Reto 11: Fractura de cervicales

Fractura de cervicales 

Argumento:

La fractura de cervicales despierta, en Saranyi, un espíritu de lucha que le permite batallar, incesantemente, por su vida y sobrellevar la incertidumbre de si podrá volver a caminar o no ¿Cuál será el desenlace de esta tragedia?

Trama: 

  1. La voz de mi hermano me despierta. Estoy tirada en el maletero de la 4runner de mi papá. Me siento aturdida y confundida.

  2. Mi papá abre el maletero. Mi cabeza no se sostiene. No me puedo mover. Mi papá sostiene mi cabeza con su pierna. La lluvia moja mi rostro.

  3. Ambulancia. Iba a venía de la inconsciencia a la consciencia. No recuerdo bien. Sentía miedo de volvernos a accidentar.

  4. Hospital Público. Mala praxis en urgencias. 

  5. Traslado de Hospital. Mis padres deciden trasladarme a un hospital privado. Buen trato y agilización de los procesos. El médico ideal.

  6. Decisión importante. Los estudios de imágenes revelan que mi cuello está fracturado. Es necesaria una cirugía, pero antes debemos analizar los pros y contras.

  7. Salmo 91. La canción de Steve Green me brindó seguridad y fe.

  8. Cirugía. No tengo mucha memoria de este momento, solo sabía que afuera del quirófano me esperaban mis padres, mi hermano y una fila inmensa de amistades y personas que no sabía que me apreciaban tanto.

  9. Reporte médico. La operación ha sido un éxito. Nuevos retos: Halo vest, rehabilitación física, volver a caminar.

  10. Determinación. Confianza, fe y optimismo. La peor parte ha pasado.


Relato:

El tono desesperado en la voz de mi hermano me despierta. Está preguntándole a mi padre por mí ¿Qué pasó? ¿Qué hago aquí? Las imágenes son confusas en mi mente, y un extraño dolor palpita en mi cabeza. Le respondo, pero mi voz sale muy frágil. Aún así, logra escucharme porque alerta de inmediato a mi papá, quien sale a mi rescate. Abre la puerta del maletero, de la 4Runner azul, y mi cabeza cae en el acto No puedo sostenerla! Mi padre se percata porque levanta su pierna y la coloca debajo de mi cuello para soportarlo. Con sus brazos acaricia mi frente y me pregunta cómo estoy, cómo me siento. Le respondo que no me puedo mover, que me duele mucho la espalda. Siento la lluvia fría caer en mi cara y otra vez me desvanezco. 

No sé cuánto tiempo ha pasado, pero voy en una ambulancia junto a mi hermanito. Al parecer, mi padre se quedó para dar parte del accidente a la policía de tránsito; su novia nos acompaña en el trayecto hacia el hospital. Mi mente se duerme y se despierta por ratos; va y viene. Un fuerte brinco, seguido de la voz de una mujer, me alerta. Le dice al conductor que maneje con cuidado pues debemos llegar al hospital. Siento miedo de volvernos a accidentar porque el aguacero no cesa. 

Ha anochecido cuando entro a urgencias del Hospital Regional. Me bajan en una camilla y escucho las indicaciones de los paramédicos al entregarme al personal de turno. Me conducen a través de unas puertas y, en un cuarto, comienzan a hacerme preguntas. Me asombro al tratar de responder y notar que mi memoria falla al intentar recordar el número de teléfono de mi madre. Recortan la blusa que llevo puesta para ponerme una bata y llevarme a rayos X. El funcionario que me atiende me pide que me pase a la otra camilla, pero no puedo hacerlo. Le digo que no me puedo mover. Este insiste con molestia, hasta que entran los médicos que me recibieron y lo amonestan por no leer el reporte que dice: “paciente con columna comprometida por accidente de tránsito”. Cuando mi padre se enteró de lo ocurrido, decidió trasladarme a un hospital privado.

