de los medicamentos, junto con la dosis requerida.

 

Yo seguía recostada en la cama cuando escuché la puerta principal abrirse, y mi mamá anunció que había llegado con la medicina. A esa hora ya se veían los albortantes bañando la calle de una luz pálida y algunas estrellas se alcanzaban a ver entre las nubes.

Me llevó agua y la caja de unas pastillas que jamás había visto antes, con componentes que no me sonaban a nada. Me tomé la dosis, y sin alterar nuestra rutina, cenamos y nos preparamos para dormir.

 

Poco después, todo empeoró.

Comencé con sensación de nauseas que no me dejaba estar acostada, sentada ni parada, sentía la cabeza pesada y mis ojos no querían enfocarse en ningún lugar.

Mi estómago se revolvía sin parar, soltaba espasmos de protesta contra la comida que lo había hecho cargar hacía un par de horas. Corrí hacia el lavamanos y me quedé allí, con las manos apoyadas firmemente sobre los azulejos fríos, soltando miradas de cuando en cuando al espejo, que me devolvía una expresión de disgusto y confusión.

No pude más, mi cuerpo se rebeló contra mis pensamientos conscientes que le exigían calmarse, mi espalda se retorció sin que la pudiera controlar hasta que las nauseas se calmaron un poco, y mi estómago estuvo vacío.

Traté de recostarme, mi mamá ya estaba poniéndome un algodón mojado en alcohol, sentada en el borde de mi cama, acariciándome la cabeza, tratando de ayudarme a calmar el dolor.

Pero no pasó mucho tiempo hasta que tuve que correr al baño una vez más, el problema era que esta vez, por mas que mi cuerpo se esforzaba y le exigía a mi garganta que no parara, ya no me quedaba nada, y no era mas que una tos dolorosa.

No recuerdo en qué momento estuve lo suficientemente tranquila para poder caer dormida, perdí conciencia del mareo y, al menos por ese tiempo, las nauseas me dejaron en paz.

 

Tan solo volví a abrir los ojos, la sensación horrible de que todo mi alrededor se movía regresó. No quería desayunar, ni tomar agua, nada, solo quería que esto se acabara.

Mi mamá contactó al pediatra. Yo tenía diecisiete años, pero estaba lo suficientemente harta de las sorpresas para preferir un doctor confiable a un especialista nuevo.

Llegar al consultorio se sintió como una travesía, trataba constantemente de acomodarme para dejar de sentir las náuseas, me recosté en el asiento del auto, y luego en el sillón de la sala de espera, que me traía recuerdos de todas las veces que había estado allí desde pequeña.

Después de unos minutos que se sintieron como pesadas horas, finalmente pasamos al consultorio, a diferencia de la habitación estrecha del especialista, este era tan amplio que en uno de los rincones estaba tapizado con fomi y había un montón de bloques y juguetes educativos regados en el suelo acolchonado.

Le expliqué al doctor cómo me sentía y le conté sobre la medicina que me habían recetado. Sin mucho preámbulo, como quien repite la misma actividad todos los días, me pasó a otra sala, donde uso diferentes instrumentos para ver mi garganta y mis oídos y al final, con voz calmada, anunció:

–Ya sé que vamos a darte para que te pongas mejor.

Desapareció por otra puerta y regresó con una jeringa, ya con un líquido espeso en su interior. No pude evitar que mi corazón se acelerara al ver la aguja gruesa y afilada. Me forcé a permanecer en silencio cuando el metal atravesó mi piel, y sentí un dolor agudo de la penicilina entrando en mi cuerpo.

 

Horas mas tarde, las nauseas habían parado, y al día siguiente, ya no tenía la abrumadora sensación de algo apretándome el cuello. El dolor de la inyección seguía allí, pero había sido un trueque justo, pues no pasó ni una semana antes de que todos los rastros de la enfermedad se desvanecieron, como si nunca hubiera sucedido nada.

foreverwriter15
Author: foreverwriter15

0

Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    argumento y trama bien. EL relato muy bien, solo falta trabajo de corrección.

Deja una respuesta

siete + diecisiete =