Nuevamente despierto en una camilla, pero ahora están mis padres conmigo. Estoy en un cuarto cálido y en silencio. Tratan de ponerme al tanto de mi situación. Me dicen que hay un neurocirujano que ha analizado todas las neuroimágenes tomadas y, considera que, debe operarme con carácter de urgencia porque tengo fracturado mi cuello, dos cervicales: C2 y C3. La buena noticia es que cuenta con experiencia y está calificado para realizar la cirugía. Ellos han llamado, a todos los médicos conocidos, buscando una segunda, tercera y cuarta opinión porque están asustados, lo puedo notar. Así que, les digo que estoy de acuerdo con el neurocirujano, pues le había escuchado decirles que tenerme en cama, con mi condición, era peligroso; pues un mal movimiento podría lesionarme la médula espinal la cual, milagrosamente, estaba intacta. Después de analizar los pros y contras, concordamos que la cirugía era lo mejor para mí. 

Sabía que habíamos tomado la decisión correcta. Pero, en medio de la noche, después de que las medicinas hicieran su efecto, el miedo aparece. Pienso que, si no despierto de la anestesia, será todo para mí; mis cortos 15 años de vida acabarán sin darme cuenta. Eso era de temer. Mi mente considera todos los posibles escenarios: paralítica, en silla de ruedas, con andadera o muerta. Sin embargo, algo en mi interior me brinda seguridad, siento que ese no puede ser mi final. 

A pocas horas de la cirugía, mi madre me pone una canción que me trae paz y esperanza en medio de la tormenta. Es el salmo 91 cantada por Steve Green: “El que habita al Abrigo de Dios morará bajo sombras de amor. Ángeles guardarán tu salud”. Esas palabras resuenan en mi mente con mucha fuerza. Sé que estaré bien. 

El momento llegó, me preparan para la cirugía. Salgo en la camilla por un pasillo en donde veo los rostros de todas las personas que se han reunido para mostrarnos el apoyo y cariño con su tiempo y oraciones. Es increíble, no sabía que habían tantas personas aquí. Me siento amada y muy importante. Entro al salón de operaciones confiada. La música clásica inunda el ambiente, mientras escucho la voz, del médico que me indica lo que va a pasar, y en un 3, 2, 1 me duermo. 

Al fin abro mis ojos nuevamente. No sé si han pasado horas o días. Escucho la voz de mi madre cantar A mi lado estarás de Nirmita Hernández. Trato de unirme a la melodía pero no me sale la voz. Ella se percata, me sonríe y posa su dedo índice sobre mi boca. Me dice que no me esfuerce pues estuve entubada muchas horas, y eso ha lastimado mis cuerdas vocales. La puerta se abre, es mi doctor. Nos mira sonriente, sus ojos le brillan. Dice que soy una chica joven y fuerte, que la operación duró unas nueve horas, pero salió muy bien. Aún tenemos muchas cosas por delante.  Me explica que mañana iré nuevamente a cirugía para colocarme un estabilizador de cuello, llamado Halo vest. Lo tendré que usar unos meses, mientras sueldan mis huesos cervicales. La cirugía sería menor porque solo fijarían 4 tornillos a mi cráneo y, una vez logre estabilizarme, podré iniciar rehabilitación física para ayudar a fortalecer mis músculos y, poco a poco, con paciencia y mucho esfuerzo, volver a caminar. 

Vendrán unos meses difíciles, de dolor, cansancio y noches en vela. Tendré que mantener mi fe y optimismo. Dios me ha cuidado hasta aquí y lo hará hasta el final porque tiene un propósito grande conmigo. Estoy confiada, lo peor ya ha pasado. 

-Saranyi Valderrama-

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Esta entrada tiene 4 comentarios

  1. romina

    Plis no uses letra tan pequeña, me cuesta mucho leerla.
    Falta corrección. Recuerda que los signos de interrogación para cerrarlos, primero debemos abrirlos. El argumento debe ser menos poético, más claro, pon la lupa en el problema.
    El relato muy bien.

    1. Disculpa Romina 🙈, usaré letra más grande. En cuanto a los signos de interrogación, mi hermano me acaba de explicar cómo ponerlos en el teclado de mi móvil… gracias por tu tiempo y comentarios. Un abrazo 🤗

  2. David Gómez

    Me gusto, muy bella historia

  3. jesus chapa

    muy buen relato

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